Por Gustavo Billarruel
El pasado 27 de septiembre, Google cumplió 28 años. Lo que comenzó en 1998 como un buscador que ayudó a ordenar el creciente universo de Internet hoy atraviesa una transformación profunda: ya no se trata solamente de encontrar enlaces, sino de interactuar con sistemas capaces de comprender preguntas, imágenes, voces y contextos. Y en el centro de ese cambio aparece, inevitablemente, la inteligencia artificial.
Cuando Google nació, Internet ya tenía otros buscadores. Su diferencia estuvo en la manera de organizar y jerarquizar los resultados para intentar ofrecer información relevante frente a cada consulta. Con el paso de los años, aquella herramienta que utilizábamos para encontrar una página se convirtió en una puerta de entrada a imágenes, noticias, mapas, videos, búsquedas por voz y herramientas como Google Lens. Buscar dejó de ser simplemente escribir palabras y recorrer resultados: hoy podemos preguntar, hablar, mostrar una imagen y esperar una respuesta.
Pero el verdadero cambio de época está ocurriendo ahora. La inteligencia artificial está modificando la manera en que buscamos y recibimos información. Herramientas como AI Overviews, AI Mode y Gemini permiten abordar consultas más complejas, relacionar diferentes tipos de contenidos y mantener el contexto de una conversación. Google ya no solamente intenta mostrarnos dónde está la información: busca interpretar qué estamos preguntando y ofrecernos una respuesta elaborada.
Y ahí es donde, personalmente, creo que aparece una discusión que no podemos dejar de lado. Cada nuevo avance tecnológico puede ampliar nuestras posibilidades, pero también puede generar nuevas barreras. Para quienes tenemos discapacidad visual, por ejemplo, el reconocimiento de imágenes, la descripción de contenidos y las herramientas basadas en inteligencia artificial pueden significar mayor autonomía para acceder a información que antes resultaba difícil de interpretar. Pero eso solamente será posible si esas tecnologías están verdaderamente pensadas para todas las personas y mantienen una adecuada compatibilidad con lectores de pantalla y otras tecnologías de asistencia.
La accesibilidad no puede ser un agregado que se incorpora después de que una herramienta ya fue diseñada. Tiene que formar parte de la concepción misma de la tecnología. Una función puede ser extraordinariamente innovadora, pero si una persona ciega o con baja visión no puede utilizarla de manera autónoma, ese avance tiene un límite concreto. La tecnología debe ampliar derechos y posibilidades, no crear nuevas formas de exclusión.
También hay otro desafío que considero fundamental: aprender a verificar. La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar información en segundos, pero rapidez no significa necesariamente certeza. Una respuesta puede contener errores, omitir información o presentar como verdadero algo que necesita ser contrastado. Por eso, en una época en la que las máquinas pueden responder cada vez mejor, el pensamiento crítico de las personas sigue siendo irremplazable. Consultar fuentes, revisar datos y preguntarnos de dónde proviene aquello que estamos leyendo continúa siendo una responsabilidad.
Google cumple 28 años y su historia muestra, en buena medida, cómo cambió nuestra relación con la información. Primero aprendimos a buscar; después, a encontrar imágenes, mapas, noticias y respuestas cada vez más precisas. Ahora estamos entrando en una etapa en la que las herramientas tecnológicas pretenden comprender nuestras preguntas y participar activamente en la construcción de las respuestas.
El desafío, entonces, no debería ser solamente hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial, sino qué sociedad queremos construir con ella. Porque el verdadero progreso tecnológico no se mide únicamente por lo que una máquina es capaz de hacer, sino también por cuántas personas pueden utilizar esas posibilidades con autonomía, accesibilidad, información confiable y plena capacidad para decidir.
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