El aumento del costo de vida, la pérdida de empleos registrados y los salarios que no alcanzan para cubrir los gastos básicos están postergando los proyectos de miles de jóvenes. Según un informe de la consultora Analytica, la proporción de personas de entre 18 y 29 años que viven de manera independiente cayó del 26% en 2023 al 23,3% en 2026. Detrás de esa diferencia hay alrededor de 140.000 jóvenes que ya no logran sostener la autonomía que tenían o que podrían haber alcanzado de haberse mantenido la tendencia anterior.
Independizarse ya no depende solamente de conseguir trabajo, organizar los gastos o aprender a administrar el dinero. Para muchos jóvenes, alquilar una vivienda y pagar los servicios se convirtió en una meta difícil de alcanzar. Desde noviembre de 2023, el rubro de vivienda, agua, electricidad y gas acumuló un aumento del 637,9%, mientras que la canasta de consumo de quienes viven solos subió un 387,9%, según el estudio.
Los gastos vinculados con la vivienda representan el 26,6% de su presupuesto, casi el doble que en la canasta general. Cuando una parte tan importante de los ingresos se destina a mantener un techo, ahorrar y proyectar el futuro se vuelve cada vez más complicado.
El panorama laboral agrava esa situación. La desocupación alcanza al 15% de los jóvenes de hasta 29 años, frente al 6% de las personas de entre 30 y 49 años. Además, solo el 38,3% de los jóvenes ocupados tiene un empleo registrado.
Desde marzo de 2023, el sector privado perdió alrededor de 116.000 trabajadores jóvenes asalariados formales. Incluso quienes conservaron un empleo registrado sufrieron una caída del 9,1% de su salario real al medirlo con la canasta específica de este grupo. Tener trabajo sigue siendo fundamental, pero ya no garantiza, por sí solo, la posibilidad de vivir de manera independiente.
El problema no se reduce a una cuestión económica: también condiciona los vínculos, las decisiones personales y las oportunidades de cada generación. El sociólogo Zygmunt Bauman analizó cómo la incertidumbre atraviesa la vida contemporánea y dificulta construir proyectos duraderos. En ese contexto, depender de la familia para acceder a una vivienda puede dejar de ser una elección y convertirse en una necesidad.
Además, no todos parten del mismo lugar: quienes cuentan con ayuda económica familiar tienen más posibilidades de afrontar un alquiler, mientras que aquellos sin ese respaldo enfrentan mayores obstáculos para alcanzar la autonomía.
La situación plantea una pregunta que merece atención pública: ¿qué futuro puede construir una generación cuando estudiar, trabajar y esforzarse no alcanza para sostener un proyecto propio? La dificultad para independizarse no debería interpretarse como una falta de voluntad individual, sino también como una señal de las condiciones económicas y laborales en las que los jóvenes intentan desarrollarse.
Cuando el acceso a una vivienda depende cada vez más de los recursos familiares, las desigualdades se profundizan y las oportunidades dejan de ser las mismas para todos.
Detrás de los 140.000 jóvenes que refleja el informe hay algo más que una cifra: hay proyectos postergados, decisiones condicionadas y una autonomía que se vuelve más difícil de alcanzar.
Una sociedad que les exige esfuerzo, pero no ofrece condiciones suficientes para que puedan sostenerse con su propio trabajo, debe revisar qué oportunidades está construyendo para las nuevas generaciones. Porque independizarse no debería ser un privilegio reservado a quienes pueden recibir ayuda de sus familias, sino una posibilidad real para quienes buscan abrirse camino con su propio esfuerzo.
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