El Mensajero
Sociedad

Cómo te vamos a extrañar, Leo

Por Gustavo Billarruel

Hay despedidas para las que uno nunca está preparado. Esta es una de ellas. Porque todavía cuesta entender que Lionel Andrés Messi ya no va a vestir la celeste y blanca, que esa zurda mágica que tantas veces nos hizo gritar, llorar, abrazarnos y sentirnos orgullosos ya no estará dentro de una cancha defendiendo a la Selección argentina.

Leo, dejaste un legado tremendo. Pinceladas de fútbol, poesía, gambetas, goles, asistencias y una zurda que parece haber sido hecha para jugar con una pelota. Pero detrás de todo eso hubo algo que para mí vale todavía más: la persona. Ese tipo de bajo perfil, tímido, respetuoso, que nunca necesitó gritar que era el mejor. Lo demostraba con la pelota.

Y mirá que hemos hablado tantas veces de ganar. De ganar sí o sí. De que si no levantás una copa, todo parece poco. De que si no hacés un gol, si no ganás una final, si no sos campeón, entonces aparecen las críticas. Y en esa carrera por ganar y ganar, muchas veces nos olvidamos de mirar a la persona.

Vos nos enseñaste otra cosa. Que también se puede ganar desde la humildad, desde el respeto, desde el esfuerzo y desde esa manera tuya de transitar la vida sin hacer demasiado ruido.

Todavía tengo presente lo que significó para mí verte jugar contra Inglaterra. Y no era un rival cualquiera. Nunca lo fue para nosotros. Inglaterra tiene un significado que va mucho más allá del fútbol. Está la historia, están Malvinas, está aquella herida que todavía llevamos los argentinos. Por eso hay partidos que se juegan con los pies, pero también se sienten con el corazón.

Diego lo hizo en 1986. Aquel partido, aquellos goles, aquella camiseta, aquella zurda convertida en bandera. Y vos lo volviste a hacer en 2026, en otro tiempo, con otra historia, pero frente al mismo rival y con esa camiseta que tantas veces llevaste sobre el pecho.

No se trata de comparar a Diego con vos. No quiero hacerlo. Porque cada uno tuvo su época, su manera de jugar y su propia historia. Pero hay algo que los une para siempre: los dos consiguieron que una pelota pudiera representar mucho más que un partido de fútbol. Que una gambeta pudiera convertirse en emoción. Que una camiseta pudiera hacernos sentir parte de algo mucho más grande.

Y ahora resulta difícil mirar hacia adelante y pensar en la Selección sin vos. Pasó con Diego y vuelve a pasar ahora. Cambian los tiempos, aparecen nuevos jugadores, la camiseta seguirá entrando a una cancha, pero hay ausencias que no se reemplazan.

Porque vos también atravesaste momentos en los que ganar parecía imposible. Perdiste finales. Fuiste cuestionado. Te preguntaron una y otra vez por qué no podías conseguir con la Selección lo que conseguías en otros lugares. Y, sin embargo, volviste. Una vez más. Y otra. Hasta que llegó el momento en que la historia cambió.

No te guardaste nada, Leo. Te dejaste todo por esa camiseta. Y quizás esa sea una de las mayores tranquilidades que nos quedan ahora que llega la despedida: saber que diste todo lo que tenías para defenderla y para hacernos sentir orgullosos de ser argentinos.

Qué loco pensar que alguna vez hasta pusimos en discusión si eras argentino porque no cantabas el himno. Hoy, después de todo lo que hiciste, aquella discusión parece tan pequeña. Porque vos no necesitaste cantar más fuerte para demostrar lo que sentías. Lo hiciste llevando la celeste y blanca por el mundo, defendiendo nuestra camiseta y haciendo que millones de personas se sintieran orgullosas de ser argentinas.

El martes 6 de octubre llegó ese momento que durante tantos años quisimos evitar. La última vez de Messi con la Selección en nuestra tierra. La última vez de esa camiseta sobre tu cuerpo. La última vez de esa zurda dentro de una cancha representándonos.

Y entonces pasó algo que no se puede explicar solamente hablando de fútbol.

Estaban los chicos. Estaban los grandes. Estaban los que te vieron desde el comienzo y los que crecieron viéndote levantar la camiseta argentina. Estaban los que pudieron estar en el Monumental y los que estaban frente a un televisor, en una casa, en un bar, en un trabajo, en cualquier lugar del país.

Y aparecieron las lágrimas.

Las de ellos. Las nuestras. Las de quienes intentaban contenerlas y no podían. Los abrazos se multiplicaron. Algunos abrazaron a sus hijos. Otros abrazaron a sus amigos. Otros simplemente se quedaron mirando la pantalla, en silencio, tratando de entender que aquello que durante tantos años parecía eterno estaba llegando a su final.

Eso somos también nosotros.

Somos argentinos.

Y amamos el fútbol de una manera difícil de explicar. Lo discutimos, lo sufrimos, lo puteamos, lo festejamos. Nos hace abrazarnos con gente que ni conocemos. Nos hace llorar. Nos hace sentir orgullosos. Y vos, Leo, fuiste durante más de dos décadas una parte enorme de todo eso.

Por eso quiero quedarme con esa imagen. No solamente con el gol, ni con los récords, ni con los títulos. Quiero quedarme con vos emocionado, con los ojos llenos de lágrimas, mirando a una tribuna que te devolvía todo el cariño acumulado durante tantos años.

Quiero quedarme también con aquel pibe que llegó a la Selección, con el pelo largo, la camiseta número 19 y una zurda que ya anunciaba algo diferente. Aquel joven que comenzó su historia mayor en 2005 y que después atravesó seis Mundiales, derrotas, críticas, finales, títulos y finalmente la Copa del Mundo. La historia que comenzó en Budapest terminó, más de dos décadas después, en el Monumental.

¿Cómo te vamos a extrañar, Lionel?

Muchísimo.

Porque la Selección va a seguir. Van a aparecer otros jugadores, otros goles, otras generaciones y seguramente nuevas alegrías. Pero cuando vuelva a aparecer la celeste y blanca, inevitablemente vamos a buscarte con la mirada.

Y vamos a recordar a ese Leo de perfil bajo, al hombre que caminaba tranquilo fuera de la cancha y que se transformaba cuando la pelota llegaba a sus pies. El que gambeteaba, rompía récords, dejaba rivales en el camino y hacía cosas que parecían imposibles.

Pero también vamos a recordar al otro Leo. Al hombre que perdió, que fue cuestionado, que volvió a intentarlo y que nunca dejó de ponerse la camiseta argentina.

Por eso no quiero despedirte solamente con tristeza.

Quiero decirte gracias.

Gracias por tantas alegrías. Gracias por cada noche en la que nos hiciste sentir que todo podía pasar. Gracias por la zurda, por el potrero, por la poesía y por esa manera tan tuya de jugar al fútbol.

Gracias por defender nuestra camiseta.

Gracias por haber hecho feliz a un pueblo que vive el fútbol con una pasión que no se puede explicar.

Y gracias, sobre todo, por haber sido Lionel Messi.

Ahora sí, Leo. Andá tranquilo.

La camiseta queda. La historia también.

Y nosotros vamos a seguir acá, mirando a la Selección, alentando, discutiendo, sufriendo y festejando como siempre.

Pero cuando la pelota empiece a rodar y aparezca la número 10, vamos a saber que durante muchos años hubo un hombre que convirtió una pelota en poesía y una camiseta en parte de nuestras vidas.

Te vamos a extrañar.

Muchísimo.

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