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Adorni cayó, pero el mensaje apunta mucho más arriba

Escribe: Eva Pathenay

La renuncia de Manuel Adorni no puede leerse como un simple cambio de gabinete. En política, nadie deja un cargo de semejante peso únicamente por decisión personal. Cuando un funcionario se convierte en un problema mayor que la solución que representa, el poder actúa.

El Gobierno de Javier Milei eligió desprenderse de uno de sus hombres de mayor confianza en un momento donde las causas judiciales, el desgaste político y la presión del Congreso empezaban a confluir en una tormenta difícil de contener. La estrategia fue clara: cortar por lo sano antes de que el costo terminara golpeando directamente al Presidente.

El oficialismo llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios, la corrupción y la vieja política. Por eso, cada denuncia que alcanza a uno de sus propios dirigentes tiene un impacto mucho mayor que en otros gobiernos. Porque el estándar que eligió para medir a los demás ahora también debe aplicarse puertas adentro.

La designación de Diego Santilli busca enviar una señal de estabilidad y recuperar el diálogo con un Congreso que ya no estaba dispuesto a mirar para otro lado. Sin embargo, cambiar un nombre nunca alcanza cuando lo que está en discusión es la credibilidad.

Las causas judiciales seguirán avanzando y será la Justicia la que determine responsabilidades. Pero el juicio político ya comenzó. Y ese no se desarrolla en los tribunales: se libra todos los días frente a la opinión pública.

La historia demuestra que los gobiernos rara vez tropiezan por una sola crisis. Empiezan a debilitarse cuando dejan de controlar el relato y comienzan a reaccionar a los hechos. La salida de Manuel Adorni puede ser recordada como un episodio más… o como el día en que el Gobierno entendió que el poder también tiene fecha de vencimiento cuando la confianza empieza a resquebrajarse.

El poder tiene una particularidad: nunca admite debilidad, pero siempre deja señales. La salida de Manuel Adorni es una de ellas. Tal vez no cambie el rumbo del Gobierno, pero sí marca el final de una etapa. Porque cuando un presidente se ve obligado a desprenderse de uno de sus hombres de mayor confianza, lo que está cambiando no es un nombre. Está cambiando el equilibrio del poder. Y en política, esos movimientos suelen anunciar tormentas mucho antes de que empiece a llover.

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