El 1 de marzo de 1914 murió en Mendoza Jorge Newbery, mientras preparaba una hazaña inédita: cruzar la Cordillera de los Andes en avión. Tenía 38 años y ya se había convertido en una de las figuras públicas más influyentes del país.
Su nombre estaba asociado a una idea de progreso que comenzaba a tomar forma en la Argentina de comienzos del siglo XX.
Ingeniero, deportista, funcionario público y pionero de la aeronáutica, Newbery representó el impulso transformador de su tiempo.
No fue un dirigente partidario ni un militar de campaña; fue un hombre vinculado al desarrollo científico y técnico. En una época en la que volar implicaba un riesgo extremo, convirtió cada exhibición aérea en una demostración concreta de confianza en la innovación.
Su muerte provocó una conmoción de alcance nacional. El funeral fue multitudinario y espontáneo: miles de personas participaron de la despedida de quien ya era considerado un referente popular. Antes de la consolidación de los grandes ídolos deportivos, Newbery ocupaba ese lugar simbólico asociado al mérito, la audacia y la modernidad.
El legado permanece visible en el Aeroparque Jorge Newbery, punto estratégico del transporte aéreo argentino. Sin embargo, su herencia va más allá del reconocimiento institucional. Su trayectoria quedó vinculada a una etapa del país que apostaba al conocimiento y al desarrollo tecnológico como ejes de crecimiento.
A más de un siglo de su muerte, la figura de Newbery mantiene vigencia en el debate sobre innovación y futuro.
Su historia remite a una Argentina que buscaba ampliar sus horizontes a través de la ciencia y la iniciativa individual, una dimensión que aún interpela a la agenda pública contemporánea.
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