Por Gustavo Billarruel
La historia argentina no comenzó de un día para otro el 25 de mayo de 1810. Detrás de aquella revolución existió un largo proceso político, social e intelectual que venía gestándose desde años antes. Uno de sus primeros grandes antecedentes apareció en 1809, cuando distintos movimientos revolucionarios comenzaron a desafiar el dominio español en América del Sur. A partir de allí, una generación de criollos, militares, abogados, comerciantes y pensadores empezó a construir el camino que derivaría en el nacimiento de la patria.
Buenos Aires todavía era una ciudad colonial. No existían avenidas amplias ni edificios monumentales. Había calles de barro, faroles débiles, carretas, vendedores ambulantes, campanas marcando el ritmo cotidiano y rumores que viajaban más rápido que las noticias oficiales. La ciudad olía a humedad, cuero, tabaco y agitación política. En las esquinas se discutía en voz baja. En las casas de familias influyentes se organizaban reuniones secretas. En los cuarteles comenzaban las negociaciones militares. Y en las plazas, lentamente, el pueblo empezaba a descubrir el peso de ocupar la calle.
El contexto internacional era explosivo. España atravesaba una profunda crisis institucional tras la invasión napoleónica. El rey Fernando VII había sido desplazado y el imperio español comenzaba a tambalearse. Las noticias llegaban después de semanas de viaje, pero cada novedad sacudía al Virreinato del Río de la Plata. Si el rey ya no gobernaba, entonces aparecía una pregunta que cambiaría la historia:
¿Quién tenía derecho a mandar?
Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 también dejaron una marca decisiva. Por primera vez, los criollos habían logrado defender el territorio prácticamente sin ayuda directa de la corona española. Aquello despertó una sensación nueva: podían organizarse solos. Ya no eran únicamente súbditos. Empezaban a sentirse protagonistas políticos.
En 1809 surgieron los primeros movimientos revolucionarios en Chuquisaca y La Paz, en el Alto Perú. Aquellas rebeliones son consideradas por muchos historiadores como algunos de los primeros gritos libertarios de América del Sur. Allí comenzó a hacerse visible el profundo malestar de los sectores criollos frente al dominio colonial español.
Entre las figuras destacadas apareció Mariana de Zudáñez, una mujer que movilizó al pueblo tras la detención de su hermano y que terminó convirtiéndose en símbolo de resistencia popular. La historia oficial muchas veces invisibilizó a las mujeres en los procesos revolucionarios, pero sin ellas la movilización social de aquellos años hubiera sido imposible.
Mientras tanto, en Buenos Aires empezaban a consolidarse distintas figuras políticas que más tarde serían convertidas en próceres nacionales. Pero detrás de los retratos solemnes existían proyectos enfrentados, tensiones ideológicas y miradas muy distintas sobre el futuro que debía construirse.
Cornelio Saavedra representaba a los sectores más moderados. Como jefe del Regimiento de Patricios tenía un enorme poder militar y entendía que la ruptura debía hacerse con cautela para evitar un desorden político y social que terminara debilitando el proceso revolucionario.
Del otro lado aparecía Mariano Moreno, abogado, periodista e intelectual, que encarnaba el sector más radical de la revolución. Influenciado por las ideas ilustradas y los movimientos revolucionarios europeos, defendía la soberanía popular, la libertad de comercio y reformas mucho más estructurales. Moreno no imaginaba solamente un cambio de autoridades: pensaba en una transformación profunda del orden político colonial.
Aquella tensión entre moderados y transformadores ya atravesaba el corazón mismo de la Primera Junta.
También sobresalía Manuel Belgrano, probablemente una de las figuras más complejas y modernas de aquel tiempo. Formado en Europa, defendía la educación pública, el desarrollo económico y la necesidad de construir un país con mayor justicia social. Mucho antes de convertirse en líder militar ya discutía sobre industria nacional, distribución de la riqueza y modernización económica. Varias de sus ideas todavía dialogan con debates actuales sobre producción, desigualdad y dependencia financiera.
En una línea todavía más radical aparecía Juan José Castelli, conocido como “el orador de Mayo”. En el Alto Perú impulsó medidas que buscaban terminar con privilegios coloniales y mejorar la situación de pueblos originarios y sectores explotados. Su figura expresaba una revolución que no pretendía limitarse únicamente al reemplazo de autoridades, sino avanzar también sobre las desigualdades heredadas del sistema colonial.
En aquellas jornadas también resultó clave Juan José Paso, cuya capacidad discursiva y política ayudó a sostener el proceso revolucionario durante los debates del Cabildo Abierto del 22 de mayo.
Pero la revolución no ocurrió solamente dentro del Cabildo. Afuera había pueblo. Había presión popular. Había ruido.
Los pasos sobre el barro mojado. Las discusiones en las esquinas. Los soldados entrando y saliendo. Las campanas. Los papeles circulando. Los rumores. Las voces reclamando definiciones.
Allí también aparecieron figuras como Domingo French y Antonio Luis Beruti, encargados de movilizar vecinos y milicianos para sostener la presión callejera. La imagen romántica de un pueblo tranquilo esperando noticias no refleja completamente lo que sucedía. Existía tensión real. Había sectores que reclamaban cambios inmediatos y otros que buscaban resistir cualquier ruptura profunda con el orden colonial.
El 25 de mayo de 1810 finalmente se conformó la Primera Junta de Gobierno. Aunque formalmente juraba lealtad al rey Fernando VII, el proceso iniciado abría un camino que terminaría años después con la independencia definitiva de 1816.
Sin embargo, la Revolución de Mayo nunca fue un proceso homogéneo. Existían diferencias ideológicas profundas entre quienes buscaban administrar el poder local y quienes imaginaban transformaciones sociales mucho más amplias. Aquellas disputas atravesarían toda la historia argentina posterior.
Y quizás allí aparece uno de los puntos más interesantes para mirar Mayo desde el presente.
Porque muchas discusiones de 1810 siguen vivas en 2026.
La concentración económica. La influencia extranjera. Las disputas entre Buenos Aires y el interior. La desigualdad social. El rol del Estado. La participación popular. La tensión entre sectores moderados y proyectos transformadores.
Incluso la circulación de información encuentra un paralelo sorprendente. En 1810 las noticias viajaban lentamente mediante cartas, imprentas y rumores de plaza. Hoy circulan en segundos a través de redes sociales, portales digitales y transmisiones en vivo. Cambiaron las herramientas, pero no la disputa por construir sentido político.
También cambió la sociedad. En aquel tiempo, las mujeres no podían votar ni ocupar espacios de decisión formal. Los pueblos originarios eran marginados. La esclavitud todavía existía. Los sectores populares tenían escasa representación política. La idea misma de ciudadanía era profundamente limitada.
Por eso, mirar la Revolución de Mayo desde una perspectiva actual implica también reconocer sus contradicciones. La patria que comenzaba a nacer hablaba de libertad, pero todavía convivía con enormes desigualdades sociales y económicas.
Con el paso de los años, aquellos protagonistas fueron transformados en símbolos nacionales. Sus rostros aparecieron en monumentos, billetes, escuelas y actos oficiales. Pero detrás de la historia solemne existieron debates intensos, proyectos enfrentados y una sociedad que intentaba redefinir quién debía ejercer el poder.
Tal vez por eso el verdadero legado de Mayo no sea solamente la creación de un gobierno patrio.
Tal vez el legado más profundo haya sido otro:
La idea de que los pueblos pueden discutir su destino.
Y que ninguna estructura de poder es eterna cuando la sociedad comienza a preguntarse quién manda, para quién gobierna y qué país quiere construir.

