Por Gustavo Billarruel
«Leer con las manos también es leer». Aunque para millones de personas esa realidad forma parte de su vida cotidiana desde hace casi dos siglos, recién ahora la Real Academia Española (RAE) decidió incorporarla de manera explícita al Diccionario de la lengua española.
La modificación de la primera acepción del verbo leer constituye mucho más que un cambio lingüístico: representa el reconocimiento de una forma de acceder a la escritura que históricamente había quedado invisibilizada en la definición académica.
La nueva redacción definirá el verbo como «interpretar, utilizando para ello la vista, el tacto u otros medios, los signos empleados en un texto escrito». De este modo, la lectura deja de estar asociada exclusivamente a la visión y pasa a reconocer que comprender un texto es un proceso que puede realizarse a través de diferentes sentidos y medios de acceso.
El cambio responde a una propuesta presentada por la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE), que advirtió que la definición vigente resultaba excluyente al vincular la lectura únicamente con la vista. La RAE recogió ese planteo y adecuó la definición a una realidad ampliamente reconocida por la educación, la lingüística y la neurociencia: leer consiste en interpretar y comprender un texto, independientemente del medio utilizado para acceder a él.
La noticia ofrece, además, una oportunidad para aclarar un concepto que aún suele expresarse de manera incorrecta, incluso en ámbitos educativos, institucionales y periodísticos. Con frecuencia se habla del «lenguaje braille» o del «idioma braille», cuando en realidad el braille no es un idioma ni un lenguaje.
El braille es un sistema de lectura y escritura táctil creado por Louis Braille en 1825. Basado en una celda de seis puntos en relieve, permite representar letras, números, signos de puntuación, símbolos matemáticos y notación musical mediante distintas combinaciones.
No traduce los idiomas ni constituye una lengua propia; representa, a través de puntos en relieve, los caracteres del sistema de escritura de cada idioma. Gracias a este sistema es posible leer y escribir en español, inglés, francés o cualquier otra lengua. Lo que cambia es el idioma; el sistema de escritura continúa siendo el braille.
Esta precisión no constituye un simple detalle terminológico. Utilizar los conceptos adecuados también forma parte de una comunicación accesible y responsable.
Cuando los medios de comunicación, las instituciones o quienes generan contenidos emplean expresiones inexactas, contribuyen, muchas veces sin advertirlo, a consolidar ideas erróneas. En cambio, informar con rigor ayuda a construir conocimiento y favorece una comprensión más precisa de la realidad.
Diversas investigaciones en neurociencia han demostrado que la lectura visual y la lectura táctil activan mecanismos cerebrales equivalentes para interpretar el lenguaje escrito.
El cerebro procesa la información mediante distintas vías sensoriales, pero el resultado es el mismo: comprender el significado de un texto. En otras palabras, quien lee en braille está realizando exactamente el mismo acto de lectura, aunque acceda a la información a través del tacto.
La decisión de la RAE posee, por ello, un profundo valor simbólico y educativo. No modifica la manera en que las personas leen, sino que reconoce oficialmente una realidad que existe desde hace casi dos siglos. Comprender que la lectura puede realizarse mediante la vista, el tacto u otros medios supone entender que el acceso al conocimiento admite múltiples caminos.
Cuando el lenguaje refleja esa diversidad con precisión, no solo mejora un diccionario: también contribuye a construir una sociedad más informada, más respetuosa y más consciente de que la accesibilidad también comienza por las palabras.
Súmate a nuestro canal de WhatsApp
https://whatsapp.com/channel/0029VaHmbGaLI8YVRZZgwU1i

