El Mensajero
Sociedad

Los femicidios que vuelven a preguntarnos qué está fallando

Los casos de Dulce María Candia y Agostina Vega conmocionaron al país y reabrieron una pregunta que se repite con cada tragedia: ¿por qué seguimos llegando cuando ya es demasiado tarde?

Dulce María Candia tenía 17 años. Agostina Vega tenía 14. Dos adolescentes, dos historias, dos familias que hoy enfrentan una ausencia irreparable. Sus muertes, investigadas como femicidios, volvieron a sacudir a la Argentina y pusieron nuevamente en primer plano una realidad que sigue cobrando vidas pese a años de debates, campañas de prevención y reclamos sociales.

El hallazgo del cuerpo de Dulce María en Eldorado, Misiones, tras permanecer desaparecida durante varios días, generó una profunda conmoción en la provincia. Horas después, el país volvió a estremecerse con la confirmación de la muerte de Agostina en Córdoba, otra adolescente cuya búsqueda había movilizado a familiares, amigos y vecinos.

Las noticias ocuparon titulares, despertaron pedidos de justicia y provocaron una reacción inmediata en las redes sociales. Sin embargo, una vez más, detrás de la conmoción surge una pregunta que trasciende los casos particulares: ¿qué está pasando para que estas historias continúen repitiéndose?

Más  que números: vidas que fueron truncadas

Las estadísticas permiten dimensionar el problema, pero nunca alcanzan a reflejar el dolor que deja cada víctima. Detrás de cada caso hay proyectos de vida interrumpidos, familias devastadas y comunidades enteras que intentan comprender cómo una tragedia semejante pudo ocurrir.

Según el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina, durante 2025 se registraron 200 víctimas directas de femicidio en el país. El informe indicó que una mujer fue asesinada cada 44 horas, una cifra que continúa mostrando la gravedad de una problemática estructural que atraviesa a toda la sociedad.

Los primeros registros y relevamientos difundidos durante 2026 mantienen encendida la alarma. Los casos continúan acumulándose en distintas provincias y vuelven a demostrar que la violencia extrema contra mujeres y adolescentes sigue siendo una deuda pendiente para la democracia argentina.

Cada número representa una persona. Una hija. Una hermana. Una amiga. Una estudiante. Una mujer que tenía sueños, vínculos, proyectos y una vida por delante.

La pregunta que vuelve una y otra vez

Con cada nuevo femicidio aparecen los mismos interrogantes. ¿Hubo señales previas? ¿Existieron pedidos de ayuda? ¿Las alertas fueron escuchadas? ¿Los mecanismos de protección funcionaron a tiempo? ¿Las instituciones contaban con las herramientas necesarias para intervenir?

No se trata de buscar explicaciones simples frente a problemas complejos ni de señalar responsabilidades sin pruebas. Se trata de asumir que cuando una adolescente pierde la vida de manera violenta, la sociedad tiene la obligación de preguntarse qué pudo haberse hecho antes.

La prevención no comienza cuando una persona desaparece. Tampoco cuando una familia ya atraviesa la desesperación de una búsqueda. La prevención exige presencia constante, articulación institucional, equipos interdisciplinarios fortalecidos, acceso a la salud mental, acompañamiento social, políticas públicas sostenidas y capacidad de actuar antes de que la violencia alcance un punto irreversible.

Una responsabilidad que interpela a todos

Es legítimo exigir respuestas al Estado. Porque proteger la vida y garantizar derechos forma parte de sus responsabilidades fundamentales. Pero también es necesario reconocer que la violencia de género no se desarrolla en un vacío.

La problemática interpela a las instituciones educativas, a los sistemas de salud, a la justicia, a las fuerzas de seguridad, a las organizaciones sociales, a los medios de comunicación y a la comunidad en su conjunto.

Cada femicidio deja al descubierto una realidad incómoda: muchas veces las respuestas aparecen cuando ya no pueden evitar el daño. Y esa sensación de llegar tarde es quizás una de las heridas más profundas que dejan estas tragedias.

Una sociedad que no puede acostumbrarse

Dulce María Candia y Agostina Vega no son solamente nombres que ocuparán titulares durante algunos días. Son vidas que fueron arrebatadas. Son familias que deberán aprender a convivir con una ausencia imposible de reparar. Son historias que deberían obligarnos a reflexionar mucho más allá del impacto momentáneo de una noticia.

Porque la verdadera discusión no debería comenzar después de cada femicidio. Debería comenzar mucho antes.

La pregunta urgente ya no es cuántas víctimas más habrá. La pregunta es por qué seguimos llegando cuando el daño ya está hecho.

Y mientras esa respuesta continúe pendiente, cada nueva tragedia seguirá recordándonos que ninguna estadística alcanza para explicar el valor de una vida que pudo y debió ser protegida.

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