El Mensajero
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Mientras la pelota rodaba

Por Gustavo Billarruel

Hay acontecimientos capaces de concentrar la atención de un país entero. Durante cuarenta días, el Mundial ocupó ese lugar. No porque alguien lo impusiera, sino porque el fútbol, en la Argentina, conserva un privilegio que pocas expresiones colectivas pueden alcanzar: reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción. Nada hay que cuestionar en esa pasión compartida.

Lo verdaderamente inquietante comenzó fuera de la cancha, donde el ritmo de la política jamás se detuvo y las decisiones más trascendentes continuaron su curso lejos del centro de la conversación pública.

Cuando la atención cambia de escenario

Los gobiernos no alteran su marcha porque ruede una pelota. Las reformas continúan, las designaciones avanzan y las decisiones estratégicas siguen moldeando el presente y el futuro del país. Mientras la agenda mediática encontraba su epicentro en cada partido de la Selección, la administración de Javier Milei continuó impulsando medidas de enorme impacto institucional.

Esa diferencia entre lo que concentra la mirada social y aquello que verdaderamente transforma la realidad constituye, muchas veces, el terreno más propicio para el ejercicio del poder.

La salida de Adorni y el desplazamiento del debate

La salida de Manuel Adorni estuvo lejos de representar una simple modificación dentro del gabinete. Más allá de las razones que la motivaron, adquirió un significado político imposible de ignorar en una administración que ya acumulaba sucesivos cambios y salidas de funcionarios por distintos motivos. Lejos de tratarse de un episodio aislado, pasó a integrar una secuencia que volvió cada vez más visibles las tensiones propias del ejercicio del poder.

Sin embargo, la dimensión política de ese acontecimiento quedó rápidamente eclipsada por la intensidad del calendario mundialista. La noticia perdió profundidad antes de que pudieran desplegarse todas las preguntas que merecía.

Mientras ese episodio ocupaba apenas un espacio fugaz en la discusión pública, otras decisiones de alcance estructural continuaban avanzando con una visibilidad mucho menor. Allí radica el verdadero interrogante: no sólo qué ocurrió, sino cuánto espacio tuvo la sociedad para comprender la dimensión de aquello que estaba ocurriendo.

La soberanía también salió de la agenda

Mientras buena parte de la atención pública permanecía concentrada en el Mundial, continuaron avanzando iniciativas vinculadas con tierras y bienes estratégicos del Estado en el sur argentino, junto con designaciones judiciales y otras determinaciones de fuerte contenido institucional. Allí la discusión deja de ser exclusivamente administrativa para transformarse en un debate mucho más profundo: qué lugar ocupa la soberanía en el proyecto de país que hoy se está construyendo.

Los recursos naturales, el patrimonio público y los territorios estratégicos no deberían convertirse en asuntos secundarios simplemente porque otro tema monopoliza la conversación. Cuando esas discusiones desaparecen del espacio público, el riesgo no reside únicamente en las decisiones que puedan adoptarse, sino también en la pérdida de una ciudadanía plenamente informada y en condiciones de deliberar sobre ellas.

Cuando la agenda también se privatiza

Existe una forma de privatización de la que casi nunca se habla: la apropiación de la agenda pública. Ocurre cuando la conversación colectiva termina organizada exclusivamente por aquello que genera impacto inmediato, emociones intensas o mayores niveles de audiencia.

En ese escenario, los temas estructurales ceden terreno frente a la lógica de la inmediatez y las discusiones de fondo pierden el lugar que requieren. No se trata de un fenómeno nuevo, sino de un mecanismo particularmente eficaz para cualquier gobierno que pretenda avanzar sin enfrentar un debate público proporcional a la magnitud de sus decisiones.

Lo que el periodismo decide mirar

Esa realidad también interpela al periodismo. Nuestra responsabilidad no consiste únicamente en contar aquello que millones de personas ya están observando. Consiste, sobre todo, en iluminar los espacios que corren el riesgo de quedar en penumbras. Cuando toda la atención se dirige hacia un mismo punto, el verdadero ejercicio periodístico comienza allí donde la mayoría deja de mirar.

La información no puede limitarse a seguir la corriente de la agenda; también debe desafiarla, interpelarla y ampliarla cuando los asuntos verdaderamente trascendentes quedan relegados por el vértigo del espectáculo. Porque informar también implica ayudar a que la sociedad reconozca aquello que, aun lejos de los grandes titulares, condiciona su presente y su futuro.

Después del último pitazo

El domingo sonará el pitazo final. Quedarán los abrazos, las imágenes imborrables y las emociones que sólo el fútbol es capaz de despertar. Pero, una vez apagadas las luces del estadio, el país seguirá exactamente donde estaba: con las mismas instituciones, los mismos desafíos y decisiones que ya habrán comenzado a moldear el futuro de varias generaciones.

Quizá la principal enseñanza de estas semanas no sea dejar de celebrar un Mundial, sino comprender que una democracia madura puede emocionarse con un gol sin renunciar a observar de cerca a quienes ejercen el poder. Porque los partidos terminan con el silbato del árbitro. Las decisiones políticas, en cambio, suelen escribir capítulos cuya duración excede largamente los noventa minutos.

 

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