El Mensajero
Entrevistas

Una Tierra que tiembla: comprender los sismos para aprender a habitar el territorio

Por Gustavo Billarruel

Una mirada local sobre los movimientos sísmicos, a partir del análisis de profesionales vinculadas a la Universidad Nacional de Villa María, para comprender estos fenómenos y reflexionar sobre cómo habitamos el territorio.

La Tierra se mueve desde mucho antes de que existiéramos para percibirlo.

Sin embargo, cada vez que un sismo sacude una ciudad, algo de esa aparente estabilidad sobre la que construimos nuestra vida cotidiana parece quebrarse, aunque sea por unos segundos.

Las imágenes llegan casi de inmediato. Un edificio que se mueve, una lámpara que oscila, una calle que se transforma en escenario de incertidumbre. Las distancias parecen desaparecer y un fenómeno ocurrido a miles de kilómetros puede instalarse rápidamente en nuestras conversaciones, en las redes sociales y también en nuestros temores.

En las últimas semanas, distintos movimientos sísmicos registrados en diferentes lugares del mundo volvieron a poner el fenómeno en el centro de la escena. Y con ellos aparecieron preguntas que no siempre encuentran respuestas sencillas: ¿está temblando más la Tierra o estamos prestando mayor atención a fenómenos que siempre estuvieron presentes? ¿Podemos anticipar un terremoto? ¿Por qué un mismo movimiento puede provocar consecuencias tan diferentes? ¿Qué lugar ocupan el miedo, la información y la prevención?

Hablar de sismos, entonces, es hablar de mucho más que geología.

Es hablar de un planeta dinámico, de placas tectónicas y de energía. Pero también de las sociedades que construyen sus ciudades sobre ese territorio, de la vulnerabilidad, del ordenamiento territorial, de las formas en que nos informamos y de nuestra capacidad para prepararnos frente a aquello que no podemos controlar.

Porque un fenómeno natural no necesariamente se convierte en un desastre. Entre la amenaza y sus consecuencias también están las decisiones humanas.

Para mirar este tema desde esa perspectiva, conversamos con María Jimena Rodríguez y Analía Rosa Becker, dos especialistas vinculadas a la Universidad Nacional de Villa María, cuyas trayectorias atraviesan las Ciencias Geológicas, la Geología Ambiental y el estudio de los procesos geoambientales.

María Jimena Rodríguez

Nació y vive en Hernando, Córdoba. Es Licenciada y Doctora en Ciencias Geológicas por la Universidad Nacional de Río Cuarto y docente de Geología y Gestión del Suelo en la Licenciatura en Ambiente y Energías Renovables del Instituto de Ciencias Básicas y Aplicadas de la Universidad Nacional de Villa María.

Desarrolló sus becas doctoral y posdoctoral del CONICET en el Centro de Investigaciones y Transferencia Villa María, en temáticas vinculadas con la calidad del suelo, la Geología Ambiental y Médica y la visibilización de problemáticas geoambientales en la cuenca del río Ctalamochita.

También integra la Asociación Civil Qumanta Huasi, de Hernando, y la Comisión de Suelos y Ambiente de la Asociación Argentina de la Ciencia del Suelo.

Analía Rosa Becker

Nació y vive en Río Cuarto, Córdoba. Es Licenciada y Doctora en Ciencias Geológicas por la Universidad Nacional de Río Cuarto y Especialista en Geología Ambiental.

Se desempeñó como docente en la carrera de Geología de la Universidad Nacional de Río Cuarto y en la Licenciatura en Ambiente y Energías Renovables de la Universidad Nacional de Villa María.

Actualmente es Profesora Emérita de la Universidad Nacional de Villa María, codirige una beca doctoral CONICET-UNVM e investiga en temáticas geoambientales. Además, integra la Junta Académica del Doctorado en Ciencias con Mención en Agroalimentos del Instituto de Ciencias Básicas y Aplicadas de la UNVM y es miembro del Comité Editorial de la revista Ciencia del Suelo de la Asociación Argentina de la Ciencia del Suelo.

Dos miradas que parten de la geología para llegar a una pregunta mucho más amplia: cómo habitamos un planeta que nunca estuvo quieto.

La Tierra que siempre se mueve

En las últimas semanas, distintos terremotos y sismos ocurridos en diferentes lugares del mundo volvieron a instalar una pregunta: ¿está temblando más la Tierra o estamos percibiendo de otra manera fenómenos que siempre estuvieron presentes?

María Jimena Rodríguez: No podemos afirmar que haya una mayor actividad sísmica en estos últimos meses. Lo que sí sabemos es que estos procesos naturales y geológicos existen desde mucho antes de que la humanidad viviera y se desarrollara sobre el planeta.

Para conocer la actividad sísmica existen estaciones sismológicas distribuidas en distintos lugares del mundo. En Argentina, por ejemplo, el Instituto Nacional de Prevención Sísmica cuenta con estaciones que registran de manera constante sismos de diferentes magnitudes.

Lo mismo ocurre en otros países. Colombia cuenta con el Servicio Geológico Colombiano; Perú, con el Instituto Geofísico del Perú; y Venezuela, con la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas. A nivel internacional también existe el registro del Servicio Geológico de Estados Unidos.

Por eso, cuando aparecen noticias sobre sismos en Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador u otros lugares, es importante acudir a fuentes oficiales y confiables. También hay que entender que no todos esos eventos tienen relación entre sí, porque pueden producirse en diferentes contextos tectónicos.

La corteza terrestre está fragmentada, como si fueran piezas de un rompecabezas, en lo que denominamos placas tectónicas. Estas placas están en movimiento y sus límites concentran gran parte de la actividad sísmica y volcánica.

En nuestra región, por ejemplo, la placa de Nazca, ubicada bajo el océano Pacífico, interactúa con la placa Sudamericana. Ese proceso está relacionado con la actividad sísmica a lo largo de la cordillera de los Andes y explica, entre otras cuestiones, la mayor actividad registrada en zonas como Mendoza y San Juan.

También está la cuestión de la percepción. Estos procesos siempre estuvieron presentes, pero hoy contamos con registros permanentes y herramientas que permiten conocerlos mucho mejor. Y, como siempre decimos, no podemos gestionar algo si no lo conocemos.

El problema, tanto con la sismicidad como con el vulcanismo, es que podemos saber que existe una posibilidad de liberación de energía, pero no podemos determinar exactamente cuándo ocurrirá, dónde y con qué magnitud. Tampoco sabemos si esa energía se liberará mediante varios sismos pequeños o mediante un evento de mayor magnitud.

Lo que sí podemos hacer es identificar las zonas de mayor amenaza sísmica y, a partir de ese conocimiento, generar políticas de prevención y ordenamiento territorial, incluyendo construcciones sismorresistentes.

Por eso, más allá de la percepción, tenemos que hablar de vulnerabilidad social. Si en una zona existe una amenaza sísmica pero no hay población expuesta, el riesgo es diferente. Cuando una sociedad se instala en ese territorio, podemos trabajar para disminuir su vulnerabilidad.

La amenaza va a estar presente, pero la vulnerabilidad está asociada a la población, a las construcciones y a la capacidad que tenemos para enfrentar ese fenómeno.

También es importante comprender cómo se mide un sismo. La magnitud es una medida instrumental relacionada con la energía liberada. Las escalas de magnitud son logarítmicas: un incremento de una unidad representa aproximadamente 32 veces más energía liberada.

Por eso, cuando decimos que un sismo fue de magnitud 5 o 6, esa diferencia no significa simplemente una unidad más. Significa un aumento considerable de la energía liberada.

El registro sísmico también permite conocer otros datos, como la profundidad. No es lo mismo un sismo que ocurre a 300 kilómetros que uno que ocurre a 10 kilómetros de profundidad. En general, cuanto más superficial es el evento, mayor puede ser su percepción en superficie.

Y después tenemos la intensidad, que se expresa mediante escalas como la de Mercalli. En este caso, no se mide directamente la energía liberada, sino los efectos y la forma en que el movimiento es percibido en un determinado lugar.

Un sismo puede tener una determinada magnitud, pero si ocurre en una zona con construcciones preparadas para resistirlo, los daños pueden ser menores. En cambio, en una zona con mayor vulnerabilidad, el mismo evento puede producir consecuencias mucho más graves.

Analía: Para nosotros, conocer que la Tierra está en permanente movimiento, aunque nuestra experiencia cotidiana nos haga sentir que vivimos sobre algo firme y estable, significa que esta revelación altera profundamente nuestra auto-percepción. La relación que tenemos con la naturaleza y fundamentalmente la forma de a veces concebir el futuro. Significa dejar atrás a veces la idea de que la Tierra es estática para transitar hacia un nuevo paradigma donde el asombro nos lleva hacia la urgencia de una acción colectiva.

Cuando lo estable deja de serlo

La Tierra está en permanente movimiento, aunque nuestra experiencia cotidiana nos haga sentir que vivimos sobre algo firme y estable. ¿Qué significa para nosotros, como seres humanos, descubrir que esa aparente estabilidad es, en realidad, parte de un planeta que está en constante transformación?

Jimena: Creo que es una respuesta muy personal, que tiene que ver con la percepción de cada uno. Desde mi propia experiencia, esa percepción fue cambiando a medida que fui creciendo. No era lo mismo lo que percibía de niña que lo que hoy veo del mundo.

Todavía me siguen maravillando muchas cosas de la naturaleza, como cuando era chica, pero hay otras que hoy me horrorizan y que quizás en ese momento no podía percibir de la misma manera.

En general, creo que tiene que ver con sentirnos pequeños y vulnerables ante la inmensidad de la Tierra, del universo y de los propios procesos naturales. Cuando ocurren grandes catástrofes entendemos que somos muy pequeños y que no todo puede ser controlado.

Pero hay un mensaje que me parece importante: entender que coevolucionamos. La vida y la geología evolucionan y son interdependientes. Como seres humanos habitamos este planeta, y nuestra manera de hacerlo nos permite disfrutarlo, pero también cuidarlo o no.

Todo depende, en buena medida, del sentido de pertenencia que tengamos con la naturaleza y con nuestro planeta.

Cuando la información también modifica el miedo

Hoy podemos conocer casi inmediatamente un terremoto ocurrido a miles de kilómetros, ver imágenes, recibir alertas y seguir sus consecuencias en tiempo real. ¿Cómo influye esta posibilidad de estar permanentemente informados en nuestra percepción del riesgo y en los temores que construimos como sociedad?

Analía: Es importante tener en cuenta el avance tecnológico. Ante la ocurrencia de un terremoto en cualquier lugar del mundo, la sociedad puede conocer inmediatamente dónde ocurrió, acceder a información técnica e incluso ver imágenes en tiempo real. Geográficamente, las distancias parecen acortarse.

Por otro lado, esta hiperconectividad genera una enorme cantidad de información sobre los terremotos y sobre los fenómenos sísmicos en general.

Esto influye en la percepción del riesgo. Frente a un terremoto, la sociedad puede experimentar una profunda alteración psicológica e incluso una especie de psicología colectiva, especialmente en el área donde ocurre el fenómeno.

En muchas oportunidades, esa psicología colectiva puede ampliar el temor frente a un temblor, un sismo o un terremoto y distorsionar la evaluación real de la amenaza. Incluso puede generar la sensación de que los sismos son ahora más frecuentes o peligrosos que antes.

El instante en que aparece la vulnerabilidad

Frente a un sismo, muchas veces aparece una sensación de vulnerabilidad: aquello que parecía seguro deja de serlo por unos instantes. ¿Qué nos pasa emocional y socialmente cuando la naturaleza nos enfrenta con una situación que no podemos controlar ni anticipar completamente?

Jimena: En realidad, yo pienso que somos parte de la naturaleza. Nunca viví un sismo o un terremoto, pero sí me tocó enfrentar otros fenómenos naturales, y lo primero que se activa es la supervivencia.

Ante una emergencia puede ocurrir que algunas personas se paralicen y otras se activen. En mi caso, durante una inundación, cuando vi que el agua se acercaba a la casa, lo primero que hice fue pensar qué cosas básicas y personales podía llevarme en una mochila. También estaban mis perras y, en ese momento, acudimos a una vecina que tenía un vehículo.

Hoy pienso en cómo salimos de aquel lugar: éramos personas y animales dentro de un auto, y uno se pregunta cómo pudimos hacerlo. No nos conocíamos, pero ante una emergencia surge algo muy importante: la solidaridad.

En ese momento, lo fundamental es autoevacuarse, salir del lugar y comprender que lo que importa es la vida, no lo material.

Analía: Ante un terremoto puede ocurrir algo similar. La sociedad puede reaccionar con miedo, especialmente frente a la posibilidad de réplicas, y llegar incluso a sentir desesperanza y vulnerabilidad, como sucede en lugares donde la actividad sísmica es frecuente.

La necesidad de encontrar respuestas

Estos fenómenos suelen generar preguntas, rumores e incluso la idea de que un terremoto puede anunciar otro de mayor magnitud. ¿Por qué, como sociedad, necesitamos encontrar explicaciones, relaciones o certezas frente a fenómenos que muchas veces no podemos predecir?

Jimena: No está mal querer conocer con precisión los procesos naturales. No podemos cuidar ni gestionar aquello que no conocemos. En mi caso, incluso prefiero hablar de los bienes comunes, porque forman parte del mundo que habitamos.

Conocer estos procesos permite identificar ciertas características, recurrencias y relaciones que forman parte de un sistema. Si modificamos un proceso, seguramente también se modifica el resto. Por eso decimos que funcionan de manera sistémica y que todo se encuentra en transformación.

Lo que no deberíamos hacer es confundir conocimiento con capacidad de manipulación.

Hay que conocer para cuidar, no para manipular.

Aprender a habitar

Más allá de comprender por qué se producen los sismos, ¿qué deberían enseñarnos estos fenómenos sobre nuestra manera de habitar el territorio, de relacionarnos con la naturaleza y de prepararnos colectivamente frente a aquello que no podemos evitar?

Jimena: Deberían enseñarnos justamente sobre nuestros modos de habitar y sobre la necesidad de comprender que nadie se salva solo: vivimos en comunidad.

Frente a la vulnerabilidad social, la única manera de disminuirla, además de conocer el fenómeno, es comunicar el riesgo y organizarnos colectivamente. No podemos actuar solos. Necesitamos planes de previsión y prevención, campañas de información, simulacros y políticas de ordenamiento territorial.

El ordenamiento territorial tampoco puede hacerse de manera individual. Tienen que participar las instituciones científicas y gubernamentales, pero también es fundamental trabajar en el territorio con la sociedad y hacia la sociedad.

Analía: En las áreas identificadas científicamente con actividad sísmica, que normalmente son monitoreadas por distintas instituciones, es importante que la sociedad pueda pasar del miedo paralizante a una cultura de la prevención.

Esto implica educación en distintos niveles, realización de simulacros y conocimiento de los sistemas de alerta y de las medidas que deben adoptarse ante la ocurrencia de un terremoto.

Una última pregunta para una Tierra que nunca estuvo quieta

Cuando la Tierra tiembla y por un momento nos recuerda que no tenemos el control absoluto sobre el mundo que habitamos, ¿qué cree que deberíamos detenernos a pensar como seres humanos y como sociedad?

Jimena: Como mensaje final, ante esto de que no podemos controlar todo, creo que lo más importante es comprender que coevolucionamos con el mundo que habitamos.

Hay fenómenos y procesos que forman parte de la naturaleza y que no podemos evitar ni controlar. Sí podemos convivir con ellos y, al mismo tiempo, ser responsables de nuestras acciones.

Tenemos que comprender que incluso cuando caminamos ya generamos un impacto en el mundo. Por eso debemos ser responsables de nuestras acciones en la naturaleza, en nuestra casa común.

Vivimos en un ecosistema donde todo depende de todo y donde todo se transforma. Aquello que tocamos, que modificamos o que intentamos gestionar de alguna manera va a impactar sobre otros procesos.

También hay fenómenos naturales que no podemos eliminar: están presentes y forman parte de la transformación constante del planeta.

La única manera es adaptarnos, tratar de convivir y aprender a hacerlo de una manera responsable.

A María Jimena Rodríguez y Analía Rosa Becker, gracias por la disposición, el conocimiento y, sobre todo, por una conversación que permite mirar los sismos más allá del instante en que la Tierra tiembla.

Porque quizás comprender que el planeta nunca estuvo quieto sea también una forma de aprender a habitarlo.

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