El Mensajero
Sociedad

Empiezo por el final…

Por Gustavo Billarruel

«Empiezo por el final», canta el Indio Solari. Y esta vez no encuentro una mejor manera de empezar.

El final fue un país abrazado. Desconocidos festejando con desconocidos. Familias llorando de felicidad. Amigos gritando hasta quedarse sin voz. Por un rato, nos olvidamos de los problemas cotidianos. Solo existían una camiseta, una pelota y un sueño compartido.

Otra vez Inglaterra. Esta vez en una semifinal. Es imposible que la memoria no viaje hacia aquella tarde que quedó grabada para siempre en la historia del fútbol argentino. No porque los partidos sean iguales ni porque las épocas se parezcan, sino porque hay rivales que despiertan recuerdos que ninguna generación está dispuesta a olvidar.

Y ahí estuvo esta Selección. Una vez más. Demostrando que sabe levantarse cuando el partido se complica. Que no negocia el esfuerzo. Que nunca deja de creer. Que juega con el corazón, pero también con una convicción capaz de contagiar a millones de argentinos.

Confieso algo.

Durante mucho tiempo fui muy exigente con Lionel Messi. Más de una vez me enojé. Esperaba mucho más de él. Quizás porque siempre supe que estaba frente al mejor futbolista del mundo y, precisamente por eso, le exigía lo que solo a los elegidos se les exige.

Con el paso del tiempo entendí que estaba equivocado.

Messi empezó a construir un camino que terminó siendo extraordinario. Nos regaló una Copa del Mundo, títulos inolvidables y algunas de las alegrías más grandes que el fútbol puede ofrecer. Y hoy, a los 39 años, cuando cualquiera podría conformarse con todo lo conseguido, sigue siendo determinante. Sigue marcando el rumbo. Sigue apareciendo cuando el equipo más lo necesita.

Por eso siento la necesidad de reivindicarme.

No porque estuviera mal ser crítico. La crítica también nace del amor por la camiseta y del deseo de ver siempre lo mejor. Pero los hechos terminaron demostrando que estaba frente a un futbolista irrepetible, capaz de reinventarse una y otra vez y de seguir escribiendo páginas que ya pertenecen a la historia grande del deporte.

Y no hay nada de malo en reconocerlo.

Al contrario. También hay grandeza en admitir que uno se equivocó. Que la realidad terminó siendo mucho más grande que nuestras dudas.

Messi es descomunal.

Pero sería injusto reducir todo a él. Este equipo tiene una identidad que emociona. Tiene perseverancia. Tiene carácter. Tiene rebeldía. Tiene un corazón inmenso. Cuando parece que todo se hace cuesta arriba, encuentra la manera de levantarse. Y esa convicción termina contagiando a millones de personas.

Un rato antes de que empezara el partido, una colega y amiga, Eva, me dijo con una seguridad que hasta me sorprendió: «Después me voy a la plaza a buscar algunos videítos para el portal». La miré y le pregunté cómo podía estar tan convencida de que Argentina iba a ganar. Sonrió y respondió: «Porque este equipo siempre encuentra una manera».

Cuando terminó el partido entendí que no era una simple corazonada. Era confianza. La misma confianza que esta Selección fue construyendo con trabajo, sacrificio y fútbol, hasta contagiar a un país entero.

Eso explica lo que ocurre cada vez que juega la Argentina.

Nos abrazamos con quien tenemos al lado sin importar quién es. Gritamos un gol como si fuera propio. Lloramos de felicidad. Y, durante un rato, dejamos afuera todas las preocupaciones que nos acompañan cada día.

No sé qué pasará en la final. Hay historias que merecen escribirse cuando terminan.

Lo que sí sé es que esta Selección volvió a recordarnos que el talento es indispensable, pero que sin perseverancia, compromiso y corazón no alcanza. Y también me dejó una enseñanza personal: reconocer el mérito de los demás, incluso cuando alguna vez pensamos distinto, no nos hace más débiles. Nos hace más honestos.

«Empiezo por el final», canta el Indio Solari.

Y el final, esta vez, fue el de un país entero abrazándose otra vez alrededor de una misma ilusión.

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