En el clásico de Rosario entre Central y Newells, Ángel Di María fue amonestado por sacarse la camiseta al festejar eufórico un gol. El emblemático jugador marcó un golazo de tiro libre en un partido cerrado y lo festejó como corresponde: gritando, llorando y revoleando la camiseta por el aire. El árbitro automáticamente lo amonestó. Y en las redes sociales empezó a surgir la pregunta. ¿Por qué mantiene el fútbol esta incoherente regla?
En un deporte que despierta pasiones y mueve multitudes, resulta casi ridículo que un acto tan genuino como la celebración de un gol pueda terminar con un jugador amonestado. Si, se entiende, es una regla. Pero es nna regla que, a estas alturas, parece más pensada para la foto que para el juego.
El argumento de la norma suele girar en torno al “orden” y la “disciplina”, pero ¿qué hay de malo en que un jugador exprese su felicidad, su desahogo, su emoción más pura? Mientras no exista insulto, agravio o incitación a la violencia contra rivales o hinchadas, el acto de sacarse la camiseta no perjudica a nadie. Al contrario, muchas veces representa una descarga emocional que humaniza a los protagonistas y conecta con la pasión que vive la gente en las tribunas.
¿A quién beneficia mantener esta norma? Al juego, claramente no. A la justicia deportiva, menos. Es hora de que los organismos que regulan el fútbol empiecen a diferenciar entre lo que afecta la esencia del deporte y lo que es simplemente una expresión de alegría. Un gol es emoción, y coartar esa emoción por una prenda de tela parece, al menos, un sinsentido.

