Por Gustavo Billarruel
La psicóloga Silvana Pons advierte sobre el aumento de la violencia en jóvenes y plantea una clave incómoda: no se trata solo de conductas, sino de formas de expresar un malestar que no encuentra lugar en la palabra.
Hablar de salud mental en jóvenes dejó de ser un tema secundario. Hoy es una urgencia que se expresa en los vínculos cotidianos. ¿Qué está pasando con las adolescencias? ¿Por qué la violencia aparece con más frecuencia? ¿Qué estamos viendo —y qué seguimos sin ver— como sociedad?
Con esas preguntas como punto de partida, dialogo con Silvana Beatriz Pons, licenciada en Psicología, especialista en Salud Mental Comunitaria, con matrícula profesional 4816 en Córdoba y 306 en La Pampa. Expresidenta del Colegio de Psicólogos de Villa María, actualmente tesorera, se desempeña en el ámbito privado, es cofundadora del dispositivo de estrategias de cuidado “Crecer” y participa en proyectos universitarios en UNVM.
—Silvana, para empezar a ordenar el tema: ¿cómo describís el contexto actual que atraviesan adolescentes en relación con la violencia?
—Durante mucho tiempo la adolescencia fue pensada como una etapa definida, incluso asociada al padecer desde su origen etimológico. Se la entendía como un pasaje claro entre la niñez y la adultez. Hoy esa idea se volvió más difusa, no porque la adolescencia no exista, sino porque cambiaron profundamente las condiciones en las que se transita.
Por eso hablamos de adolescencias, en plural. No hay una única forma de vivir esta etapa, sino múltiples experiencias atravesadas por lo social, lo cultural y lo singular.
En ese marco, la violencia no aparece de manera aislada. Es una forma de expresión frente a malestares que no encuentran cómo tramitarse. Los jóvenes crecen en un contexto de inmediatez, exposición constante y fragilidad de los lazos. Cuando faltan palabras para nombrar lo que angustia, aparece el acto. La violencia deja de ser solo conducta y pasa a ser un mensaje.
La violencia no aparece de manera aislada. Es una forma de expresión frente a malestares que no encuentran cómo tramitarse
—¿Si la violencia es un mensaje, ¿qué es lo que hoy no estamos sabiendo escuchar como adultos o como Estado?
—Muchas veces no se generan las condiciones para que ese malestar pueda ser dicho. Faltan espacios reales de escucha, tanto en las instituciones como en los vínculos cotidianos. Y cuando eso no está, el malestar busca otras vías de expresión. Esto es muy importante poder pensarlo así.
—¿Qué factores estructurales, sociales y culturales inciden en estas situaciones?
—Es un fenómeno complejo. Se entrelazan condiciones como la desigualdad, la incertidumbre económica y la precarización de la vida cotidiana, junto con cambios culturales importantes.
Hoy se debilitan ciertos referentes de autoridad y se tornan más complejos los modos de convivencia. Y cuando hablo de autoridad, no me refiero a rigidez, sino a una autoridad que pueda sostener, escuchar y transmitir.
También aparece una dificultad creciente para tolerar la frustración, algo que no es exclusivo de los jóvenes, sino que atraviesa a toda la sociedad.
—¿Esa dificultad para tolerar la frustración está en la base de muchos conflictos?
—Sí, absolutamente. Vivimos en una cultura que empuja a la satisfacción inmediata, lo que genera una tensión constante con la realidad. Muchas veces esa tensión se descarga en los vínculos más cercanos.
—¿Cómo impacta este contexto en las familias?
—Las familias están atravesadas por altos niveles de exigencia: agotamiento, sobrecarga y demandas laborales. La preocupación por sostener lo económico muchas veces reduce la disponibilidad para acompañar o escuchar.
Y esto no tiene que ver con falta de interés, sino con condiciones que dificultan la presencia. Los adolescentes perciben esas tensiones y muchas veces las expresan a través de conductas. No son simples llamados de atención, son señales. Algo que no está pudiendo ser dicho se pone en acto.
Hoy se debilitan ciertos referentes de autoridad y se tornan más complejos los modos de convivencia
—¿Qué papel juegan las redes sociales en este escenario?
—No son negativas en sí mismas. Son un espacio donde hoy se construyen identidades y vínculos, pero requieren acompañamiento.
La exposición constante, la búsqueda de validación y la rapidez con la que circula la información pueden potenciar situaciones de violencia. Un conflicto que antes quedaba en un grupo reducido hoy puede volverse público en segundos.
Además, en las redes muchas veces se pierde la dimensión del otro como sujeto, lo que facilita formas de agresión.
—En este escenario, ¿el Estado está fallando en prevención o directamente en presencia?
—Hay avances en términos de visibilidad, pero siguen existiendo limitaciones importantes. Las políticas suelen ser fragmentadas o no sostenerse en el tiempo. Faltan dispositivos accesibles y equipos interdisciplinarios que acompañen de manera continua.
También estamos en un momento complejo respecto a la implementación de la Ley Nacional de Salud Mental N.º 26.657. Muchas veces lo que falla es una mirada integral. La violencia no se resuelve desde lo punitivo, sino generando condiciones de inclusión, escucha y acompañamiento.
En las redes muchas veces se pierde la dimensión del otro como sujeto
—¿Qué lugar ocupa hoy la salud mental en la agenda social?
—Tiene más presencia, pero eso no siempre se traduce en respuestas concretas. Hay una brecha entre el reconocimiento del problema y los recursos disponibles.
Esto se ve en servicios saturados, listas de espera y dificultades de acceso, especialmente en adolescentes, que muchas veces ya tienen obstáculos para pedir ayuda.
—¿Qué estrategias son urgentes?
—Es fundamental pensar estrategias integrales y sostenidas en el tiempo. Fortalecer la presencia del Estado con políticas consistentes, generar espacios de escucha en las escuelas y acompañar a las familias sin culpabilizarlas.
También es clave promover una cultura del cuidado y de la palabra, donde los conflictos puedan tramitarse sin llegar a la violencia y fortaleciendo el reconocimiento de las emociones. Desde el psicoanálisis, apostamos a restituir el valor de la palabra y del lazo social como forma de elaborar ese malestar. Todas las acciones que apunten a eso son fundamentales hoy.
Es fundamental pensar estrategias integrales y sostenidas en el tiempo
La entrevista termina, pero deja una inquietud abierta: si la violencia es un mensaje, el desafío ya no es solo frenarla, sino preguntarnos si estamos dispuestos a escuchar lo que está diciendo.

