Por Gustavo Billarruel
El regreso a las aulas después del receso invernal volvió a desnudar una realidad que ya no admite eufemismos. En Neuquén, Río Negro, Misiones, Jujuy y Formosa, miles de estudiantes no pudieron reencontrarse con sus docentes porque, una vez más, los salarios quedaron muy por debajo del costo de vivir con dignidad. Detrás de cada escuela donde no sonó el timbre hay una discusión que excede un conflicto gremial: un país que ajusta sobre la educación está decidiendo, consciente o inconscientemente, qué lugar le asigna a su propio futuro.
La reacción inmediata suele ser la misma. Se apunta al docente. Se habla de los días de clases perdidos. Se cuestiona la medida de fuerza. Pero pocas veces la pregunta cambia de dirección. ¿Qué tiene que pasar para que una maestra o un profesor, cuya vocación es enseñar, decida no entrar al aula? Nadie abraza esa profesión soñando con hacer un paro. Lo hace porque cree en la educación. Y cuando llega a ese extremo es porque antes agotó la paciencia, las explicaciones y la esperanza de que alguien escuche.
El Gobierno nacional insiste en que el ajuste era inevitable, que había que ordenar las cuentas y alcanzar el equilibrio fiscal. El problema no es discutir la necesidad de administrar responsablemente los recursos públicos. El problema aparece cuando ese equilibrio se construye sobre el deterioro de la educación, de la salud, de la ciencia y de las universidades. Porque entonces el costo deja de medirse únicamente en una planilla y empieza a pagarse en oportunidades perdidas.
La educación nunca fue un gasto. Es el cimiento sobre el que se levanta cualquier sociedad que aspire a crecer. Allí se forman los médicos que algún día atenderán nuestros hospitales, los ingenieros que impulsarán el desarrollo, los científicos que buscarán respuestas y los trabajadores que sostendrán la economía. También se forman ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y construir una democracia más sólida. Desvalorizar a quienes cumplen esa tarea es mucho más que una decisión presupuestaria: es una definición política.
Resulta contradictorio hablar de una Argentina competitiva mientras quienes tienen la responsabilidad de formar a las próximas generaciones necesitan dos o tres cargos para llegar a fin de mes. ¿Qué mensaje recibe un joven que hoy está pensando en estudiar un profesorado? ¿Qué reconocimiento encuentra quien dedica su vida a enseñar si, mes tras mes, descubre que su esfuerzo vale cada vez menos?
Cuando un docente pierde poder adquisitivo no pierde solamente él. Pierde la escuela que deja de retener a sus mejores profesionales. Pierden los estudiantes cuando las vocaciones empiezan a apagarse. Pierden las familias que depositan en la educación la esperanza de un futuro mejor. Y pierde un país entero que, en lugar de fortalecer uno de sus pilares fundamentales, decide debilitarlo.
No alcanza con exigir que las clases comiencen. Para que comiencen hacen falta condiciones. Hace falta un salario que permita vivir con dignidad. Hace falta infraestructura. Hace falta inversión. Hace falta comprender que la educación pública no puede ser la variable de ajuste permanente cada vez que un gobierno necesita mostrar resultados fiscales.
Porque detrás de cada recibo de sueldo que pierde contra la inflación hay un docente que vuelve a su casa preguntándose cómo pagar los servicios, el alquiler o los útiles de sus propios hijos. Y detrás de esa preocupación cotidiana hay un aula llena de chicos y chicas que merecen encontrarse con un maestro dedicado exclusivamente a enseñar, no obligado a multiplicar horas de trabajo para sobrevivir.
Hay quienes sostienen que primero debe estabilizarse la economía y que después llegará el tiempo de mejorar la educación. La historia demuestra exactamente lo contrario. Ningún país salió adelante debilitando a quienes educan. Las sociedades que lograron desarrollarse entendieron que la enseñanza no era un gasto a reducir, sino la inversión más inteligente para construir un futuro con más igualdad, más conocimiento y más oportunidades.
Podrán exhibirse balances prolijos y celebrarse indicadores macroeconómicos. Pero ningún número alcanza para explicar el costo de una generación que crece viendo cómo enseñar deja de ser una profesión reconocida y se convierte, cada vez más, en un acto de resistencia.
La educación no necesita discursos grandilocuentes cada 11 de septiembre ni homenajes ocasionales. Necesita decisiones políticas. Necesita presupuesto. Necesita respeto. Y, sobre todo, necesita que quienes tienen la responsabilidad de gobernar entiendan que ajustar sobre las aulas nunca es una muestra de eficiencia. Es una renuncia al futuro.
Los sueldos tienen que ir para arriba.
Los ajustes, para abajo.
Porque cuando un país le niega una vida digna a quienes tienen la enorme responsabilidad de formar a sus niños, niñas y jóvenes, no está castigando únicamente a los docentes.
Está resignando, silenciosamente, su propio porvenir.
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