Por Gustavo Billarruel
Hay palabras que, de tanto repetirlas, corren el riesgo de perder su verdadero significado. “Odio” es una de ellas.
La escuchamos todos los días. En los discursos políticos, en las redes sociales, en las discusiones cotidianas. La utilizamos para describir aquello que nos provoca rechazo, bronca o indignación. Pero no todo es lo mismo.
Hace más de dos mil años, Aristóteles se detuvo en esa diferencia. En su Retórica distinguió la ira del odio. Y leerlo hoy, en una Argentina atravesada por enfrentamientos cada vez más ásperos, obliga a hacerse algunas preguntas.
Para Aristóteles, la ira nace de una ofensa concreta. Tiene un destinatario y un motivo. Alguien hizo algo que consideramos injusto y reaccionamos frente a eso. La ira duele, reclama una respuesta y puede incluso buscar una reparación.
Pero también puede terminar.
El odio funciona de otra manera. No necesita necesariamente una ofensa personal. Puede dirigirse contra alguien por lo que representa, por sus ideas o por el grupo al que pertenece. Ya no importa tanto lo que hizo una persona determinada: importa aquello que creemos que esa persona encarna.
La ira tiene un motivo. El odio necesita un enemigo.Y quizá esa diferencia nos ayude a entender mucho de lo que está pasando.
Cuando el otro deja de ser un adversario
La Argentina tiene una historia demasiado larga de enfrentamientos políticos como para tomar esta cuestión a la ligera.
Eva Perón fue una de las figuras que más adhesiones y rechazos despertó en nuestra historia. Se puede discutir su actuación política, sus decisiones, sus formas y su relación con el poder. Eso es parte de cualquier análisis histórico serio.
Pero una cosa es discutir a una dirigente y otra muy diferente es desear su muerte.
Durante la enfermedad que terminó con su vida apareció una frase que todavía hoy resulta estremecedora: “Viva el cáncer”.
No era una crítica a una política determinada.
No era una diferencia ideológica.
Era el deseo de que una persona muriera.
Y ahí aparece nuevamente la diferencia que planteaba Aristóteles.
Evita había dejado de ser solamente Eva Perón. Para una parte de sus adversarios, se había convertido en la representación de todo aquello que rechazaban del peronismo y de los sectores populares que habían ganado protagonismo político y social.
Cuando eso ocurre, el adversario deja de ser alguien a quien hay que enfrentar políticamente.
Pasa a ser alguien que debe desaparecer.
La historia no empieza en 1976
Después vinieron otros años.
La violencia política, los golpes de Estado, la proscripción del peronismo, los enfrentamientos y una sociedad cada vez más partida fueron construyendo un clima donde el otro comenzó a ser visto como una amenaza.
El bombardeo de Plaza de Mayo de 1955, que dejó cientos de víctimas civiles, y la posterior proscripción del peronismo son parte de esa historia de intolerancia política.
Décadas más tarde, en 1976, la dictadura llevó esa construcción del enemigo a una dimensión infinitamente más brutal.
Apareció la figura del “enemigo interno”. El “subversivo”. El supuesto enemigo de la Nación.
Y aquí hay que decirlo con absoluta claridad: no estamos en 1976.
Hoy vivimos en democracia. Hay elecciones, Congreso, Justicia, libertad de expresión y una sociedad que puede organizarse y expresarse.
No existe ninguna razón seria para establecer una equivalencia entre aquel terrorismo de Estado y la Argentina actual.
Pero tampoco podemos caer en el error contrario: creer que porque vivimos en democracia ninguna forma de construcción del enemigo merece nuestra atención.
La historia no vuelve exactamente igual.
Lo que puede volver son determinados mecanismos.
Primero aparece alguien señalado como responsable de los males colectivos. Después se lo convierte en una categoría. Más tarde se cuestiona su legitimidad para formar parte de la conversación pública.
Y finalmente, aquello que antes parecía inadmisible empieza a resultar normal.
La Argentina ya pagó demasiado caro ese recorrido.
Milei, una escuela y una pregunta incómoda
Y entonces llegamos a lo ocurrido el 27 de agosto en el Colegio ORT.
Javier Milei fue invitado a hablar ante estudiantes de cuarto y quinto año. Que un presidente visite una escuela no debería ser un problema. Que hable con jóvenes tampoco.
Un presidente puede defender sus ideas, hablar de capitalismo, cuestionar al socialismo, defender su modelo económico o discutir con el peronismo, el radicalismo o cualquier otra fuerza política.
La democracia no necesita dirigentes que no puedan confrontar.
Pero una cosa es confrontar ideas y otra es construir enemigos.
Durante aquella charla, Milei presentó al capitalismo asociado a valores religiosos, habló de la “ley de Dios”, calificó a Karl Marx de “satanista” y cuestionó duramente a sus adversarios. También habló de dirigentes opositores y utilizó la expresión “por más sucios que sean”.
Todo eso ocurrió frente a adolescentes.
Y entonces me hago una pregunta que no puedo evitar.
¿Qué habría sucedido si un presidente peronista hubiera entrado a una escuela secundaria y hubiera hecho exactamente lo mismo?
Si hubiera utilizado ese espacio para defender su concepción política, hubiera atacado a sus adversarios, hubiera descalificado a periodistas y hubiera llevado su disputa política hasta el aula, ¿estaríamos hablando de una charla institucional?
¿O estaríamos hablando de adoctrinamiento?
La respuesta, sinceramente, no cuesta demasiado imaginarla.
Y ahí está la doble vara que me indigna.
La palabra adoctrinamiento y la vara que cambia
Durante años escuchamos que había que cuidar a los chicos del adoctrinamiento. Se hicieron denuncias, debates, campañas y discursos enteros alrededor de esa palabra.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué la vara parece cambiar cuando quien habla es Milei?
Si algo está mal cuando lo hace un gobierno que no nos gusta, también debería estarlo cuando lo hace un gobierno que nos gusta.
Y si realmente creemos que la escuela debe ser un espacio para formar ciudadanos libres, no podemos aceptar que una cosa sea considerada adoctrinamiento según quién tenga el micrófono.
Esto no significa que la política deba desaparecer de las escuelas. Todo lo contrario.
Los jóvenes tienen derecho a conocer las ideas que atraviesan a la sociedad, a discutir economía, política, historia, derechos, democracia y modelos de país.
Pero enseñar a pensar no es lo mismo que enseñar a quién hay que despreciar.
Una cosa es ofrecer herramientas.
Otra es entregar enemigos.
Una escuela debería abrir preguntas, ampliar horizontes y enseñar a argumentar. No debería convertirse en una trinchera política.
Tengo bronca
Y acá vuelvo a Aristóteles.
Tengo bronca.
Tengo bronca frente a muchas decisiones de este gobierno. Tengo bronca cuando una familia no llega a fin de mes, cuando un jubilado tiene que elegir entre comer o comprar medicamentos, cuando un trabajador pierde derechos o cuando alguien siente que el Estado dejó de estar de su lado.
Tengo bronca frente a la injusticia.
Pero la bronca no me obliga a odiar.
Puedo estar profundamente en desacuerdo con Milei. Puedo cuestionar sus políticas. Puedo considerar equivocadas o nefastas muchas de sus decisiones. Puedo discutirlas con toda la fuerza que tenga.
Pero no necesito odiarlo.
Tampoco necesito odiar a quien lo votó.
Ahí está, quizás, una de las diferencias más importantes.
La ira puede nacer frente a una injusticia concreta.
El odio convierte al otro en una categoría.
Y cuando eso ocurre, ya no importa demasiado lo que haga.
Importa lo que representa.
Una escuela no debería fabricar trincheras
Por eso lo ocurrido en ORT me preocupa.
No porque un presidente haya hablado de política. No porque haya defendido el capitalismo. No porque haya expresado sus convicciones.
Me preocupa el lugar.
Una escuela no es una tribuna partidaria. No es un comité. No es una trinchera.
Es uno de los lugares donde una sociedad debería enseñarles a sus jóvenes que pensar diferente no convierte automáticamente al otro en enemigo.
Un estudiante puede escuchar a Milei y estar de acuerdo. Puede escucharlo y rechazarlo. Puede tener dudas, cambiar de opinión o no saber todavía qué piensa.
Todo eso está bien.
Eso es aprender.
Lo que no está bien es que la discusión política termine reducida a buenos contra malos.
Porque cuando eso sucede, dejamos de formar ciudadanos capaces de pensar y empezamos a formar personas que solamente saben de qué lado están.
Una Argentina cansada de sus enemigos
Y acá aparece otra cuestión que no puede quedar afuera.
Mientras la política se consume en sus propias peleas, hay una Argentina que sigue esperando respuestas.
Una Argentina que discute todos los días cómo llegar a fin de mes. Que mira los precios. Que cuenta los pesos. Que espera un turno médico. Que necesita trabajo. Que necesita una escuela pública fuerte. Que necesita recuperar la esperanza.
No sé si hay algo más preocupante que un gobierno que dedica demasiada energía a explicar quiénes son sus enemigos cuando todavía hay tantos problemas concretos que resolver.
La política puede discutir ideas. Debe hacerlo.
Pero gobernar también significa hacerse cargo de la vida cotidiana.
Y cuando el discurso político se convierte permanentemente en una pelea contra quienes cuestionan, existe el riesgo de que el adversario termine ocupando más espacio que las soluciones.
Eso también debería preocuparnos.
No quiero una Argentina sin conflicto
No quiero una Argentina sin conflicto.
La política es conflicto. La democracia es discusión.
No quiero que todos pensemos igual. Quiero que podamos pensar diferente sin dejar de reconocernos como parte de una misma sociedad.
Quiero que un presidente pueda defender sus ideas y que un ciudadano pueda cuestionarlas.
Quiero que un periodista pueda preguntar sin convertirse automáticamente en enemigo.
Quiero que un estudiante pueda escuchar a Milei, a un dirigente peronista, a un socialista, a un radical o a cualquier otra persona y tener después la libertad de construir su propia opinión.
Eso es educación.
Eso es democracia.
La verdadera discusión
Por eso creo que lo ocurrido en ORT merece algo más que una pelea en redes sociales.
Merece una discusión de fondo.
Porque la pregunta no es solamente qué dijo Milei.
La pregunta es qué estamos dispuestos a aceptar.
Y, sobre todo, si estamos dispuestos a aplicar la misma vara cuando quien gobierna representa nuestras propias ideas.
Si denunciamos el adoctrinamiento cuando lo hace el adversario y lo justificamos cuando lo hace nuestro gobierno, no estamos defendiendo la educación.
Estamos defendiendo una identidad política.
Si denunciamos el odio cuando viene del otro lado y lo celebramos cuando golpea a nuestros enemigos, tampoco estamos combatiendo el odio.
Lo estamos alimentando.
Aristóteles distinguió la ira del odio hace más de dos mil años.
Quizás deberíamos volver a leerlo.
Porque podemos tener bronca sin odiar.
Podemos ser duros sin deshumanizar.
Podemos discutir sin convertir al otro en enemigo.
Y podemos querer que un gobierno cambie de rumbo sin desear que desaparezca quien piensa diferente.
La democracia no consiste en que nadie nos contradiga.
Consiste, justamente, en aprender a convivir con quien nos contradice.
Por eso, cuando un presidente entra a una escuela, hay algo que debería estar fuera de cualquier discusión partidaria.
No debería enseñarles a los jóvenes quién es el enemigo.
Debería ayudarlos a descubrir algo mucho más difícil y mucho más importante:
pensar por sí mismos.
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