Por Luis Emanuel Cecchini
La discapacidad volvió a quedar en el centro de una escena política marcada por el agravio. Esta vez fue el asesor presidencial Santiago Caputo quien utilizó el término “mogólico” en una publicación en X para atacar a un usuario en redes sociales.
No se trató de un exabrupto aislado ni de un error inocente: el episodio se suma a una larga cadena de expresiones discriminatorias, recortes y mensajes estigmatizantes que han surgido desde sectores vinculados al gobierno nacional.
El problema no es solamente una palabra. El problema es todo lo que esa palabra representa.
“Mogólico” fue durante décadas un insulto naturalizado en la sociedad argentina, utilizado para burlarse o desacreditar a alguien asociando la discapacidad intelectual con algo negativo, ridículo o inferior.
Aunque muchos todavía lo usan con liviandad, hace años que organizaciones de discapacidad, familias y especialistas vienen señalando el daño que generan estos términos.
La Asociación Argentina de síndrome de down (ASDRA) fue quien alertó sobre el accionar del funcionario y viene trabajando desde hace muchos años para informar y concientizar en torno al uso de las palabras mogólico.
Porque detrás del insulto hay personas. Hay historias. Hay derechos vulnerados. Y hay una cultura que todavía entiende la diferencia como motivo de humillación.
Desprecio oficial hacia la discapacidad
Cuando quien utiliza ese lenguajeel desprecio oficial hacia la discapacidad es una figura con poder político, el impacto es mucho mayor. No se trata de una discusión sobre corrección política. Se trata del mensaje que se legitima desde lugares de influencia.
Si desde el entorno presidencial se usa la discapacidad como sinónimo de estupidez o desprecio, lo que se habilita es la violencia cotidiana que miles de personas viven todos los días en las escuelas, en el trabajo, en la calle y en las redes sociales.
No es la primera vez que ocurre. El propio presidente Javier Milei ya había utilizado públicamente la palabra “mogólico” en distintas intervenciones mediáticas antes de llegar al poder. También generó fuerte rechazo cuando insultó y descalificó Ian Moche en redes sociales, en un episodio que despertó críticas de familias y organizaciones vinculadas a la discapacidad.
El contexto agrava todavía más la situación. Mientras desde el discurso oficial aparecen insultos y agravios, también avanzan recortes y ajustes que golpean directamente a las personas con discapacidad, instiruciones y prestadores de servicios.
Palabras que construyen violencia
La construcción del enemigo suele necesitar palabras que degraden. Y en ese esquema, la discapacidad vuelve a aparecer como objeto de burla, como insulto fácil o como símbolo de algo “defectuoso”. Es una lógica vieja, peligrosa y profundamente discriminatoria.
Argentina tiene leyes, convenciones internacionales y marcos de derechos que obligan al Estado a promover inclusión y respeto. Pero ninguna norma alcanza cuando quienes ocupan espacios de poder naturalizan la agresión.
Porque el lenguaje no es neutral. Las palabras construyen sentido social. Y cuando la discapacidad se usa para insultar, lo que se refuerza es una mirada donde algunas vidas parecen valer menos que otras.
La discusión excede a una publicación en X o a una frase desafortunada. Lo que está en juego es qué tipo de sociedad se construye desde el poder político: una donde las diferencias se respetan o una donde vuelven a ser utilizadas como armas para humillar.
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