El Mensajero
Opinión

El hierro y el hambre

Escribe Gustavo Billarruel

La Argentina de Milei, la intemperie social y la vigencia de Tejada Gómez

Hay un momento exacto en el que una sociedad empieza a romperse sin hacer ruido.

No ocurre cuando sube el dólar.

Ni cuando cierra una fábrica.

Ni siquiera cuando la pobreza se vuelve estadística cotidiana.

Sucede después.

Cuando el dolor empieza a parecer normal.

Cuando una jubilada cuenta monedas frente a una farmacia y nadie se detiene demasiado. Cuando un estudiante abandona la universidad porque el boleto ya no alcanza. Cuando un docente trabaja agotado y aun así tiene que escuchar que es un privilegiado. Cuando comer carne una vez por semana vuelve a ser un lujo silencioso en millones de hogares.

Ahí empieza otra cosa.

Algo más profundo que una crisis económica.

Un deterioro lento de la sensibilidad colectiva.

Armando Tejada Gómez lo escribió hace décadas, pero hay versos que parecen esperar pacientemente el momento histórico en que vuelven a doler.

“Es esta pelea, es ella.

Es el destino de los siglos.

De un lado el jardinero,

del otro el asesino.”

La Argentina actual parece suspendida en esa disputa.

No solamente entre modelos económicos.

Entre formas de mirar al otro.

Porque detrás del discurso brutal que domina buena parte del presente argentino no hay únicamente ajuste fiscal o desregulación del mercado. Hay una idea de país donde la fragilidad humana queda subordinada a la lógica del rendimiento y donde la empatía empieza lentamente a perder valor.

El problema nunca fue solamente Javier Milei.

Los nombres cambian.

Las épocas cambian.

Hasta las palabras se modernizan.

Pero cada cierto tiempo reaparece la misma convicción: que los derechos son excesivos, que el Estado debe retirarse, que cada uno merece únicamente aquello que pueda pagar.

Y entonces la sociedad empieza a parecerse a una intemperie.

Hospitales funcionando al límite.

Investigadores abandonando proyectos.

Personas con discapacidad perdiendo acompañamiento.

Comedores desbordados.

Pibes que ya no saben si podrán seguir estudiando después del invierno.

Mientras tanto, desde el poder se insiste con una épica de gráficos, mercados y sacrificios inevitables. Como si la angustia cotidiana de millones de personas fuera apenas un daño colateral dentro de una hoja de cálculo.

Tal vez por eso incomoda tanto la poesía.

La poesía tiene la capacidad de devolverle rostro humano a aquello que el discurso político transforma en número.

Tejada Gómez hablaba del jardinero.

Y el jardinero no era un héroe abstracto.

Era quien sigue sembrando aun cuando alrededor todo parece hostil.

El docente que abre el aula.

La mujer que sostiene un comedor.

El médico que continúa atendiendo pese al deterioro del sistema.

La biblioteca popular que todavía enciende la luz.

El científico que investiga aunque le digan que su trabajo no sirve para el mercado.

Del otro lado aparece el hierro.

El hierro de una época que empezó a admirar la indiferencia.

El hierro de los discursos que convierten la solidaridad en debilidad.

El hierro de quienes celebran el ajuste incluso cuando la mesa familiar se vacía.

Quizás lo más inquietante de este tiempo no sea la crisis.

La Argentina ya atravesó muchas.

Lo verdaderamente perturbador es la naturalización del desprecio.

El instante en que insultar a un jubilado genera aplausos.

El momento en que un despido masivo se convierte en contenido viral.

La escena repetida de funcionarios hablando de libertad mientras cada vez más personas viven con miedo a enfermarse, a perder el trabajo o simplemente a no llegar a fin de mes.

Y sin embargo, incluso en medio de esta dureza, algo sigue resistiendo.

No aparece en los mercados.

Ni en los indicadores financieros.

Ni en los foros internacionales donde se aplauden recetas de ajuste como si las sociedades fueran laboratorios vacíos.

Aparece abajo.

En la gente común.

En quienes todavía conservan la costumbre de preocuparse por el otro.

Tal vez ahí sobreviva el lirio del que hablaba Tejada Gómez.

En la universidad pública que sigue abierta pese al ahogo presupuestario.

En los clubes de barrio.

En los centros culturales.

En quienes organizan una colecta sin esperar cámaras.

En los que siguen creyendo que una sociedad no puede construirse únicamente alrededor de la competencia y el descarte.

Porque el verdadero triunfo de cualquier proyecto basado en el odio no sería económico.

Sería emocional.

Lograr que la sociedad deje definitivamente de conmoverse.

Que el hambre se vuelva paisaje.

Que la desigualdad ya no escandalice.

Que el sufrimiento ajeno sea apenas ruido de fondo.

Pero hay cosas que ni siquiera el cinismo logra destruir del todo.

La ternura colectiva es una de ellas.

Por eso la voz de Tejada Gómez vuelve una yotra vez. No como nostalgia cultural ni como adorno literario. Vuelve porque todavía existen palabras capaces de nombrar lo que muchos prefieren no mirar.

“El hierro será hierro, pero el lirio es el lirio.”

 

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