Por Guatavo Billarruel
El Gobierno nacional volvió a celebrar este jueves el dato de inflación difundido por el INDEC. El Índice de Precios al Consumidor registró en abril un aumento del 2,6%, acumulando un 12,3% en lo que va del año y un 32,4% interanual. Desde la Casa Rosada hablaron nuevamente de desaceleración, equilibrio fiscal y una economía que, según swostienen, comienza a estabilizarse.
Sin embargo, lejos de sentirse como una mejora concreta, la realidad cotidiana sigue mostrando un escenario cada vez más duro para millones de argentinos.
Porque mientras los porcentajes parecen acomodarse en las estadísticas oficiales, en la calle la angustia económica continúa creciendo. El salario pierde fuerza antes de mitad de mes, las changas no alcanzan y los jubilados ajustan medicamentos.
Las familias vuelven a enfrentarse a decisiones que hace algunos años parecían impensadas: pagar el alquiler o llenar la heladera, estudiar o trabajar más horas, calefaccionarse o ahorrar para llegar al próximo vencimiento.
La inflación podrá desacelerarse en los números, pero todavía no baja en la mesa de los argentinos.
Y esa es quizás la fractura más profunda entre el discurso oficial y la vida cotidiana. Porque la discusión económica ya no pasa solamente por cuánto dio el IPC. La verdadera pregunta aparece cuando una madre revisa precios en un supermercado, cuando un trabajador mira cuánto le queda después de pagar servicios o cuando un jubilado calcula si puede comprar todos sus remedios.
Ahí no existen teorías económicas. Existe supervivencia.
En distintos barrios del país la escena se repite. Comercios vacíos, consumo retraído y familias que cambiaron hábitos por necesidad. La comida también cambió. No sólo en precio, sino también en cantidad y calidad. Cada vez hay menos carne en las mesas, menos lácteos y menos frutas. Muchos productos dejaron de elegirse por gusto y comenzaron a comprarse únicamente por necesidad y costo.
El deterioro golpea incluso a sectores que históricamente lograban sostener cierta estabilidad. Tener trabajo ya no garantiza tranquilidad. Miles de personas viven con empleo formal y aun así sienten que corren detrás de una economía que nunca termina de darles respiro.
Mientras tanto, desde el Gobierno insisten en que el rumbo es el correcto y que el sacrificio actual traerá resultados más adelante. Pero para buena parte de la sociedad la espera empieza a volverse interminable. El futuro prometido todavía no aparece en la vida concreta de quienes hacen cuentas todos los días para poder sostener algo tan básico como comer, viajar o pagar una factura.
Una crisis que también desgasta emocionalmente
La crisis ya no se mide únicamente en índices económicos. También se refleja en el agotamiento emocional, en la pérdida de proyectos y en la incertidumbre permanente de millones de personas que sienten que viven ajustando su vida mientras todo alrededor continúa aumentando.
El 2,6% de inflación de abril puede representar una desaceleración para los análisis técnicos y financieros. Pero para gran parte de los argentinos la sensación sigue siendo la misma: trabajar más, resignar más y vivir cada vez con menos margen. Porque mientras los números oficiales buscan transmitir calma, en millones de hogares argentinos la incertidumbre sigue sentándose todos los días a la mesa.

