Escribe: Eva Pathenay
Hay noticias que una nunca quiere escribir. Y esta es una de ellas.
Hoy el mundo es un poco más silencioso.
Se fue Mariano Garrone, el Gringo. El amigo, el periodista, el militante de las causas justas. El hombre que eligió contar historias cuando muchos preferían mirar para otro lado y que hizo de la sensibilidad una forma de estar en el mundo.
Para muchos fue un periodista comprometido, un investigador riguroso y una voz incómoda para quienes preferían el silencio. Para mí fue, además, un amigo entrañable.
Lo recuerdo persiguiendo historias con la misma pasión con la que defendía las causas que consideraba justas. Lo recuerdo denunciando el impacto de los agroquímicos en su tierra, convencido de que el periodismo debía estar al servicio de las personas. Lo recuerdo investigando la historia de la última dictadura militar en Leones, recuperando memorias, reconstruyendo relatos y aportando verdad allí donde todavía quedaban preguntas sin responder.
Mariano tenía una sensibilidad social poco común. Escuchaba antes de hablar. Observaba antes de opinar. Y escribía después de comprender. Esa forma de ejercer el periodismo, con respeto y humanidad, fue una de sus mayores virtudes.
Pero también era el Gringo de las conversaciones interminables, de las convicciones firmes y de la lealtad inquebrantable. Hincha de San Lorenzo, orgulloso de sus raíces y profundamente ligado a la cultura triguera de su pueblo. Llevaba a Leones en el corazón y lo demostraba en cada proyecto, en cada investigación y en cada historia que elegía contar.

Nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar. Le alcanzaban la coherencia, el trabajo y una honestidad que se reflejaba en cada aspecto de su vida.
Hoy me cuesta aceptar que ya no vamos a volver a encontrarnos para hablar de periodismo, de política, de música o de esas pequeñas cosas cotidianas que siempre terminaban convirtiéndose en grandes conversaciones cuando estaban atravesadas por su mirada.
Mariano dejó mucho más que artículos, investigaciones o coberturas periodísticas. Dejó amistades profundas, enseñanzas valiosas y un ejemplo de compromiso que seguirá vivo en quienes tuvimos la fortuna de compartir parte del camino con él.
Por eso hoy no quiero despedir solamente al periodista. Quiero despedir al amigo. Al hermano que me regaló la vida. Al Gringo noble, sensible y leal que hizo mejores a quienes tuvimos la suerte de conocerlo.
Hasta siempre, Mariano.
Gracias por las historias. Gracias por las luchas. Gracias por la amistad.
Y gracias, sobre todo, por haber estado.

