El Mensajero
Entrevistas

Mariela Sachetto: cuidar la piel como un camino hacia el autoconocimiento

En un mundo donde la estética suele enfocarse en lo inmediato, Mariela Sachetto propone detenerse.

Con 15 años de trayectoria en cosmetología —y una pausa de cuatro años que le permitió resignificar su vocación— transformó su oficio en un espacio de conciencia, escucha y acompañamiento.
Su regreso a la profesión no fue casual.

Ese tiempo de intermitencia funcionó como puente para retomar la cosmetología desde un lugar más profundo: invitar a las personas a observar su piel frente al espejo como disparador de una toma de conciencia. Reconocer la propia historia, los hábitos y los cuidados diarios se volvió parte esencial del proceso.

El cambio de mirada llegó cuando comprendió que la piel no responde únicamente a los productos que se aplican, sino a cómo vive cada persona dentro de su cuerpo. Allí la práctica dejó de ser mecánica para convertirse en un acto de presencia y autoconocimiento.

Cada tratamiento pasó de enfocarse en corregir para transformarse en acompañar.
Al hablar de la diferencia entre la cosmética natural artesanal y la convencional, Mariela remarca que la clave está en la intención.

Más allá de los ingredientes, la cosmética natural busca respetar los tiempos biológicos de la piel y acompañar sus procesos. No se trata solo de qué se utiliza, sino desde qué mirada se crea: una perspectiva más amable con la naturaleza y coherente con el propio cuerpo.

Mariela produce con sus manos productos qué llegan a cada uno de sus clientes.

En cada consulta, la observación va más allá de lo visible. La textura, las tensiones, las zonas apagadas y los gestos hablan de hábitos, de estrés y de la relación cotidiana con la piel. Por eso el diálogo es fundamental: conocer la historia, las rutinas y las necesidades permite construir un hábito consciente que trasciende lo estético.

Los resultados no se limitan a una mejora visible. Las personas comienzan a mirarse diferente, fortalecen la relación con su cuerpo y se vuelven más amorosas consigo mismas. El cuidado deja de sentirse como una exigencia y se convierte en un ritual de conexión y disfrute. Incluso, muchas veces, esa transformación se expande a su entorno más cercano.

El mensaje que atraviesa su trabajo es claro: la piel necesita ser escuchada, observada y comprendida. Cuando eso sucede, cambia la percepción sobre uno mismo y la autoestima se fortalece.

Cuidarse deja de ser una obligación para convertirse en un acto genuino de amor propio.
Porque cuando la piel se entiende como espejo, el cambio no se refleja solo en el rostro, sino en la manera en que cada persona empieza a habitarse.

Y ahí, en ese reconocimiento íntimo, la belleza encuentra su sentido más profundo.

Te puede interesar