El Mensajero
Entrevistas

«La última palabra la tiene la vida”

Por Eva Pathenay

El Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Santa y abre un tiempo central para la fe cristiana.

La celebración recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por el pueblo, en una escena que anticipa el camino hacia la cruz y la resurrección.

Para la Iglesia católica, este día encierra una profunda paradoja: el mismo pueblo que aclama es el que luego condena. Allí aparece una clave que atraviesa toda la Pascua: la fragilidad humana, pero también la posibilidad de transformación, de volver a empezar y de encontrar sentido incluso en medio del dolor.

En ese marco, el padre Alberto Bustamante, Vicario General de la Diócesis de Villa María a cargo de la parroquia de Tío Pujio, en diálogo con este medii, compartió una reflexión que invita a pensar la vida, la entrega y el compromiso desde una mirada profundamente humana y espiritual.

—¿Qué significa la Pascua para los cristianos?
La Pascua es la expresión más bella del amor de Dios por cada persona. Es un Dios que entrega su vida para rescatar, renovar, acompañar y darle sentido al dolor, al sufrimiento y hasta a la propia muerte.

—¿Qué se celebra en ese misterio pascual?
Se celebra que la muerte no tiene la última palabra. Que no es para siempre. Que siempre hay un horizonte de vida que se abre. Y eso no vale solamente para la muerte física, sino también para cada situación de la vida cotidiana: el fracaso, el error, el pecado, las caídas o los dolores. Nada de eso define definitivamente a una persona. La última palabra siempre la tiene la vida.

—¿Qué lugar ocupa la vida en ese mensaje?
Los cristianos celebran la vida, la agradecen, la cuidan y la cultivan. Todo eso está contenido en el misterio pascual. Es una invitación a valorar la vida en todas sus formas y a sostenerla incluso en los momentos más difíciles.

—En su reflexión aparece la idea de la “belleza” en la entrega. ¿Cómo se entiende eso?
Cuando se contempla la cruz, no se ve solo sufrimiento, sino el rostro más bello que puede existir: el de alguien que se entrega por los demás. Esa es la verdadera belleza, la que atrae, la que cautiva. Es la belleza de la generosidad, de la solidaridad, de quien se ocupa del otro y se desgasta por el otro.

—¿Qué pasa con los valores contrarios a esa entrega?
El egoísmo, la prepotencia o el pensar solo en uno mismo generan lo contrario: alejan, generan miedo, tristeza. Son “rostros que espantan”. La Pascua viene a romper con esos rostros y a proponer otros, los que dignifican y acercan.

—¿Dónde se puede ver concretamente esa “belleza” de la que habla?
En gestos simples y cotidianos. En personas que entregan su vida por otros. Por ejemplo, una madre que se desvela, que cuida, que se desgasta por su familia. Ese rostro, aunque esté marcado por el cansancio, es profundamente bello porque está lleno de amor.

El Domingo de Ramos no es una postal religiosa ni un rito vacío. Es una toma de posición. En una Argentina donde crecen la desigualdad, la indiferencia y los discursos que naturalizan el sufrimiento, el mensaje pascual incomoda porque exige elegir de qué lado estar.

No alcanza con creer: hay que comprometerse. Frente a una realidad donde muchos quedan afuera, la fe cristiana no puede ser neutral. O se traduce en gestos concretos de solidaridad, en defensa de los más vulnerables y en una comunidad que abrace, o pierde su sentido más profundo.

La imagen de ese Jesús que entra humilde, casi un Cristo despojado, sin bienes, sin poder, un Cristo “en ojotas”, cercano, de a pie, aclamado por el pueblo pero rumbo a la cruz, interpela también a la dirigencia y a la sociedad: menos egoísmo, menos especulación, menos poder para unos pocos. Más humanidad, más justicia, más entrega.

Porque si la última palabra la tiene la vida, entonces también tiene que tenerla un pueblo que no se resigna.

 

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