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“Sobrevivimos 74 días sin agua, casi sin comida y bajo bombardeos”

Sergio Serangeli tenía 19 años cuando llegó a las Islas Malvinas como conscripto de la Armada Argentina. Como tantos otros jóvenes, no eligió la guerra: le tocó atravesarla.

Más de cuatro décadas después, su voz reconstruye lo que muchas veces quedó en silencio: el frío, el hambre, el miedo y el compañerismo en medio de una guerra marcada por decisiones que se tomaron lejos del campo de batalla.

No fue solo un conflicto por la soberanía. Ocurrió en una Argentina atravesada por la dictadura de Leopoldo Fortunato Galtieri, en medio de una profunda crisis política y social, donde miles de jóvenes fueron enviados a combatir en condiciones desiguales.

Este es el testimonio de Sergio Serangeli, veterano de la Armada Argentina.

—Sergio, ¿cómo se presentaría hoy ante alguien que no lo conoce? ¿Quién es usted, más allá de haber sido combatiente en Malvinas?

—Mi nombre es Sergio Serangeli. Tengo 63 años. Nací en James Craik y desde hace más de 50 años vivo en Villa María. Actualmente estoy jubilado.

Mi infancia y adolescencia fueron tranquilas. Vengo de una familia de clase media baja: vivía con mis padres y tengo dos hermanos mayores; yo soy el menor.

Fue una infancia feliz, tanto en la escuela primaria como en la secundaria. A los 14 años empecé a trabajar por una necesidad familiar y cursé mis estudios en la escuela nocturna, en lo que en ese entonces era la Escuela Superior de Comercio y hoy es la Escuela Manuel Anselmo Ocampo.

Mi vida transcurría con normalidad, con expectativas de trabajar y con la ilusión de poder seguir alguna carrera universitaria. Todo eso cambió cuando llegó el momento de realizar el servicio militar obligatorio, en 1981.

En ese tránsito, común a miles de jóvenes de su generación, la historia irrumpió de golpe.

—Sergio, antes de que la guerra apareciera en su vida, ¿cómo era ese joven? ¿Qué sueños o expectativas tenía?

—Era un joven como cualquier otro, con proyectos, con ganas de progresar, de trabajar y de estudiar. Pero todo eso se interrumpe cuando uno entra en el servicio militar obligatorio.

En 1982, cuando se inicia el conflicto por las Islas Malvinas, yo llevaba casi un año cumpliendo el servicio en un batallón de Infantería de Marina en Río Grande, Tierra del Fuego. El día que nos informaron que las islas habían sido recuperadas y que nuestro batallón iba a ser trasladado fue un momento de mucha euforia. Sentíamos orgullo de poder formar parte de ese hecho histórico.

Yo tenía 19 años cuando volamos hacia las islas, el 6 de abril de 1982.

Con el paso del tiempo, ese entusiasmo inicial convive con una comprensión más profunda de lo que significó aquella decisión.

—¿Dónde estaba y qué recuerda de ese momento en que supo que iba a Malvinas?

—Lo recuerdo como un momento muy fuerte. Había entusiasmo y orgullo, aunque con el tiempo uno entiende todo lo que implicaba.

Cuando pienso hoy en mi participación en la guerra, siento orgullo de haber sido parte de la historia argentina, más allá de que la recuperación haya sido transitoria. Creo que lo que cuenta es la convicción, el valor de mis compañeros y el patriotismo.

Pero también aparecen las sensaciones más duras. Pienso en cómo sobrevivimos 74 días en esas condiciones: frío, piedras, bombardeos constantes, sin agua potable y con muy poca comida. Los últimos días prácticamente no teníamos nada, salvo alguna oveja que podíamos conseguir.

También recuerdo los nueve días que estuvimos prisioneros después del final de la guerra, bajo control de los militares británicos, hasta que intervino la Cruz Roja.

La guerra, en su relato, deja de ser una idea abstracta y se vuelve concreta: frío, hambre y resistencia.

—Cuando recuerda su paso por las islas, ¿qué es lo primero que aparece en su memoria?

—El compañerismo. Es lo primero que me viene a la memoria.

La gran mayoría de nosotros éramos civiles cumpliendo con el servicio militar obligatorio. No éramos militares de carrera: éramos chicos de 18 o 19 años. Y entre nosotros había una solidaridad enorme, una forma de cuidarnos que fue clave para sobrevivir.

También hay recuerdos muy duros. El 1 de mayo murió un compañero y hubo varios heridos. Y en los últimos días, entre la noche del 13 y la mañana del 14 de junio, también perdimos compañeros.

Esos momentos quedaron grabados para siempre.

Durante mucho tiempo, esas experiencias quedaron en silencio, como si el país no hubiese sabido cómo escuchar.

—En medio de ese contexto tan extremo, ¿hubo algún gesto o situación que lo haya marcado especialmente?

—Sin dudas, el compañerismo. El hecho de ayudarnos, de compartir lo poco que había y de sostenernos en situaciones límite.

En esas condiciones, lo humano aparece con mucha fuerza. Éramos muy jóvenes y nos tocó vivir algo muy duro, pero ese vínculo fue lo que nos permitió atravesarlo.

—¿Cómo fue el regreso a casa después de la guerra? ¿Con qué país se encontró?

—El regreso fue muy duro.

La guerra terminó el 14 de junio de 1982, pero nosotros volvimos recién el 24 de junio a Tierra del Fuego, después de haber estado nueve días como prisioneros. Y aunque ya habíamos cumplido con el servicio militar, nos mantuvieron en el batallón en Río Grande hasta el 3 de septiembre, con la excusa de que no había vuelos.

Cuando finalmente pudimos volver, ya habían pasado casi tres meses. Y sentimos que todo se había olvidado.

Llegamos a Buenos Aires sin dinero y tuvimos que arreglarnos como pudimos para volver a Villa María. Al llegar, la sensación fue muy dura: nadie hablaba de la guerra, nadie hablaba de nosotros.

Fue una etapa muy frustrante.

El regreso no trajo reconocimiento inmediato. Hubo silencio, ausencia y una sensación persistente de olvido.

—Con el paso del tiempo, ¿cómo siente que esa experiencia lo transformó?

—Fue un antes y un después en mi vida.

Todos los proyectos que tenía cambiaron. La guerra es algo muy crudo. Y a eso hay que sumarle lo que vino después: durante muchos años sentimos abandono del Estado, falta de contención y también silencio.

Hubo mucho tiempo en el que no se hablaba del tema, en el que costaba expresar lo vivido. El estrés postraumático también fue parte de eso.

Con los años, eso empezó a cambiar. Y algo muy importante fue el vínculo que se generó entre los excombatientes. Se creó una hermandad muy fuerte que nos ayudó a sobrellevar todo.

Pero sin dudas, la guerra nos cambió la vida para siempre.

—Pensando en las nuevas generaciones, ¿qué le gustaría que comprendan sobre Malvinas?

—Hoy veo algo distinto. En los últimos años, los jóvenes se interesan más, preguntan y se comprometen.

Nosotros vamos a las escuelas a contar nuestras experiencias, a explicar por qué las Malvinas son argentinas y qué fue lo que pasó. Y hoy los chicos escuchan, se involucran.

Eso es muy importante. Es un cambio grande respecto de otras épocas. Y la verdad es que se siente como un reconocimiento.

No fueron ellos quienes decidieron esa guerra. Eran chicos de 18 o 19 años.

Les tocó estar ahí. Resistir. Volver.

Hoy siguen contando lo vivido para que esa historia no vuelva a quedar en silencio.

Gracias, Sergio, por compartir un testimonio que durante mucho tiempo costó decir.

Y a través suyo, el respeto profundo de toda la familia de El Mensajero VM a cada uno de los combatientes de Malvinas

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