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La independencia se honra ejerciendo la soberanía

Escribe: Gustavo Billarruel

Cada 9 de Julio la Argentina vuelve la mirada hacia Tucumán. No lo hace únicamente para recordar una fecha gloriosa, sino para reencontrarse con una de las decisiones más trascendentes de su historia: la voluntad de un pueblo de romper con la dominación colonial y asumir el desafío de construir su propio destino.

Aquella declaración de 1816 fue mucho más que un acto político. Fue la afirmación de que ningún interés extranjero podía estar por encima de la voluntad de quienes habitaban estas tierras.

Los congresales que firmaron la Independencia no actuaron en tiempos de certezas. Lo hicieron en medio de guerras, presiones externas, dificultades económicas e intensos debates sobre el futuro de las Provincias Unidas.

Aun así, comprendieron que la libertad no podía depender de concesiones ni de permisos ajenos. Había llegado el momento de decidir por cuenta propia y asumir las consecuencias de esa decisión.

Más de dos siglos después, aquella gesta continúa interpelando a cada generación. La independencia no es un hecho congelado en los libros de historia ni un símbolo reservado para los actos escolares. Es una construcción permanente que obliga a preguntarnos cuánto control conserva un país sobre sus recursos, su economía, su producción, su conocimiento y las decisiones que definen el bienestar de su pueblo.

El escenario mundial ha cambiado profundamente desde 1816. Las disputas ya no se libran únicamente en los campos de batalla. También se expresan en los terrenos financiero, tecnológico, comercial y cultural.

Las grandes potencias y las corporaciones globales disputan influencia sobre los Estados, mientras las naciones buscan preservar márgenes de autonomía para definir sus propias estrategias de desarrollo.

La Argentina no permanece al margen de ese debate. El gobierno del presidente Javier Milei sostiene que la apertura económica, la reducción del Estado y una mayor inserción en los mercados internacionales representan el camino hacia el crecimiento.

Desde otros sectores políticos, sociales y académicos se advierte, en cambio, que determinadas políticas pueden debilitar la capacidad del Estado para proteger la producción nacional, el trabajo, la ciencia, la educación pública y otras áreas estratégicas. Ese debate expresa dos miradas distintas sobre cómo construir el futuro del país.

Por eso, el 9 de Julio mantiene plena vigencia. Una patria verdaderamente libre necesita instituciones sólidas, ciudadanos comprometidos y la capacidad de tomar decisiones en función del interés colectivo.

La soberanía se fortalece cuando un país apuesta por el conocimiento, impulsa la producción, genera trabajo, protege sus recursos estratégicos y promueve el desarrollo con equidad.

La historia argentina demuestra que ninguna conquista es definitiva. Cada generación enfrenta sus propios desafíos y debe decidir qué país quiere construir. Ese es, quizás, el legado más profundo de quienes declararon la Independencia en Tucumán.

Este 9 de Julio renovamos el compromiso con una Argentina capaz de decidir su propio destino. Porque la independencia no pertenece al pasado: es una tarea cotidiana que exige memoria, participación y la convicción de que el futuro del país debe seguir escribiéndose desde la voluntad soberana de su pueblo.

 

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