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De la mano del capitán, un país vuelve a creer

Por Gustavo Billarruel

Hay algo que define al argentino por encima de cualquier diferencia: la capacidad de abrazarse a una emoción colectiva. Somos viscerales. Discutimos de política, sufrimos la economía, nos golpean las dificultades cotidianas, pero cuando la pelota empieza a rodar todo parece detenerse por un instante.

El triunfo de Argentina por 3 a 2 frente a Egipto volvió a demostrarlo. Durante noventa minutos, los problemas quedaron en pausa. Aparecieron los abrazos, las camisetas, los colores, los cánticos y ese lenguaje silencioso que solo entiende un pueblo que vive el fútbol con el corazón.

Y, una vez más, estuvo él. El capitán. El diez.  continúa regalándonos emociones que ya forman parte de la memoria colectiva. En la cima de una carrera irrepetible, nos sigue recordando que la ilusión no tiene fecha de vencimiento y que, aun después de haber conquistado el mundo, siempre es posible escribir una página más.

Mañana volverán las preocupaciones, las cuentas, las discusiones y la realidad. Pero hoy, aunque sea por un rato, el fútbol volvió a hacer lo que mejor sabe hacer en la Argentina: unirnos, hacernos olvidar de todo y recordarnos que, cuando juega la Selección, un país entero late al ritmo de una misma pasión.

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