Escribe: Gustavo Billarruel
En la antigua Grecia, Sócrates sostenía que su oficio tenía un origen íntimo: su madre, Fenareta, era partera. Ella ayudaba a traer vidas al mundo; él, en cambio, se asumía como un “obstetra de mentes”, alguien que acompañaba a otros a descubrir lo que ya habitaba en su interior.
En tiempos atravesados por la sobreinformación y la velocidad, esa imagen recupera una vigencia incómoda y necesaria para el periodismo.
Ejercer este oficio no debería reducirse a volcar datos o repetir discursos. Hay una tarea más profunda, menos visible y mucho más exigente: generar las condiciones para que la verdad aparezca.
No como una imposición, sino como una construcción que el lector puede reconocer por sí mismo cuando encuentra contexto, preguntas y sentido. Allí es donde el periodismo deja de ser ruido y empieza a ser conciencia.
En esa línea, la ética periodística se parece más a un acompañamiento que a una imposición. El lector no es un recipiente vacío, sino un sujeto activo, capaz de pensar, disentir y elaborar su propio juicio. Por eso, el valor de una nota no está solamente en lo que dice, sino en lo que logra despertar.
La pregunta, en ese camino, se vuelve una herramienta decisiva: no para incomodar por incomodar, sino para abrir, para desarmar lo obvio, para correr el velo de lo dicho automáticamente. Una buena entrevista no arrincona, revela.
También hay una responsabilidad en cómo se presenta la información. El dato aislado puede ser preciso, pero si no está atravesado por lo humano, pierde densidad. Contar no es acumular cifras, es darles sentido en la vida concreta de las personas. Ahí es donde el periodismo se juega su credibilidad: en la capacidad de conectar hechos con experiencias reales, sin caer en el golpe bajo ni en la frialdad mecánica.
Tal vez, entonces, el desafío no sea decir más, sino decir mejor. Preguntar mejor. Escuchar mejor. Porque en ese ejercicio, más cercano al diálogo que a la sentencia, el periodismo encuentra su forma más honesta: no la de quien baja una verdad cerrada, sino la de quien ayuda a que esa verdad, muchas veces esquiva, finalmente pueda ser vista.
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