El 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa, no es una fecha más en el calendario. Es un punto de tensión donde la democracia se mira a sí misma y mide cuánto de lo que proclama sigue realmente en pie: la posibilidad de decir, preguntar y disentir sin condicionamientos.
Hay palabras que incomodan. Y cuando incomodan, no es porque estén de más, sino porque iluminan zonas que alguien preferiría mantener en penumbra. Ahí es donde el periodismo deja de ser una práctica cómoda para convertirse en una tarea necesaria. No para agradar, sino para exponer, para tensar, para abrir preguntas donde otros buscan clausura.
Rodolfo Walsh lo expresó con una lucidez que todavía incomoda: el silencio también es una forma de violencia. No se trata solo de la censura explícita, sino de esos mecanismos más sutiles que empujan a callar o a medir cada palabra. Porque cuando hablar tiene costo, el silencio deja de ser una elección y empieza a ser una consecuencia.
En la Argentina actual, la discusión sobre la libertad de prensa vuelve a ocupar el centro de la escena. El gobierno de Javier Milei ha configurado una relación marcada por la confrontación con el periodismo.
La crítica, legítima en cualquier democracia, cambia de naturaleza cuando se vuelve deslegitimación constante, cuando limita el acceso a la información pública o instala la sospecha como marco permanente.
No se trata de forzar comparaciones históricas. La democracia no es la dictadura. Pero precisamente por eso, el desafío es más complejo: reconocer las formas actuales en que puede erosionarse la libertad de expresión. No a través de la prohibición directa, sino mediante la construcción de un clima que desalienta, incomoda y disciplina.
Gabriel García Márquez decía que el periodismo es el mejor oficio del mundo. No por su romanticismo, sino por su capacidad de incomodar al poder. Informar no es repetir: es interpelar, es poner luz donde muchas veces se prefiere la sombra.
También Hannah Arendt advertía que cuando se debilita el espacio público de la palabra, lo que se resquebraja no es solo el debate, sino la posibilidad misma de construir una realidad compartida. Sin palabras libres, lo que queda no es orden, sino silencio o un relato único que se impone sin fisuras.
La tentación de domesticar la palabra no es nueva. Lo que cambia son las formas. Ya no hace falta callar de manera directa: alcanza con desacreditar, con hostigar, con sembrar la idea de que toda voz crítica responde a intereses espurios. En ese terreno, el periodismo deja de ser discutido por lo que dice y pasa a ser invalidado por lo que representa.
El 3 de mayo no debería reducirse a una conmemoración. Es, sobre todo, una oportunidad para preguntarnos qué lugar estamos dispuestos a sostener para la palabra en la vida democrática. No cuando es cómoda, sino cuando incomoda, cuando molesta, cuando señala.
Porque en definitiva, lo que está en juego no es solo la libertad de prensa. Es algo más profundo: la posibilidad de que una sociedad pueda pensarse, expresarse y cuestionarse a sí misma sin miedo.

