Por Luis Emanuel Cecchini
En el marco del Día de la Madre y del Día Internacional del Bastón Blanco, dialogamos con Paola Basso. Comparte los desafíos, las alegrías, los miedos y los prejuicios que atraviesan su experiencia como madre con discapacidad visual.
Paola tiene 46 años y es mamá de Atilio, de 15. Es muy activa e independiente, enérgica, impetuosa y determinada. Vive en La Laguna y viaja diariamente a Villa María para participar de los distintos talleres del Centro Enrique Elissalde. No hay desafío que la asuste ni prejuicio que la detenga.
¿Cómo fue la experiencia de convertirte en mamá siendo una mujer ciega?
Fue una experiencia hermosa, divina. Cuando nació mi hijo, yo ya tenía conocimientos sobre cómo cambiarle los pañales, vestirlo y atenderlo, así que esas cosas no me resultaron difíciles. Siempre lo tuve impecable. Me daba cuenta cuando se ensuciaba la ropa y enseguida lo cambiaba y lavaba sus prendas.
Mucha gente me preguntaba cómo hacía para mantenerlo tan limpito, pero para mí era algo natural. Ser mamá siendo ciega tiene cosas fáciles y otras más difíciles, aunque hay situaciones que requieren buscar otras estrategias.
¿Cuáles fueron los mayores desafíos durante los primeros años de Atilio?
Lo más complicado comenzó cuando empezó a gatear y caminar. Mientras era bebé y lo podía tener conmigo, todo era más sencillo. Pero cuando comenzó a desplazarse solo, tenía que ingeniármelas para saber dónde estaba. A veces le preguntaba y, como todavía era muy chiquito, no sabía responderme.
Entonces tenía que buscarlo y prestar atención a los sonidos que hacía. También fue difícil enseñarle a ir al baño y dejar los pañales. Fueron desafíos importantes, pero también experiencias lindas.
Todos los días tenía que pensar nuevas estrategias para resolver las situaciones.
¿Qué dificultades encontraste cuando tu hijo comenzó la escuela?
Esa fue una de las etapas más duras para mí. No por llevarlo o buscarlo, sino por las tareas escolares. Había maestras que no comprendían mi situación y exigían que mi hijo llevara las tareas hechas. Yo quería ayudarlo, pero muchas veces no sabía cómo porque él todavía no sabía leer. Sufrí muchísimo durante los seis años de la primaria. Me hubiera encantado poder ver sus cuadernos y acompañarlo más.
Después comenzó a recibir apoyo escolar y, cuando fue creciendo, él mismo me explicaba qué tenía que hacer. Las veces que pude sentarme a su lado para ayudarlo fui inmensamente feliz. Eran momentos que me alegraban muchísimo.
¿Cómo vivís las situaciones en las que otras personas se dirigen a tu hijo en lugar de hablar directamente con vos?
Es algo que me molesta y me duele mucho. Desde que Atilio era chiquito, cuando íbamos a comprar, algunas personas le entregaban el vuelto o las cosas a él en lugar de dármelas a mí. Y la adulta responsable era yo.
Actualmente también nos pasa cuando vamos al médico o a algún comercio. A veces se dirigen a él y entonces mi hijo les dice que deben hablar conmigo porque soy la responsable. Yo le enseñé a responder así. También les digo que me hablen directamente a mí.
Que una persona sea ciega no significa que no pueda decidir, comprar o hacerse responsable de sus cosas.
¿Qué te gustaría que la sociedad comprendiera sobre la maternidad y la discapacidad visual?
Creo que la gente tiene que tener más empatía con las personas con discapacidad. Somos personas adultas, responsables y capaces de tomar nuestras propias decisiones.
Ser mamá ciega me dio muchísimas experiencias y anécdotas, algunas lindas y otras difíciles. Mi hijo me acompañó a todos lados desde chiquito y compartimos muchas cosas. Ahora que es adolescente ya no me acompaña tanto, pero cuando tiene que hacerlo, lo hace.
Lo importante es que nos respeten y comprendan que nuestra discapacidad no nos quita nuestro lugar como madres.
La historia de Paola refleja una maternidad atravesada por aprendizajes, desafíos y la búsqueda permanente de autonomía. Desde los primeros cuidados de Atilio hasta las dificultades para acompañarlo en la escuela, cada etapa implicó encontrar nuevas maneras de resolver situaciones cotidianas, como le ocurre a cualquier mamá.
Su experiencia invita a reflexionar sobre la importancia de reconocer a las personas con discapacidad como protagonistas de sus propias decisiones y de respetar plenamente su rol dentro de la familia y la sociedad.


