El Mensajero
Sociedad

Diego Maradona, el mas imperfecto de los mortales 

Por Gustavo Billarruel

El pasado martes 20 de octubre se cumplieron 50 años de aquella tarde en la que un pibe de Villa Fiorito empezó a escribir una historia que terminaría abrazando al mundo. Aquel 20 de octubre de 1976, Diego Armando Maradona debutó en Primera División con la camiseta de Argentinos Juniors.

Tenía apenas 15 años, 11 meses y 20 días, y se convirtió en el futbolista más joven en debutar en la máxima categoría del fútbol argentino hasta aquel momento. Su equipo perdió 1 a 0 ante Talleres de Córdoba, pero el resultado quedó en un segundo plano. Cuando Juan Carlos Montes lo mandó a la cancha, Diego recibió una indicación sencilla: que jugara como sabía. Y en una de sus primeras intervenciones, le tiró un caño a Juan Domingo Cabrera. Así se presentó ante el fútbol grande. Sin pedir permiso, sin achicarse, con esa insolencia maravillosa que solamente tienen los elegidos.

No podía dejar pasar este aniversario. Diego, vos me regalaste una pasión que todavía me acompaña. Me hiciste entender que el fútbol no es solamente una pelota que rueda detrás de un resultado: también es identidad, sentimiento, memoria y una manera de encontrarnos con los demás. Por eso, cuando vuelvo a aquel debut, pienso en todo lo que vino después y en lo que todavía nos pasa cuando escuchamos tu nombre. Hay jugadores extraordinarios, hay campeones inolvidables, pero existen muy pocos capaces de quedarse para siempre en el corazón de un pueblo.

En Argentinos Juniors construiste una parte extraordinaria de tu leyenda. Disputaste 166 partidos y convertiste 116 goles, una cifra que todavía te mantiene como el máximo goleador del club en Primera División. Allí deslumbraste antes de conquistar otros escenarios y de convertirte en una figura universal. Tal vez porque allí estaba el Diego más joven, el que jugaba con la frescura de quien todavía tenía todos los sueños por delante y una pelota que parecía obedecerle como si conociera sus secretos. Después llegarían la Selección argentina, Boca, Barcelona y Napoli. Pero en La Paternal había nacido algo que ya no tendría vuelta atrás.

Y cómo no recordar México 1986. La mano de Dios y aquel gol ante Inglaterra que Víctor Hugo Morales convirtió en una pieza inmortal de la memoria colectiva. Su voz, tu zurda y esa corrida interminable en la que fuiste dejando rivales en el camino construyeron una de las páginas más hermosas de la historia del deporte. Primero, la picardía de un gol que todavía despierta discusiones; después, la poesía de una jugada que parecía imposible. En pocos minutos mostraste dos facetas de un mismo futbolista: el que conocía los atajos del potrero y el que podía convertir una cancha en un escenario de arte. Con vos, el fútbol dejó de ser solamente fútbol. Por un instante, pareció que el mundo entero estaba mirando a la Argentina.

Pero, Diego, reducirte a los goles sería quedarnos con una parte de tu historia. También fuiste ese hombre que, con sus contradicciones, sus errores y sus desmesuras, supo acercarse a sus compañeros, defender a los suyos y tender una mano a quienes necesitaban ayuda. Tu solidaridad y tu empatía también forman parte de tu legado.

Fuiste un embajador argentino en cada rincón al que llegaste, alguien capaz de despertar admiración mucho más allá de los colores de una camiseta. No hace falta idealizarte para reconocerlo. Tu vida estuvo lejos de ser perfecta y vos tampoco pretendiste esconder todas tus heridas. Quizás por eso tu historia sigue generando tantas conversaciones: porque detrás del ídolo también había un hombre, con sus luces y sus sombras.

«La pelota no se mancha», dijiste aquella tarde de despedida, cuando las palabras intentaban ponerle un punto final a una carrera que ya era mucho más grande que cualquier despedida. Y no, Diego, la pelota no se mancha. Sigue rodando en los potreros, en los clubes de barrio, en las canchas donde un pibe intenta imitar tus gambetas y en cada grito que todavía lleva algo tuyo.

Ahora, a 50 años de tu debut, vuelvo a preguntarme cuánta falta nos harías. Cuánto nos gustaría escucharte, verte con esa sonrisa desafiante, descubrir qué dirías frente a las injusticias y a las tristezas de este tiempo. Porque también eras eso: una voz que nunca pasaba inadvertida, un hombre que podía despertar amores inmensos y discusiones interminables.

Diego, el Pelusa, el Diez, el pibe que empezó con la camiseta número 16 y terminó convirtiéndose en parte de la historia de un país. No fuiste perfecto, tampoco necesitabas serlo. Fuiste humano, contradictorio, genial e irrepetible. Y quizá allí esté el secreto de tu inmortalidad: en que no hace falta que sigas entre nosotros para que sigas estando. Al recordar aquella tarde frente a Talleres, no recuerdo solamente al chico que debutó en Primera. También recuerdo al que me enseñó a amar el fútbol. Gracias, Diego. Qué falta nos haces.

Súmate a nuestro canal de whatsapp

https://whatsapp.com/channel/0029VaHmbGaLI8YVRZZgwU1i

Te puede interesar