El Mensajero
Opinión

No, presidente, no se burle de quienes ya no llegan a fin de mes

Por Gustavo Billarruel

Hay cosas que dan bronca. Y hay otras que, además de bronca, duelen. Duelen porque detrás de una frase del presidente Javier Milei hay millones de argentinos que todos los días hacen malabares para poner un plato de comida sobre la mesa. Cuando el mandatario se pregunta cómo hacen quienes se quedan sin plata el día 20 para vivir los diez días restantes sin comer ni beber, lo que queda expuesto no es una ocurrencia ingeniosa, sino la distancia entre quien gobierna y quienes padecen las consecuencias de las decisiones de su Gobierno.

Presidente, créame: no llegamos. Y no se lo digo por una operación política ni por una consigna partidaria. Basta con salir a la calle y escuchar a la gente. Mire las colas de quienes buscan trabajo, a los que suman una changa después de su jornada laboral, a las familias que recurren a la tarjeta de crédito para comprar alimentos y a quienes dejan de consumir determinados productos porque sus ingresos ya no alcanzan. Mire lo que pasa con los medicamentos, los jubilados y las personas que dependen del PAMI.

Llegar a fin de mes significa elegir qué cuenta pagar, qué remedio comprar y qué alimento dejar para otro día. Y si hablamos de la realidad cotidiana, ¿cómo no va a indignarnos que usted se burle de quienes no llegan, cuando ni siquiera pudo responder cuánto cuesta un litro de leche en Buenos Aires, ante la pregunta de una periodista británica? Presidente, ¿cómo pretende comprender lo que cuesta llenar la heladera si no puede responder una pregunta tan sencilla como esa? Comer no es un privilegio. Vivir con dignidad tampoco debería serlo.

Lo que más indigna no es solamente lo que usted dijo, sino el tono con el que se refiere a una realidad que atraviesa a tantas familias. Hay una diferencia enorme entre discutir una estadística y burlarse de quienes cuentan que sus ingresos no alcanzan. Usted puede cuestionar una medición y presentar otros datos, pero gobernar también significa escuchar lo que incomoda y hacerse cargo de las consecuencias de las propias decisiones.

Estamos transitando el tercer año de su mandato y la pregunta es inevitable: ¿era necesario que el costo de la transformación recayera una y otra vez sobre quienes menos tienen? ¿Era este el sacrificio que les prometieron a los argentinos? Cuando hablamos de trabajadores, universidades, hospitales, personas mayores y personas con discapacidad, no discutimos abstracciones ideológicas. Hablamos de derechos y de vidas concretas.

En medio de esta discusión, las palabras del Arzobispo de Córdoba, el Cardenal Ángel Rossi, merecen ser escuchadas. Frente a sus declaraciones, expresó: «Si la gente dice que no llega, es porque no llega. No creo que a nadie le dé gusto decir eso». Y agregó: «Los que no comen hasta la noche no es el Presidente, es la gente. Yo le creo a la gente».

Ahí está, presidente. Yo también elijo creerle a la gente. A quien busca trabajo, a quien estira el sueldo, a quien se endeuda para comprar alimentos y a quien hace todo lo posible para que sus hijos tengan lo que necesitan. Nadie cuenta con alegría que no puede llegar a fin de mes. La necesidad no pregunta a quién votaste, de qué partido sos ni qué pensás políticamente.

Pero hay algo más que debería preocuparnos: la fragmentación de nuestra sociedad. Mientras se multiplican las provocaciones, los agravios y las peleas entre argentinos, corremos el riesgo de perder de vista lo verdaderamente importante. No podemos permitir que las diferencias políticas nos enfrenten hasta el punto de dejar de escuchar el sufrimiento del otro.

La necesidad no tiene partido y el hambre no pregunta a quién votaste. Sin embargo, mientras unos defienden al Gobierno y otros lo cuestionan, hay familias que siguen sin saber cómo van a pagar sus cuentas. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que la confrontación permanente nos haga olvidar que, más allá de nuestras diferencias, somos personas que compartimos una misma sociedad? No se trata de pensar todos igual, sino de no perder la sensibilidad frente a quien la está pasando mal.

Presidente, gobierne para todos los argentinos. Para quienes lo votaron y para quienes no lo hicieron; para quienes tienen recursos y para quienes apenas consiguen sostenerse. No alcanza con defender los resultados económicos mientras hay familias que no saben cómo van a pagar sus cuentas. No podemos acostumbrarnos a que los jubilados deban elegir entre comer y comprar sus remedios, a que falten medicamentos o a que una familia tenga que explicar por qué no puede comprar lo que necesita.

Las palabras de un presidente tienen una responsabilidad particular: no habla solamente como una persona que expresa una opinión, sino como quien conduce los destinos del país. No se le pide que esté de acuerdo con todos; se le exige que comprenda que también gobierna para quienes cuestionan sus políticas. Pero esta responsabilidad tampoco es solamente suya.

Nosotros debemos escuchar, preguntar, exigir explicaciones y no naturalizar aquello que nunca debería parecernos normal. Cuando el sufrimiento ajeno deja de importarnos, la indiferencia ocupa el lugar de la solidaridad y el problema deja de ser solamente económico o político. Se convierte también en un problema profundamente humano.

Presidente, nadie le pide que resuelva en un día todos los problemas de la Argentina. Se le pide responsabilidad, sensibilidad y respeto. Que deje de convertir las dificultades de la gente en una provocación y empiece a ofrecer respuestas concretas. Detrás de esos diez días que usted menciona hay trabajadores, jubilados, familias y personas que hacen esfuerzos enormes para vivir con dignidad. No se burle de ellos. No los subestime.

No pretenda explicarles cómo deben vivir una realidad que usted no padece de la misma manera. Y nosotros tampoco permitamos que la pelea entre argentinos nos haga olvidar a quienes necesitan respuestas. No, presidente, no llegamos. Créale a la gente. Escúchela. Y gobierne para ella. Para toda ella. Porque ningún proyecto de país puede considerarse exitoso si millones de argentinos siguen viviendo con la angustia de no saber cómo van a llegar a fin de mes.

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