El Mensajero
Opinión

La patria no se vende, pero tampoco se pueden vender nuestros derechos

Por Gustavo Billarruel

Mientras se discute el futuro de las tierras argentinas y los límites a la propiedad extranjera, quienes tenemos una discapacidad seguimos enfrentando decisiones que ponen en juego derechos básicos. Para mí, ambas discusiones tienen algo en común: qué valor le damos a la soberanía y qué lugar ocupan las personas dentro de ella.

Hay frases que no necesitan demasiadas explicaciones. “La patria no se vende” es una de ellas. Nace de una idea sencilla, pero profunda: hay cosas que pertenecen a todos y que no deberían quedar reducidas a una mercancía.

Por eso, cuando vuelvo a escuchar esta consigna frente a la discusión por las tierras argentinas, no puedo evitar pensar en otra pregunta: ¿qué pasa con quienes vivimos en esta patria y necesitamos que nuestros derechos sean respetados?

Soy una persona con baja visión, periodista y ciudadano. Y cuando se habla de discapacidad, no puedo mirar el tema desde afuera. Me toca. Nos toca. Por eso me preocupa que, mientras se discute qué sucede con nuestro territorio, también tengamos que discutir si una persona con discapacidad puede conservar los derechos que necesita para vivir con autonomía.

Una pensión no es solamente dinero: detrás de ella hay una persona, una familia, tratamientos, transporte, alimentación y una vida cotidiana que muchas veces depende de ese ingreso.

La discusión sobre las tierras volvió a escena después de que la Corte Suprema dejara vigente la derogación de la Ley de Tierras Rurales dispuesta por el DNU 70/2023. Esa norma establecía límites a la propiedad extranjera de tierras rurales. La Corte no resolvió la constitucionalidad del decreto: rechazó la demanda por cuestiones vinculadas a la legitimación de quienes la habían presentado y a la inexistencia de un caso judicial concreto.

Pero el debate de fondo sigue abierto: cuánto territorio estamos dispuestos a dejar librado a intereses privados y extranjeros y qué entendemos realmente por soberanía.

Y ahí es donde, para mí, las dos discusiones se encuentran. Porque la soberanía no puede ser solamente una palabra para defender un pedazo de tierra en un mapa. También debería significar cuidar a las personas que viven dentro de esas fronteras.

Quiero una Argentina capaz de defender sus recursos, su territorio y sus decisiones, pero también capaz de mirar a una persona con discapacidad y garantizarle que sus derechos no van a depender de una planilla, de una auditoría o de una decisión administrativa.

No cuestiono que el Estado controle. Tiene que hacerlo. Pero controlar no puede convertirse en perseguir, y ordenar las cuentas públicas no puede significar que quienes están en una situación de mayor vulnerabilidad sean los primeros en pagar el costo.

Detrás de cada expediente hay una vida. Detrás de cada número hay una persona. Y cuando se suspende o se quita una prestación, no desaparece simplemente un dato de una planilla: cambia la vida de alguien.

Por eso me niego a que las personas con discapacidad seamos presentadas solamente como un gasto. No somos un gasto. Tenemos derechos. No somos una cifra que puede desaparecer de un presupuesto. Tampoco necesitamos lástima. Necesitamos reconocimiento, autonomía y condiciones reales para vivir con dignidad.

Si hablamos de libertad, también tenemos que hablar de la libertad de quienes necesitamos apoyos para ejercer nuestros derechos.

Yo no quiero una patria vendida. Pero tampoco quiero una patria que venda sus derechos. No quiero que nuestras tierras sean tratadas como una mercancía cualquiera, pero tampoco quiero que nuestras vidas sean consideradas un costo que hay que reducir.

Soy periodista y tengo derecho a preguntar. Soy ciudadano y tengo derecho a reclamar. Y soy una persona con baja visión: sé, desde mi propia experiencia, que detrás de cada decisión política hay vidas concretas.

La patria no se defiende solamente en los mapas. También se defiende cuando se protege la dignidad de quienes la habitan. Porque una Argentina soberana no debería ser solamente una Argentina que decide sobre su territorio.

Debería ser también una Argentina que no abandona a sus ciudadanos y que entiende que los derechos no son mercancías.

La patria no se vende. Y nuestros derechos tampoco deberían estar en venta.

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