El Mensajero
Opinión

¿Cuanta crueldad podemos soportar?

Por Gustavo Billarruel

Hay frases que no puedo escuchar y dejar pasar. Después de su presentación ante la Organización de las Naciones Unidas, Javier Milei dijo que a la Argentina “los dólares nos salen por las orejas”. Y yo me pregunto: ¿de qué Argentina habla? ¿De la que aparece en los discursos o de la que vivimos todos los días?

Porque mientras desde el poder se habla de abundancia, hay argentinos que miran la billetera antes de entrar a un supermercado, que hacen cuentas, que dejan productos en las góndolas y que tienen que decidir qué pueden comprar y qué no. ¿Realmente somos conscientes de lo que significa llegar a una caja y no saber si la tarjeta alcanza para pagar la comida?

Esto es lo que más me cuesta entender. ¿En qué momento dejamos de usar la tarjeta de crédito para comprar un electrodoméstico, arreglar algo de la casa o darnos un gusto y empezamos a usarla para comer? Sí, para comer. Para llenar la heladera. Para comprar lo necesario. Esa es la realidad que veo y que me cuesta conciliar con un discurso que habla de dólares saliendo por las orejas.

No estoy hablando de una discusión entre economistas ni de una planilla de Excel. Estoy hablando de personas, de familias y de argentinos que tienen que estirar cada peso para llegar a fin de mes.

Y entonces vuelvo a preguntarme qué nos está pasando. ¿Cuánta distancia puede existir entre lo que dice un gobierno y lo que siente una sociedad? Porque una cosa es defender una política económica y otra muy distinta es perder de vista lo que ocurre en la vida cotidiana.

Cuando una familia tiene que elegir entre pagar una cuenta, comprar alimentos o postergar una necesidad, no alcanza con decir que los números mejoran. También hay que mirar qué sucede con las personas que todavía no sienten esa mejora en su mesa.

También me cuesta aceptar el modo en que el Presidente habla de sus principales aliados internacionales. En su discurso ante la ONU, Milei reafirmó el alineamiento de la Argentina con Estados Unidos e Israel, y después volvió a elogiar especialmente a Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Sobre este último, llegó a decir que es un “líder extraordinario”.

Yo puedo entender que un gobierno tenga aliados, defina una política exterior y defienda sus intereses. Lo que me pregunto es qué lugar ocupa, en medio de esas definiciones, la Argentina que conozco: la Argentina de los trabajadores, de las universidades, de la ciencia, de la cultura, del deporte y de una sociedad que durante décadas construyó una identidad profundamente ligada a la defensa de los derechos humanos.

No escribo esto porque no ame a mi país. Lo escribo precisamente porque lo amo. Y me duele. Me duele profundamente sentir que tenemos un gobierno que muchas veces parece hablarle a otra realidad, mientras una parte de nuestra sociedad sigue haciendo esfuerzos enormes para sostener su vida cotidiana. Argentina es mucho más que una cifra, una tasa de interés, una balanza comercial o una reserva de dólares.

Argentina también es la persona que trabaja, la jubilada que hace cuentas, el estudiante que quiere seguir estudiando, el científico que necesita investigar, la familia que quiere vivir dignamente y la persona con discapacidad que reclama que sus derechos sean respetados.

Me da tristeza y también bronca. Bronca porque sé que nuestro país tiene con qué vivir mejor. Tenemos una cultura enorme, deportistas que nos representan en el mundo, científicos reconocidos, universidades, artistas, trabajadores y una historia de luchas sociales y de derechos humanos que forma parte de nuestra identidad. Y justamente por todo eso me cuesta aceptar que la discusión política termine tantas veces convertida en una pelea permanente, donde parece importar más quién grita más fuerte que escuchar lo que le está pasando al otro.

No sé cuánto tiempo más vamos a soportar que la vida cotidiana quede escondida detrás de los discursos. No sé cuánto puede aguantar una familia haciendo cuentas, postergando necesidades y usando la tarjeta para comprar comida. Tampoco sé cuándo vamos a volver a discutir seriamente qué país queremos y qué condiciones necesitamos para que vivir mejor no sea un privilegio. Lo que sí sé es que no quiero acostumbrarme a mirar todo esto como si fuera normal.

Amo a la Argentina. Me duele verla atravesar momentos que generan tanta incertidumbre y me duele todavía más cuando quienes tenemos responsabilidades públicas parecen no advertir cuánto pesa cada decisión sobre la vida de la gente. No quiero una Argentina enfrentada permanentemente. Quiero una Argentina que pueda discutir, crecer y vivir mejor sin perder su sensibilidad. Y mientras sigamos escuchando frases que parecen tan alejadas de lo que ocurre en la mesa de tantos argentinos, voy a seguir preguntándome, aunque resulte incómodo: ¿cuánta crueldad podemos soportar?

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