Por Gustavo Billarruel
Paraguay atraviesa uno de los momentos más dolorosos de los últimos tiempos. La caída de Ueno Bank, una entidad financiera que durante años construyó su imagen prometiendo cercanía, facilidades y acceso a los servicios bancarios para miles de personas, terminó convirtiéndose en una pesadilla para buena parte de la sociedad.
Detrás de esta crisis hay familias que no pueden disponer de sus ahorros, jubilados que viven con angustia y trabajadores que no saben qué será de su futuro.
No estamos hablando solamente de un banco que cayó. Estamos hablando de la vida de miles de personas que hoy sienten que les arrebataron la tranquilidad.
El 3 de noviembre, el Banco Central del Paraguay intervino la entidad luego de detectar graves problemas financieros. La noticia sacudió al país y dejó al descubierto una situación que venía acumulando señales de alarma. Ueno Bank tenía millones de clientes y administraba importantes recursos, entre ellos fondos públicos.
La investigación judicial avanzó sobre sus principales directivos, mientras las autoridades intentaban encontrar una salida para proteger a los depositantes.
Pero una intervención y algunas detenciones no alcanzan para devolverle la tranquilidad a quienes hoy no saben cuándo podrán recuperar su dinero.
Hay algo especialmente doloroso en esta historia: el banco había conseguido llegar a sectores de la población que durante mucho tiempo encontraron las puertas cerradas en la banca tradicional.
Su propuesta ofrecía facilidades, herramientas digitales y posibilidades de operar sin tantas trabas. Para muchas personas con discapacidad, también significó una oportunidad de acceder a servicios financieros con mayor autonomía.
Esa confianza no apareció de un día para otro. Se construyó sobre la ilusión de encontrar un lugar donde también hubiera oportunidades. Por eso, lo que está sucediendo duele todavía más.
Aquello que se presentaba como una puerta abierta terminó dejando a miles de personas frente a una enorme incertidumbre.
En una conversación con Selva Riquelme, comunicadora social paraguaya y persona con discapacidad visual, pude conocer de cerca el dolor con el que está viviendo esta situación. Sus palabras expresan el pesar de una sociedad que se siente golpeada y traicionada.
Selva pone el acento en quienes confiaron sus ahorros, en quienes encontraron en esa entidad una posibilidad que antes no tenían y en las familias que hoy no saben cómo seguir adelante. No es una preocupación lejana ni una noticia más que se mira desde afuera. Es una realidad que atraviesa la vida cotidiana de miles de paraguayos.
También están los jubilados, que necesitan de su dinero para vivir, comprar medicamentos y sostener sus hogares. Están los trabajadores de la entidad, que hoy cargan con el temor de perder sus empleos por decisiones que no tomaron.
Y están las instituciones públicas, cuyos recursos también quedaron comprometidos. Mientras se discuten responsabilidades y se anuncian medidas, hay personas que necesitan respuestas ahora. Porque las cuentas no esperan, los alimentos no pueden postergarse y las necesidades de una familia no se resuelven con comunicados oficiales.
La responsabilidad política tampoco puede quedar al margen. El presidente Santiago Peña, economista de profesión, enfrenta fuertes cuestionamientos por su relación con el grupo empresarial propietario de la entidad y por la respuesta del Gobierno ante una crisis que terminó golpeando a todo el país.
Su renuncia, el 5 de noviembre, profundizó todavía más la conmoción política. La Justicia deberá investigar y establecer las responsabilidades correspondientes. Pero también es necesario que la sociedad conozca qué ocurrió, quiénes permitieron que se llegara a esta situación y por qué no se actuó a tiempo para proteger a los depositantes.
Hoy Paraguay necesita algo más que explicaciones. Necesita que se proteja a quienes confiaron sus ahorros, que se garantice el acceso a los fondos y que los responsables respondan ante la Justicia.
La inclusión financiera no puede convertirse en una promesa utilizada para conseguir clientes mientras se juega con la confianza de la gente. Cuando una persona deposita el dinero que consiguió con años de trabajo, no está entregando solamente billetes: está poniendo en manos de otros una parte de su esfuerzo, de sus proyectos y de su tranquilidad.
En medio de tanto dolor, Selva Riquelme dejó una frase que me quedó resonando: «Paraguay es fuerte, valiente y no se suelta fácil». Hay mucha verdad en esas palabras. Un pueblo puede ser golpeado, puede sentir bronca, impotencia y tristeza, pero también puede levantarse y reclamar lo que le corresponde.
Hoy Paraguay necesita justicia, respuestas y, sobre todo, que nadie se olvide de las personas que están sufriendo las consecuencias de esta crisis. Porque detrás de cada cuenta bancaria hay una historia, una familia y una vida. Y ninguna promesa puede valer más que la dignidad de su gente.

