El Mensajero
Sociedad

La violencia digital y el espejo roto de nuestra sociedad.

En tiempos donde las redes sociales ocupan un rol central en nuestras vidas, se hace cada vez más evidente una violencia silenciosa pero devastadora: la que se ejerce desde una pantalla. No es solo contra famosos o figuras públicas, sino contra cualquier persona que exprese una idea, muestre una imagen, o simplemente exista en lo digital. La violencia en redes no discrimina: atraviesa edades, géneros, condiciones sociales y discapacidades.

En los barrios populares o periferias, la presión que ejercen las redes sociales es doble. No solo hay una violencia simbólica constante —donde el que no entra en el molde del consumo o la estética dominante queda excluido— sino que también se genera una angustia silenciosa entre los jóvenes. Todo pasa por la imagen: la ropa, el cuerpo, el celular que se tiene, la marca que se muestra. Quien no encaja, es ignorado o ridiculizado. Es una forma de violencia que no se ve pero se siente cada día.

Para las personas con discapacidad, esta violencia digital se vuelve aún más cruel. Los comentarios burlones, las barreras digitales, la invisibilización en espacios de opinión o la infantilización constante, son parte de una agresión que hiere y margina. En lugar de ser una herramienta de inclusión, muchas veces internet se transforma en otro espacio donde se nos vulnera.

La discriminación digital no se combate solo con leyes, sino con responsabilidad social. Las redes deberían ser espacios de encuentro, de construcción, de respeto. Pero hoy están llenas de agresiones, insultos, estigmas, racismo, gordofobia, capacitismo y más. No todo vale por un “me gusta”.

Es urgente que hablemos con nuestros hijos, que eduquemos desde la empatía, que rompamos con el mandato de que lo importante es “mostrar”, tener o parecer. También es urgente que las plataformas se hagan responsables, y que como sociedad pongamos en debate qué tipo de mundo queremos construir, tanto en lo real como en lo digital.

La violencia en redes es real. Y si no la frenamos, seguirá reproduciendo desigualdad, odio y dolor donde más falta hace la paz.

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