El Mensajero
Sociedad

Jesús, el conductor que me recordó el valor de la empatía

Escribe: Gustavo Billarruel

Un encuentro fortuito con un taxista de mi ciudad, Villa María, me dejó una reflexión sobre el valor del respeto y la vocación.

Hace unos días, después de realizar una compra junto a mi compañera de la vida, pedimos un taxi para regresar a casa. Me senté al lado del conductor, sin imaginar que aquel breve viaje se transformaría en una charla que me dejaría pensando durante horas. Apenas escuché su voz, noté algo distinto: hablaba con una amabilidad poco común, de esas que se sienten genuinas.

Antes de arrancar, Jesús —así se presentó— se ofreció a ayudar a mi compañera con las bolsas. Cargó todo con cuidado en el baúl y, al llegar a destino, repitió el gesto con la misma cortesía, bajando la mercadería sin que se lo pidiéramos. Ese simple acto, tan poco habitual hoy en día, ya decía mucho sobre la persona que estaba al volante.

Al poco andar, entablamos conversación. Le pregunté cómo está la calle y cómo venía el trabajo en estos tiempos tan difíciles para todos. Me miró con serenidad y me respondió con esa calma que solo dan los años:
—Y… como todo, hay días buenos, otros no tan buenos y otros malos. Pero yo hace 35 años que trabajo en esto. Empecé a los 26, y hoy tengo 61. Y te digo algo: si volviera a nacer, elegiría otra vez ser taxista.

Esa frase me quedó dando vueltas. Luego me contó que, cuando recién empezaba, tenía muchas ganas de comerse el mundo. Pero sus compañeros mayores le dieron una lección que lo acompañó toda la vida:
—Los pasajeros se cuidan, se ayudan, se esperan. Si hay una persona mayor, con discapacidad o alguien que necesita una mano, hay que estar ahí.

“Eso —me dijo— es empatía, algo que hoy parece haberse perdido un poco.”

Jesús me habló con un orgullo sereno.
—Este trabajo me enseñó el respeto —continuó—, me permitió conocer muchas vidas, muchas historias, aprender a tratar a cada persona con dignidad. Soy padre de cuatro hijos y estoy orgulloso de ellos. Soy de Talleres, tengo una gran familia y me siento un privilegiado por poder seguir haciendo lo que amo.

Escucharlo fue una verdadera lección. En medio del tránsito, entre charlas cotidianas y bocinazos, descubrí en Jesús a una persona noble, empática y profundamente humana. De esas que todavía creen en el valor del respeto y en el simple acto de tender una mano.

En tiempos donde la prisa y la indiferencia parecen ganarle al encuentro, celebro haber conocido a este trabajador del volante. Porque detrás de cada viaje, de cada pasajero y de cada historia compartida, hay personas como Jesús, que nos recuerdan que la empatía sigue siendo el mejor camino para hacer de este mundo un lugar más amable.

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