El Mensajero
Sociedad

Domingo de lectura: el hombre que sembraba libros en las plazas

Escribe el periodista Gustavo Billarruel

En un barrio donde las pantallas parecen haber reemplazado a las páginas, la figura de Domingo se volvió inolvidable. Lo conocían como “el recolector de libros”. No tenía casa fija, ni teléfono ni perfiles en redes. Su mochila rota y sus zapatos gastados hablaban de kilómetros más que de modas. Lo que hacía distinto a Domingo no era pedir, sino dejar: libros.

Cada día recorría las calles en busca de lo que otros descartaban: novelas con hojas sueltas, enciclopedias polvorientas, cuentos infantiles sin tapa. Los limpiaba, los arreglaba y los forraba con papel; en la primera hoja pegaba una nota que decía algo semejante a: “Este libro es para quien lo necesite. Si no sabés leer, pedile a alguien que te lo lea. Si ya lo leíste, compartilo. Si no te interesa, cambiálo por otro en el banco de la esquina.”

Recuerdo la primera vez que lo vi sacar libros de un contenedor. Un repartidor que pasaba se detuvo y le preguntó:
—¿Por qué hacés esto si no tenés ni para comer?
Domingo contestó con serenidad:
—El pan ayuda al cuerpo, pero a veces hace falta otra cosa para llenar lo de adentro.

Esa respuesta me quedó grabada. Era inevitable detenerse a pensar en lo que aquella frase escondía.

El gesto de Domingo, tan sencillo como provocador, empezó a cambiar la rutina del barrio. Una madre me contó que lo siguió una tarde para agradecerle: su hijo de seis años esperaba los libros como si fueran un regalo. “No tenemos plata para comprar cuentos”, me dijo entre lágrimas. Domingo le sonrió y le dijo: “Lo más importante ya lo tiene: la curiosidad”.

Poco a poco, los vecinos se sumaron. Dejaban cajas en su banco, imprimían etiquetas con la consigna y la plaza se llenó de dibujos y mensajes. Una nena dejó una nota: “Gracias, Domingo. Antes soñaba con tener un celular. Ahora quiero ser escritora.”

No todos comprendieron. Algunos comerciantes se quejaron y, en una oportunidad, empleados municipales tiraron al camión todos los libros que había dejado. Domingo llegó, vio el banco vacío y no pronunció una palabra. Se sentó, cerró los ojos y, al rato, comenzó a escribir a mano una nueva nota para poner en los ejemplares que encontró. Al día siguiente, el banco volvió a llenarse, pero esta vez por la gente.

La historia se fue contando: en la plaza, en la verdulería, en la escuela. Y una mañana apareció un cartel en el lugar donde solía sentarse:

Banco de la Lectura Libre – en homenaje a Domingo, que plantó historias donde muchos miraron sin ver.

Domingo nunca buscó reconocimiento. Sin proponérselo, se convirtió en un símbolo: de dignidad sin techo, de cultura sin precio y del poder que tiene una persona para encender una pequeña luz en medio de la indiferencia.

Sostengo que, a veces, la rebeldía más discreta consiste en ofrecer una historia donde otro dejó olvido.

 

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