La cultura engloba todo el complejo de características que definen a una sociedad o grupo humano, incluyendo el lenguaje, las creencias, los valores, las tradiciones, las normas, el arte, los modos de vida, las costumbres y el conocimiento compartido, y es fundamental para la identidad y el modo en que cada integrante entiende el mundo.
Hoy, nuestra sociedad se ve atravesada por hechos que estremecen: el triple asesinato de tres jóvenes en Florencio Varela y un episodio de violencia vial en la Ciudad de Córdoba donde una camioneta embistió dos veces un auto que llevaba un bebé. No son noticias aisladas, sino señales de una cultura que está en crisis, donde la violencia no solo se ejerce sino que se exhibe, y donde el comportamiento ético y moral parece ceder terreno ante el instinto de dominación.
Conocimiento y creencias
Las ideas que circulan, los relatos que compartimos y las creencias que transmitimos construyen el terreno sobre el que actuamos. Si crecemos en una sociedad donde el poder se ejerce a través del miedo, donde el otro es peligroso, donde la vida se relativiza frente al beneficio o la impunidad, esas creencias erosionan lo humano.
En el caso del triple asesinato de Brenda del Castillo, Morena Verri y Lara Gutiérrez, las investigaciones señalan una acción extrema y simbólica: fueron llevadas con engaños, torturadas, mutiladas, asesinadas y enterradas en un jardín con muestras de violencia extrema. Se especula con vínculos narco y venganzas internas, lo que habla de un mundo en el cual el crimen organizado no solo actúa con violencia física, sino también con violencia simbólica para intimidar y controlar.
Ese tipo de delitos anuncian que el discurso criminal no está fuera de nosotros: está insertado en esa construcción de mundo que naturaliza la desigualdad, el encubrimiento y la complicidad.
Valores
Los valores, lo bueno, lo malo, lo aceptable y lo inaceptable, se muestran en los actos que toleramos o rechazamos. Cuando la vida ajena deja de importar, cuando el respeto por la dignidad humana se debilita, es una señal de colapso ético.
El asesinato de las tres jóvenes no solo es un crimen brutal: es una agresión directa contra el derecho a existir sin temor. Que se haya transmitido o al menos exhibido como mensaje muestra que el valor del terror puede pesar más que el valor de la vida misma.
Por otro lado, el hecho ocurrido en la capital cordobesa es otro golpe a lo elemental. En la Costanera Norte de la Ciudad de Córdoba, un hombre de 29 años embistió dos veces un auto que transportaba a una pareja con su bebé de 18 meses, causando una fractura de cráneo en el niño. Aunque la madre gritaba que había un bebé adentro, el agresor no frenó. Fue detenido y está imputado por lesiones leves dolosas con alevosía.
Ese episodio desnuda un valor perdido: que la vida más frágil, la de un bebé, puede volverse prescindible frente al impulso destructivo. Nos interroga por nuestros límites morales como sociedad.
Lenguaje
El lenguaje es el mecanismo con el cual construimos realidades. Las palabras violentas promueven mentalidades violentas. Cuando los medios informan con cruentas descripciones, cuando algunos discursos justifican el ajuste de cuentas, cuando se habla de venganza sin indagar el dolor, todo eso modela la sensibilidad social.
En los casos recientes, el lenguaje mediático a veces recurre a eufemismos, a explicaciones parciales, pero también publica las torturas y el horror de los cuerpos. El lenguaje brutal conmueve, pero corre el riesgo de convertirse en espectáculo o morbo si no interpela. Necesitamos un lenguaje que construya memoria, conciencia y responsabilidad.
Costumbres y tradiciones
Las maneras de relacionarnos en lo cotidiano son tan importantes como los grandes acontecimientos. Si toleramos pequeñas agresiones diarias, insultos, menosprecios, indiferencia, estamos cimentando una cultura del choque.
Cuando vemos un colectivo que agrede verbalmente, un automovilista que atropella reglas de tránsito con impunidad, un criminal que actúa como si no hubiera castigo, todo eso es parte de una costumbre social que naturaliza la hostilidad.
Por eso, la violencia extrema no aparece de la nada: es hija de una práctica cultural que se alimenta mucho más allá de los grandes crímenes.
Modos de vida y comportamientos
El individualismo, la competencia feroz, el consumo, la mirada que separa a ellos de nosotros. Esa lógica está presente en nuestras calles. Cuando cada quien busca sobresalir a costa del otro, cuando la comunidad se fragmenta, cuando el yo es más importante que el nosotros, la violencia se infiltra.
En el caso del choque en la capital provincial, el agresor trató de imponer su voluntad física en un conflicto de tránsito. No buscó un diálogo, sino la superioridad mecánica. Transformó su vehículo en arma. Esa conducta es el resultado de un modo de vida donde los gestos agresivos se legitiman, se justifican y se revalidan con la indiferencia pública.
Normas y leyes
Tener leyes no es suficiente: hace falta que sean respetadas, aplicadas y legitimadas. Cuando las instituciones fallan, por corrupción, impunidad o negligencia, se deslegitima el contrato social.
En el triple crimen de Florencio Varela hay señalamientos de complicidad, encubrimiento y críticas a los operadores de justicia que actúan lentamente ante demandas urgentes de condena. Mientras tanto, en la Ciudad de Córdoba, la calificación legal de lesiones leves dolosas con alevosía fue cuestionada por la querella que considera que hubo intento de homicidio. Incluso se impuso la suspensión de la licencia del agresor.
Si las normas no logran prevenir ni sancionar adecuadamente estos hechos, la autoridad moral del Estado se debilita. Y cuando eso ocurre, cada individuo termina juzgándose a sí mismo cuán lejos puede ir sin ser detenido.
Artefactos
Los objetos materiales como vehículos, armas, tecnología o herramientas revelan cuánto puede potenciarse la violencia. Una camioneta como arma, un cuchillo como instrumento de tortura, una casa como fosa clandestina: esos artefactos no actúan solos, son la extensión del deseo violento de quien los usa.
La brutalidad del caso narco incluyó objetos que mutilaron e instrumentos que torturaron. En la capital cordobesa, la camioneta fue usada como proyectil. No es solo que la herramienta esté, es que la cultura le da permiso de actuar.
Artes y expresiones
El arte tiene la capacidad de nombrar lo innombrable, abrir grietas en el olvido, activar memoria y sensibilidad. Las marchas por justicia, los murales, los poemas, los cantos, todos esos gestos artísticos, emergen como reacción ante el horror.
Tras el triple crimen hubo marchas masivas pidiendo justicia y exigiendo que esas tres vidas no queden en silencio. Esa expresión colectiva es un contra-discurso cultural que dice: no aceptamos que nos arrebaten el valor humano.
Importancia de la cultura de nuestro pueblo
Identidad grupal
Sin cultura sana no hay unidad. Cuando toleramos la violencia, la sociedad se fragmenta. La identidad deja de ser bandera de unión y se convierte en frontera armada.
Adaptación social
La cultura nos permite construir una segunda naturaleza social que regula nuestros instintos. Cuando eso se quiebra, actúan los instintos más crudos. La violencia se vuelve parte del paisaje.
Patrimonio social
La cultura es la herencia que legamos. Si lo que dejamos es violencia, impunidad y dolor, ese será nuestro patrimonio. Pero también podemos reivindicar la memoria, la ética y la resistencia: eso también es patrimonio.
Reflexión final: hacia una reconstrucción cultural urgente
No es casualidad que en momentos de crisis social y económica la violencia crezca: es que la cultura fue perdiendo sus formas de contención y civilidad. Pero no estamos condenados. Recordar que la cultura define quiénes somos nos da una ventana para intervenir y transformar.
Lo que ocurrió con Brenda, Morena y Lara no puede ser solo un escándalo más: debe ser registro e interpelación de nuestra conciencia social. Y lo que ocurrió con ese bebé en la capital de Córdoba, tan frágil y tan pequeño, es una herida que interpela al que cree que en el choque la culpa es del trámite y no del agresor. Nos obliga a mirar adentro: qué estamos haciendo para impedirlo.
Este artículo no es solo denuncia: es un llamado. Llamado a que reinventemos nuestras creencias, reforcemos nuestros valores, transformemos el lenguaje, reformemos nuestras instituciones, cuidemos nuestras costumbres, multipliquemos expresiones artísticas que reconstruyan y reapropiémonos de una identidad común que rescate lo humano.
Porque la violencia que hoy nos atraviesa no es un fenómeno ajeno: somos nosotros cuando permitimos que crezca. Y solo podremos recuperarnos si decidimos que no habitamos en ese paisaje, sino que lo transformamos.

