Por Gustavo Billarruel
El dato oficial indica que la inflación de agosto fue del 1,7%. El Gobierno lo celebra como una señal del éxito de su programa económico. Pero hay otro número que obliga a mirar la realidad desde otro lugar: una familia de cuatro integrantes necesitó alrededor de 1,6 millones de pesos durante agosto para no caer por debajo de la línea de pobreza.
Entre ambos datos aparece una pregunta que no puede quedar atrapada en una discusión de porcentajes: ¿qué está pasando con la vida cotidiana de los argentinos?
La economía real
Que los precios aumenten menos que antes puede ser un dato positivo. Nadie puede negar la importancia de frenar la inflación. Pero una desaceleración no significa que los precios hayan vuelto atrás ni que los ingresos alcancen.
El problema comienza cuando un indicador macroeconómico pretende convertirse en la explicación completa de una realidad que incluye salarios deteriorados, familias endeudadas y trabajadores que deben hacer malabares para sostener gastos básicos. Una cosa es que la inflación baje. Otra, muy diferente, es que la vida se vuelva más accesible.
Cuando la tarjeta reemplaza al sueldo
Hay otra señal que merece atención: el endeudamiento. Cada vez que una familia recurre al crédito para afrontar necesidades que sus ingresos ya no pueden cubrir, no estamos frente a una expresión de prosperidad. Estamos frente a una postergación del problema.
La tarjeta permite comprar hoy, pero compromete el ingreso de mañana. Y cuando el crédito se utiliza para alimentos, alquiler, servicios, salud o educación, la deuda deja de ser una herramienta financiera y empieza a convertirse en una forma de supervivencia.
¿Quiénes llegan a esos ingresos?
También vale preguntarse quiénes son los argentinos que efectivamente pueden disponer de ingresos suficientes para atravesar el mes sin recurrir al endeudamiento. Porque hablar de 1,6 millones de pesos como referencia de pobreza obliga a mirar la distribución de los ingresos y no solamente los promedios.
¿Cuántas familias alcanzan ese nivel de ingresos? ¿Cuántas quedan por debajo? ¿Cuántas trabajan y, aun así, no consiguen cubrir sus necesidades básicas? Allí aparece una discusión que ningún porcentaje mensual puede resolver por sí solo.
No alcanza con sobrevivir
Una economía no debería evaluarse únicamente por la estabilidad de sus variables macroeconómicas. También debería medirse por la posibilidad concreta de vivir dignamente. Por la capacidad de un trabajador para comprar alimentos sin financiar la compra.
Por la posibilidad de pagar un alquiler sin sacrificar otras necesidades. Por la tranquilidad de una familia que puede afrontar una enfermedad o un imprevisto sin quedar atrapada en nuevas deudas. Si para llegar a fin de mes hay que pedir prestado, algo está fallando mucho más allá del índice de inflación.
La pregunta que incomoda
Entonces, ¿qué nos está pasando? ¿Nos acostumbramos a vivir haciendo cuentas? ¿Naturalizamos que una persona trabaje y no llegue? ¿Aceptamos que endeudarse para comer sea parte de la vida cotidiana? Quizás el problema más grave aparezca cuando dejamos de hacernos estas preguntas. Porque una sociedad también puede acostumbrarse a la precariedad y terminar confundiendo sobrevivir con estar bien.
Mirar más allá del 1,7%
No se trata de negar el dato del INDEC ni de desconocer que reducir la inflación es necesario. Se trata de discutir qué hay detrás de ese número y quiénes pueden sentir realmente sus efectos. Porque mientras algunos celebran que el índice mensual sea del 1,7%, otros siguen contando monedas, acumulando cuotas y eligiendo qué necesidad atender primero.
La discusión económica no puede quedar limitada a cuánto aumentan los precios: tiene que incluir cuánto puede comprar un salario y qué calidad de vida puede sostener una familia.
Despertemos
La verdadera pregunta no es solamente si la inflación bajó. La verdadera pregunta es qué está pasando con quienes menos tienen. Si los precios aumentan más lentamente, pero una familia sigue sin poder comer bien, pagar su vivienda, sostener la educación de sus hijos o afrontar una emergencia sin endeudarse, todavía queda una enorme deuda social por resolver. No alcanza con que los números cierren en una planilla.
La economía tiene que cerrar en la vida de la gente. Y si para demostrar que estamos mejor necesitamos mirar solamente un porcentaje y dejar de mirar a las personas, entonces quizás no estemos viendo toda la realidad.

