En las primeras horas del lunes 13 de octubre, una noticia alteró el ritmo de la madrugada en Medio Oriente: Hamas liberó a 20 de los rehenes israelíes que mantenía cautivos desde el 7 de octubre de 2023. Fue el primer paso concreto dentro del acuerdo de alto el fuego que el grupo militante y el gobierno de Israel negociaron bajo la mediación de Estados Unidos, con una cumbre en Egipto lista para sellar el pacto en los próximos días.
La presencia del expresidente Donald Trump en esa reunión busca sumar peso político a un proceso tan frágil como urgente. Detrás de los discursos diplomáticos, sin embargo, queda una herida profunda: la de una guerra que lleva dos años y que se ha cobrado más de 67.000 vidas en Gaza, según cifras de las autoridades sanitarias locales.
La ofensiva del 7 de octubre de 2023 marcó un punto de quiebre. Aquel ataque sorpresa de Hamas dejó 1.195 muertos en Israel y 251 personas secuestradas, desatando una respuesta militar que transformó la Franja de Gaza en un territorio arrasado. Desde entonces, organizaciones de derechos humanos y una comisión investigadora de la ONU han denunciado la magnitud del castigo israelí, calificándolo incluso como un posible genocidio.
La liberación de los rehenes fue confirmada por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), que detallaron que los cautivos fueron entregados a la Cruz Roja Internacional en dos grupos. Primero, un contingente de siete personas Eitan Mor, Gali Berman, Ziv Berman, Omri Miran, Alon Ohel, Guy Gilboa-Dalal y Matan Angrest—, y luego los trece restantes.
En Israel, la noticia se recibió con mezcla de alivio y silencio. Alivio por los nombres que regresan; silencio por los que aún faltan. De los 47 rehenes que se estimaba seguían en poder de Hamas, apenas dos decenas permanecen con vida.
Mientras tanto, la esperanza de una tregua definitiva depende de una mesa de negociaciones donde los gestos políticos intentan imponerse al cansancio humano. Dos años después del inicio del conflicto, cada liberación es mucho más que un movimiento diplomático: es una prueba mínima de que, incluso en medio de la devastación, todavía hay margen para salvar vidas.

