La UNESCO cumple un nuevo aniversario este dieciséis de noviembre y la fecha vuelve a poner en foco el sentido de su creación: fortalecer la cooperación internacional a través de la educación, la ciencia, la cultura y la libertad de expresión.
Fundada en mil novecientos cuarenta y cinco, en un contexto marcado por los escombros de la guerra, la organización surgió como una apuesta por reconstruir vínculos entre países y promover sociedades más justas e informadas. Hoy, en un escenario global atravesado por tensiones políticas y desigualdades profundas, ese mandato inicial recupera vigencia y se entrelaza con los desafíos que plantea la Agenda dos mil treinta.
La UNESCO nació en Londres cuando treinta y siete países firmaron la Constitución que le dio origen. La idea central fue clara desde el principio: evitar que el mundo repitiera los errores que llevaron a la guerra, impulsando políticas que garanticen acceso al conocimiento, diversidad cultural, pensamiento crítico y desarrollo científico. Con el tiempo, la organización se expandió hasta convertirse en un referente internacional que reúne gobiernos, instituciones educativas, organizaciones civiles y comunidades culturales en torno a proyectos comunes.
En sus décadas de trabajo la UNESCO consolidó su presencia en áreas clave. La defensa de la educación pública, la protección del patrimonio cultural y natural, la promoción de la libertad de prensa y el impulso a la investigación científica son parte de un entramado que busca sostener sociedades más abiertas. Su programa de Patrimonio Mundial se volvió una herramienta reconocida para visibilizar sitios de valor universal y advertir sobre los riesgos que enfrentan, desde el cambio climático hasta la urbanización sin control.
La Agenda dos mil treinta, adoptada por Naciones Unidas, suma otra capa de responsabilidad. Los objetivos globales que propone abarcan desde la igualdad de género hasta la acción climática, pasando por la reducción de la pobreza y el acceso a la información. Para la UNESCO ese marco no es una declaración simbólica, sino una hoja de ruta que se traduce en iniciativas concretas: mejorar la formación docente, reducir la brecha digital, ampliar la alfabetización tecnológica, preservar lenguas y culturas vulneradas y proteger territorios afectados por la crisis ambiental.
El contexto actual complica ese trabajo. Las tensiones geopolíticas, los conflictos armados, la falta de financiamiento internacional y la competencia por recursos naturales condicionan la capacidad de acción de los organismos multilaterales. Además, la expansión de discursos de odio y la concentración mediática dificultan el ejercicio pleno de la libertad de expresión, un eje histórico de la labor de la UNESCO.
En América Latina la presencia del organismo adquiere una dimensión particular. Acompaña procesos educativos, culturales y de memoria; apoya iniciativas de ampliación de derechos y colabora en la preservación de patrimonios materiales e inmateriales. En Argentina aportó a programas públicos y respaldó reconocimientos como el del Museo Sitio de Memoria ESMA, incorporado a la lista de Patrimonio Mundial como símbolo del compromiso democrático con la verdad y la justicia.
El aniversario funciona como un recordatorio y una advertencia. La visión que dio origen a la UNESCO sigue siendo necesaria porque los desafíos que intentó enfrentar no desaparecieron; cambiaron de forma. La construcción de sociedades más igualitarias, críticas y participativas requiere cooperación internacional, políticas públicas sostenidas y una clara voluntad de fortalecer la educación, la ciencia y la cultura como bienes comunes.
En ese sentido, la Agenda dos mil treinta se presenta como un horizonte posible. Es un desafío exigente en un tiempo donde la incertidumbre domina, pero también una oportunidad para que los Estados y las sociedades encuentren un camino compartido. La pregunta de fondo es si existe la decisión política para convertir ese horizonte en acciones reales.

