El Mensajero
Sociedad

Cuando te llevan a un hijo

Lian. Loan. Guadalupe. Sofía. Tehuel.

Y tantos otros nombres que duelen.

Las primeras horas no entendés nada. Necesitás que alguien te despierte de esa pesadilla que no puede ser real. Todo parece borroso. Escuchás, pero no oís. Mirás, pero no ves. Hablás, pero no comprendés lo que está pasando.

Sentís miles de miradas sobre vos. Algunas cargadas de lástima. Otras de sospecha. Otras, simplemente, toman distancia. Y vos ahí, desesperado, atrapado entre fuerzas de seguridad, funcionarios y prensa, buscando una respuesta que nadie tiene.

El dolor avanza por el cuerpo como una infección silenciosa. Todo se vuelve gris. Un gris espeso, cruel. Cada minuto pesa. Cada hora se vuelve interminable. Cada día parece una eternidad.

Y tu hijo o tu hija no aparece.

La mente no descansa. Imagina lo peor. Escenarios que lastiman incluso antes de confirmarse. La incertidumbre se convierte en una agonía constante. No vivís: sobrevivís. Solo respirás esperando un llamado, una noticia, una frase que diga: “Lo encontramos”.

Que te arrebaten un hijo es una herida que no tiene nombre. Es envejecer de golpe. Es una muerte lenta, de a gotas, que no termina nunca.

¿Dónde están?

¿Dónde están Lian, Loan, Guadalupe, Tehuel?

¿Cuántos más?

No seamos indiferentes.

Podemos construir un mundo sin esclavitud.

 

Alicia Peressutti

Te puede interesar