El 25 de febrero de 1950 nació en Río Gallegos Néstor Kirchner, el dirigente que llegó a la Casa Rosada cuando la Argentina estaba rota.
En 2003 asumió la Presidencia con apenas el 22 por ciento de los votos, en un país que todavía tenía la herida abierta de la crisis de 2001, el corralito, la caída de cinco presidentes en una semana y una sociedad que había perdido la confianza en todo.
En ese escenario de descrédito y angustia emergió un liderazgo que prometía algo simple y profundo a la vez: reconstruir la autoridad política y devolverle sentido a la palabra Estado.
Su gobierno colocó en el centro la política de derechos humanos, impulsó la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final y reabrió los juicios por delitos de lesa humanidad. Renovó la Corte Suprema, renegoció la deuda externa con una posición firme frente al Fondo Monetario Internacional y buscó recuperar márgenes de decisión soberana.
Para muchos, fue el presidente que levantó la autoestima de un país que se sentía arrodillado; para otros, el inicio de una etapa marcada por la confrontación. Lo indiscutible es que volvió a instalar la idea de que la política podía conducir y no simplemente administrar la crisis.
En los barrios, en las fábricas que empezaban a reabrir, en el empleo que lentamente regresaba y en los salarios que dejaban de caer en picada, su gestión fue leída como un punto de inflexión.
No se trataba solo de números macroeconómicos, sino de la sensación de que el derrumbe no era el destino inevitable.
La recuperación inicial, sostenida por superávit fiscal y comercial, permitió expansión del empleo y recomposición salarial, aunque también dejó abiertos debates que persisten hasta hoy: inflación, estructura productiva y dependencia de exportaciones primarias.
Kirchner entendió además que el poder no se ejerce en silencio. Su recordado “¿Qué te pasa, Clarín, estás nervioso?” dirigido al Grupo Clarín sintetizó una etapa de tensión abierta con los grandes medios y puso sobre la mesa una discusión de fondo: quién construye sentido en la Argentina y desde dónde. Para sus seguidores fue la decisión de enfrentar intereses concentrados; para sus detractores, una muestra de polarización.
Aquella escena condensó una forma de hacer política que asumía el conflicto como parte de la construcción de poder.
En el plano regional impulsó una integración latinoamericana con sintonía con gobiernos progresistas de la época y apostó a fortalecer el Mercosur como herramienta estratégica. Internamente consolidó un liderazgo personalista, de decisiones rápidas y fuerte centralidad presidencial.
Admirado y cuestionado, generó lealtades intensas y rechazos firmes, pero nunca indiferencia.
A más de dos décadas de su llegada al gobierno, el aniversario de su nacimiento no es una simple referencia biográfica. Es una invitación a debatir qué modelo de país comenzó a gestarse en 2003 y cuánto de aquella Argentina sigue presente en las discusiones actuales sobre el rol del Estado, la distribución del ingreso y el poder real.
La pregunta que atraviesa este 25 de febrero no es solo quién fue Kirchner, sino qué parte de aquel impulso colectivo estamos dispuestos a recuperar y qué lecciones dejó una etapa que cambió para siempre el mapa político argentino.

