A propósito del Día del Maestro, conversamos con Liliana García. Fue docente por más de 20 años, también ejerció cargos directivos.
Por Gustavo Billarruel
Cada 11 de septiembre, en Argentina se conmemora el Día del Maestro, en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, fallecido en esa fecha en 1888.
Para mí, esta fecha es también una oportunidad para acercarnos a las historias de quienes hicieron de la enseñanza una parte importante de sus vidas. Por eso quise conversar con Liliana.
Su vínculo con la educación comenzó en Arroyo Algodón, donde hizo su escuela primaria y donde también ejerció la docencia. Con los años, su recorrido la llevó por distintas escuelas y localidades, hasta radicarse en Villa María, donde vive desde hace varios años.
Fue maestra durante casi 20 años, y luego vicedirectora y directora. Pero cuando habla de esos años, aparecen mucho más que cargos y escuelas: aparecen los chicos, los docentes, los vínculos, los afectos y las personas que marcaron su propia vocación.
Quise conocer ese recorrido, pero también a Liliana más allá de los cargos, de las escuelas y de los años de servicio. A la mujer que eligió ser maestra desde muy joven y que todavía habla de la docencia desde un lugar muy claro: sentir lo que se hace.
Para comenzar, ¿quién es Liliana García? ¿Cómo te gustaría presentarte más allá de haber sido maestra y directora?
La verdad es que Liliana García es una de esas maestras que creo que ya nacen con un sello, con un mensaje en algún lugar que dice: “Va a ser eso y no será otra cosa”.
Ya en los últimos tiempos del secundario tenía muchas dudas, pero yo, de chiquita, siempre dije que quería ser maestra. Siempre estuve cerca de mucha gente que necesitaba, por ahí, una ayudita con las tareas o alguna ayuda en algo que no entendía. Siempre estuve en eso.
Llegó el momento de decidir qué estudiaba y, entre pensamientos y pensamientos, dije: “Tengo que hacer lo que siempre pensé y quise, que era estudiar para maestra”.
La verdad es que no me arrepiento. Lo volvería a elegir, lo volvería a elegir, porque tengo algo especial que me une a los niños. Ahí está el secreto. Yo veo a un niño, de cualquier edad, y naturalmente ya me acerco. Me atraen y me encanta estar con ellos.
Cuando uno trabaja con el corazón y el vínculo entre el docente y el estudiante es afectivo y de respeto, nada cambia.
Cuando mirás hacia atrás, ¿qué recordás de aquella mujer que un día eligió la docencia y decidió dedicarle su vida?
Yo fui maestra casi 20 años. Después, estando en mi escuela, donde yo trabajaba en Arroyo Algodón, andaba con ideas de quererme ir para el lado de las sierras de Córdoba.
Y un día llegó una convocatoria para estudiar y rendir un concurso de vicedirectora. Yo me entusiasmé, pero siempre pensando en esos lugares. Resulta que, cuando averigüé, no me podía anotar para esas ciudades que hay en las sierras.
Entonces empecé a estudiar porque se empezaron a dar los cursos acá, en Villa María, porque justo se jubilaba la directora de la escuela allá, en el pueblo, y quedaba yo a cargo. Entonces dije: “Tengo que estudiar para saber un poquito más de todo eso”.
Y bueno, así fue como estudié, rendí el concurso y, cuando llegó el momento de elegir la escuela, toda la gente me aconsejaba que tenía que elegir un lugar de Villa María y venirme.
Yo no quería porque en ese momento tenía mucha pertenencia, mucho apego con la escuela donde trabajaba. Aparte, vivía yo en el pueblo.
Hasta que me convencieron de que no podía dejar pasar la oportunidad y elegí una escuela de Villanueva, la escuela Belgrano, y ahí me vine como vice.
Tuve dos años, estudié nuevamente y rendí el otro concurso para directora, mientras ya estaba como directora en la escuela Agustín Álvarez. Ahí rendí y elegí la escuela Juana Manso.
Y bueno, creo que eso fue lo que le faltaba a mi carrera de tantos años: llegar a ese lugar donde me enamoré de todos, de los chicos, de los adultos, de la comunidad completa. Y nunca pude dejarlos hasta el día de mi jubilación.
Si tengo que marcar una diferencia, a mí el aula y los chicos me encantaron siempre. Disfruté cada día del trabajo que realicé, pero también me gustó muchísimo el otro rol, el de estar a cargo de las escuelas. Me gustó mucho. Tuve muy buen vínculo con la gente, pudimos hacer muchas cosas, soñábamos, hacíamos proyectos y los llevábamos a cabo. Muy lindo todo.
Fuiste maestra y también directora. ¿Qué te enseñó cada uno de esos roles y qué diferencias encontraste entre estar frente al aula y conducir una escuela?
En ese recorrido hubo distintos lugares y responsabilidades, pero hay algo que aparece una y otra vez cuando Liliana habla de su manera de entender la docencia: el vínculo con los estudiantes. Y quizás ahí también aparece una respuesta sobre aquello que no cambia, aunque cambien las escuelas, las tecnologías y las formas de enseñar.
Hoy, después de un tiempo de estar jubilada, tengo los mejores recuerdos de mi trabajo. Y la verdad es que no veo que haya muchos cambios. Todo va avanzando, todo va cambiando, la sociedad cambia, la forma de vida también. Están todas las innovaciones, las nuevas tecnologías, pero cuando uno trabaja con el corazón y cuando el vínculo entre el docente y el estudiante es un vínculo afectivo y de respeto, nada cambia.
Yo, si hoy empezara nuevamente con mi tarea de maestra, como lo hice por allá cuando tenía 21 años, sería exactamente igual. Y siempre pienso que, en cualquier nivel que me hubiese desempeñado como docente, hubiese hecho lo mismo y hubiese tenido los mismos resultados.
Porque el abrazo, las miradas y el cariño no tienen otra forma que no sea dar resultados positivos. Después va el aprendizaje por otro caminito. Está quien aprende más rápido, aprenden otros con dificultades, pero el cariño y, sobre todo, el abrazo, ese recibimiento, ese compartir, estar muy cerquita de ellos, eso es algo que no puede faltar.
Y yo, la verdad, que tanto en el momento que lo hice como si lo tuviese que hacer ahora, lo haría de la misma manera.
A lo largo de tu trayectoria seguramente hubo alumnos, docentes y momentos que dejaron una marca especial. ¿Qué personas o experiencias sentís que también te enseñaron a vos y forman parte de la maestra que llegaste a ser?
Y en el caso mío, lo que me marcaron y me dejaron marcas muy especiales fueron mis maestros.
Yo hice toda mi escuela primaria en Arroyo Algodón, y la maestra que tuve en ese momento, una especialmente, Mirta Seguí, que somos amigas actualmente, es como que yo me reflejaba en ella. Y me veía, con mis años después, ya de adulta, haciendo exactamente lo mismo.
Ella fue la que marcó totalmente mi vocación.
Y el director de la escuela… Para mí era todo un espejo donde mirarse.
Así que ellos fueron los grandes maestros que hicieron que me gustara tanto estar en la escuela. Nunca me cansé de estar adentro de las escuelas, nunca.
Siempre sentí que, cuando llegaba a la escuela, entraba en ese mundo y me olvidaba totalmente de todo lo que había dejado antes de ingresar.
En este Día del Maestro, ¿qué mensaje y qué legado te gustaría dejarles a las jóvenes y futuras generaciones de maestras y maestros que hoy comienzan su propio camino en la docencia?
Si tuviera que dejarle un mensaje a la gente joven o a los que recién empiezan a estudiar, es que siempre lo que hagan, lo hagan sintiendo mucho amor y convencidos de que realmente es lo que les gusta.
Porque la tarea docente no se puede hacer si no se siente. Se puede hacer, pero no resulta para nada bueno el trabajo.
Entonces hay que sentirlo, hay que sentirlo, hay que disfrutarlo y estar muy cerca, muy cerca de los estudiantes.
Yo pienso, siempre lo pensé, que si uno no siente el amor por lo que hace, hay que empezar a buscar otro rumbo, porque no va a dar buenos resultados.
Escuchar a Liliana es, de alguna manera, volver a una idea sencilla que muchas veces queda escondida detrás de los años, los cargos y las instituciones: para enseñar también hay que sentirse parte de aquello que se hace.
Y quizás por eso su historia no termina en una jubilación. Queda en los vínculos, en los recuerdos, en aquellos maestros que alguna vez fueron espejo y, también, en los estudiantes que pasaron por su vida.
Gracias, Liliana, por abrirme la puerta de tus recuerdos y por compartir esta conversación. Y gracias, sobre todo, por recordar que detrás de una maestra hay una persona, una historia y una vocación.
El abrazo, las miradas y el cariño no tienen otra forma que no sea dar resultados positivos.

