El Mensajero
Opinión

Milei: basta de ajustar a las personas con discapacidad 

Por Gustavo Billarruel

Hay algo que este Gobierno parece no entender, o que directamente no quiere entender: detrás de cada pensión hay una persona, una historia, una familia y una realidad que muchas veces está atravesada por necesidades que no pueden esperar.

Una vez más, Javier Milei, tu Gobierno vuelve a poner en riesgo a uno de los sectores que más necesitan del acompañamiento del Estado.

Esta vez son 21.812 pensiones por invalidez laboral cuya restitución quedó sin efecto y cuyos titulares deberán volver a presentar documentación para intentar recuperar sus prestaciones. ¿Hasta cuándo vas a seguir avanzando sobre quienes menos tienen?

Desde que asumiste la Presidencia prometiste venir con la motosierra y romper con todo. Y vaya si estás cumpliendo aquella promesa. Pero parece que el problema es siempre el mismo: cuando hay que recortar, el ajuste termina cayendo sobre los sectores más vulnerables.

La educación pública, la salud, las personas mayores y las personas con discapacidad volvemos a quedar en el centro de las decisiones de un Gobierno que parece no medir las consecuencias humanas de sus políticas.

Milei, ¿tanto te cuesta comprender lo que significa vivir con una discapacidad? ¿Sabés lo que cuesta sostener una vida cotidiana cuando faltan recursos, cuando los tratamientos, los medicamentos, los traslados y hasta los alimentos se convierten en una preocupación permanente?

¿Te pusiste alguna vez en el lugar de quienes tienen que hacer cuentas todos los días para saber cómo llegar a fin de mes? No estamos hablando de privilegios ni de regalos. Estamos hablando de derechos, de dignidad y de condiciones mínimas para vivir.

Y ahora volvemos a encontrarnos con la suspensión de pensiones. A miles de personas se les exige que, en apenas 60 días corridos desde la notificación, reúnan documentación médica actualizada y realicen los trámites correspondientes para solicitar la rehabilitación. ¿De verdad alguien puede pensar que todos tienen las mismas posibilidades de conseguir turnos, trasladarse, pagar estudios o acceder a un hospital en ese tiempo?

¿Qué sucede con quienes viven lejos, con quienes no pueden movilizarse por sus propios medios o dependen de otras personas para realizar cada gestión? La burocracia no puede convertirse en una nueva barrera para quienes ya tienen demasiadas.

Quiero hacer una aclaración: no hablo desde la comodidad de quien desconoce esta realidad. Soy una persona con discapacidad visual, formo parte de este colectivo y trabajo todos los días por el reconocimiento de nuestros derechos. Tengo trabajo y sé que eso es un privilegio en una sociedad donde tantas personas encuentran enormes dificultades para acceder a un empleo.

Pero mi situación no puede hacerme mirar hacia otro lado. Pienso en quienes viven de una pensión, en las familias que acompañan, en los padres y las madres que hacen lo imposible para sostener a sus hijos. ¿Qué pueden hacer cuando ese ingreso no alcanza siquiera para cubrir las necesidades más elementales?

Lo que más duele es que detrás de cada decisión administrativa parece desaparecer lo más importante: las personas. No somos números, expedientes ni estadísticas que se pueden borrar de una planilla. Tenemos derechos, proyectos, responsabilidades y ganas de vivir con autonomía.

No necesitamos discursos de ocasión ni gestos de falsa preocupación. Necesitamos políticas públicas que nos cuiden, que garanticen la accesibilidad, la salud, el trabajo y una vida digna. Necesitamos un Estado que esté presente, no uno que nos obligue a defender una y otra vez aquello que debería garantizar.

Por eso, Milei, vuelvo a preguntarte: ¿hasta cuándo? ¿Cuál es el límite? ¿Hasta dónde pensás llegar con este ajuste? No te estoy pidiendo un favor. Te estoy reclamando que respetes nuestros derechos. Porque una pensión no es un premio ni una concesión del poder de turno: para muchas personas es la posibilidad de comer, acceder a medicamentos y sostener una vida que ya resulta demasiado difícil.

Basta de convertir la vulnerabilidad en una variable de ajuste. Las personas con discapacidad no necesitamos que nos tengan lástima. Necesitamos respeto, respuestas y políticas que estén a la altura de nuestros derechos.

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