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En el Día del Maestro: un encuentro con María Rosa Curtino

Escribe: Gustavo Billarruel

Hoy, en el Día del Maestro, tuve la dicha de charlar con una amiga muy especial: María Rosa Curtino, una maravillosa maestra y gran persona humana a la que admiro profundamente. Aunque todavía no tuve la oportunidad de conocerla en persona, nuestras conversaciones por llamada y videollamada se han convertido en un verdadero regalo. Escucharla siempre es aprender: de su pasión por la docencia, de su amor por la escritura y, sobre todo, de su manera de vivir con entrega y generosidad.

Cuando le pregunté quién era y cómo se definía como maestra, me respondió con una humildad que la pinta de cuerpo entero:

> “Soy de Devoto, Córdoba. Fui docente desde muy joven, cuando aún había que ir a San Francisco a la Escuela Normal para recibirse. Me defino como una maestra de vocación, que lo hizo con ganas y vivió los mejores años de su vida dentro de un aula. Me preocupaba porque los chicos aprendan y siempre tuve una buena relación con ellos, con los padres, con mis compañeros y superiores. El mayor regalo hoy es que mis alumnos, a pesar de los años, todavía me recuerdan con cariño. Si volviera a nacer, sería nuevamente maestra”.

Su historia me conmovió porque demuestra que la docencia no es un trabajo más: es una elección de vida. Desde niña, cuando jugaba a dar clases en un banquito a sus amigos, supo que ese era su destino. “Admiraba a mis maestros —me contó— y me gustaba enseñar lo que yo sabía. Cuando aprendí a leer, lo compartía con mis amigos. Hoy, con 82 años, sigo enseñando y ayudando a los demás con la palabra”.

Le pedí que compartiera una anécdota de sus años en la escuela, y me regaló una que todavía me arranca una sonrisa:

“En la vieja Escuela Sarmiento, las mañanas de invierno eran heladas. Para entrar en calor, hacíamos una ‘marcha de calentamiento’ donde movíamos todo el cuerpo al ritmo de canciones. Un día, en pleno ejercicio, se me cayó un lente de contacto. Los chicos, en silencio, se pusieron en cuatro patas a buscarlo hasta que una nena lo encontró. Todos aplaudieron y se rieron conmigo. Ese día no solo recuperé mi lente, también confirmé la magia de la complicidad entre maestra y alumnos”.

Pero María Rosa no se quedó solo con la docencia escolar. Tras jubilarse, descubrió en la literatura un nuevo camino para seguir compartiendo. Durante más de una década dirigió un taller literario en Devoto, donde alentó a otras personas a expresarse con la palabra escrita. De ese recorrido nació también su poesía, y en esta charla me compartió un texto que la representa como maestra:

“Soy copa de polvo de una tierra azul cualquiera.
Contengo una miel secreta que descubre el mundo.
Tengo una bebida invisible que ansío derramar con amor
en tu boca y en tu alma sedienta de cielo.
(…)
Soy copa de polvo de tierra azul.
Tu maestra: de ayer, de hoy y de siempre”.

Escucharla es descubrir que ser maestra no termina con la jubilación ni con los años. Su voz sigue transmitiendo la misma calidez que alguna vez llenó las aulas de Devoto, y su poesía revela esa esencia que la define: enseñar como un acto de amor.

Hoy, en este Día del Maestro, agradezco haber compartido este momento con María Rosa Curtino. Porque más allá de la distancia, sus palabras me recordaron que un buen maestro deja huellas imborrables, en sus alumnos y en quienes tenemos la suerte de conocerlos.

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