El Mensajero
Sociedad

Una elección marcada por el desencanto, la fragmentación y la urgencia de repensar

Escribe: Gustavo Billarruel

Las elecciones legislativas del domingo 26 de octubre en Argentina dejaron a la vista una realidad insoslayable. Una participación ciudadana baja, rondando el 66 por ciento, expresó un cansancio profundo con la política y una distancia que duele reconocer. La Libertad Avanza volvió a imponer su narrativa y creció en varias provincias. Lo hizo en un contexto donde la bronca, el desconcierto y la necesidad de cambio superan a la confianza en proyectos con identidad y futuro.

La concurrencia a las urnas no es un número técnico sino un mensaje. Cuando una parte significativa de la ciudadanía decide no acudir, algo se está rompiendo en el vínculo con la democracia. Se votó sin entusiasmo, sin certezas, casi sin ilusión. Esa falta de energía no es menor: es el síntoma de que la política, tal como está hoy, no está logrando representar ni ordenar las urgencias cotidianas.

En ese terreno movedizo, La Libertad Avanza se comportó como el gran nadador de estas elecciones, capturando el malestar y convirtiéndolo en apoyo. El voto anti todo se volvió protagonista. Una parte de los argentinos ya no busca una bandera para defender, sino alguien que sacuda el tablero. El campo popular, que históricamente encontró conducción en el peronismo, aparece sin norte. Falta esa hoja de ruta que antes ofrecía certezas, derechos, un horizonte donde la justicia social era destino y no promesa vacía.

La fragmentación juega su propio partido. Múltiples listas, discursos cruzados, internas que desgastan más de lo que construyen. Sin una conducción clara, el peronismo disputa consigo mismo mientras la sociedad cada día pide respuestas más urgentes. La inflación que golpea la heladera, los alquileres imposibles, los medicamentos que faltan, la ruta sin reparar y la escuela que suplica recursos no se resuelven con consignas sino con gestión.

Pero esta elección no se entiende sólo mirando hacia adentro. Hay que observar quién realmente festeja desde afuera. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, aparece como el actor que más gana en este escenario. La dependencia financiera con Washington se profundiza. Se firman acuerdos que comprometen a generaciones, se aceptan créditos que se pagan con ajuste y con resignación de soberanía. Se perdió de vista que votar también es decidir sobre el futuro económico y sobre quién tiene la lapicera que define nuestro destino.

La Argentina queda ante una interpelación fuerte. Si votar se transforma en un trámite, si la representación se percibe como lejana y si la esperanza queda del lado del mercado externo y no en la construcción colectiva, la democracia pierde fuerza. La política tiene que recuperar cercanía, capacidad de respuesta, validez moral y proyecto común. Sin eso, el desencanto seguirá siendo el partido más grande del país.

Lo que queda sobre la mesa es una pregunta simple y brutal. ¿Quién se anima a reconstruir la confianza. ¿Quién está dispuesto a escuchar sin soberbia. ¿Quién entiende que la dignidad de un pueblo no se negocia ni se endeuda. La respuesta, como siempre, no llegará desde arriba. Tendrá que volver a nacer en las calles, en las luchas y en la convicción de que el voto puede y debe ser un gesto de futuro y no un acto de resignación.

Te puede interesar