Escribe: Gustavo Billarruel
Hay una generación, la nuestra, la que creció antes de que lo digital lo atravesara todo, que vive hoy en una especie de frontera invisible. Somos los que aprendimos a enamorarnos sin apuro, cuando gustar de alguien implicaba escribir una carta, esperar una respuesta, sostener la mirada y animarse al encuentro real.
El amor tenía tiempo, cuerpo y silencio.
Hoy, ese mismo sentimiento muchas veces nace en otro lugar. En un dispositivo. En un mensaje. En una foto. En una conversación que parece íntima, pero que todavía no pasó por el filtro de lo real. No es necesariamente algo malo, pero sí distinto. Y profundamente transformador.
En este tiempo de vínculos mediados por la tecnología, donde las redes sociales y las plataformas de citas organizan encuentros y promesas, también aparecen preguntas que incomodan. Qué tanto conocemos al otro. Qué tanto nos conocemos a nosotros mismos cuando nos entregamos a una relación construida desde lo virtual. Dónde queda el cuidado, el límite, la prudencia.
Córdoba atraviesa días difíciles. Una noticia reciente golpeó fuerte, no solo por lo ocurrido, sino por lo que representa. Una mujer que conoce a un hombre a través de una red social, un encuentro que parecía uno más, y una situación que derivó en un episodio traumático que conmovió a toda la comunidad. Más allá de lo judicial, que deberá esclarecer responsabilidades, el hecho deja una herida social abierta.
Porque no se trata solo de un caso policial. Se trata de cómo estamos vinculándonos. De cuánto confiamos en perfiles, relatos y palabras que todavía no tienen respaldo en la experiencia compartida. De cómo el algoritmo acerca cuerpos que aún no se conocen, emociones que aún no se comprobaron, expectativas que pueden volverse peligrosas.
Las plataformas no sienten, no cuidan, no advierten. Funcionan conectando intereses, imágenes y mensajes. El resto queda en manos de personas que muchas veces llegan a esos espacios con soledad, con deseo, con necesidad de afecto. Y ahí aparece el riesgo: creer que la cercanía digital equivale a confianza real.
No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar el pasado. Gracias a estas herramientas, muchas personas se encuentran, se aman y construyen historias valiosas. Pero cuando lo virtual ocupa todo el espacio, algo se pierde. El abrazo, el gesto, la intuición que solo aparece cuando estamos frente al otro. El lenguaje del cuerpo, que no miente.
Este tiempo nos exige algo más que entusiasmo. Nos pide reflexión. Volver a preguntarnos cómo cuidamos nuestra intimidad, cómo elegimos, cómo ponemos límites. Recordar que detrás de cada perfil hay una persona, pero que no toda persona es quien dice ser.
Tal vez el desafío sea ese: aprender a convivir con estas nuevas formas sin olvidar lo esencial. Que el amor, para ser verdadero, necesita presencia. Que el deseo también necesita cuidado. Y que ningún dispositivo puede reemplazar la responsabilidad de mirarnos, respetarnos y protegernos entre nosotros.

