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Cuando las promesas flotan: deuda, salvatajes y el espejismo de la dolarización

Escribe: Gustavo Billarruel

Caputo afirmó que “la dolarización está descartada”, pero la decisión técnica no disipa el problema mayor: la deuda presente que cargará a las generaciones futuras y la continuidad de recetas que reaseguran estructuras de poder.

El reciente anuncio del ministro de Economía, Luis Caputo, tras el acuerdo con Estados Unidos, dejó en claro que la dolarización está descartada. En palabras del funcionario, el país mantendrá un “esquema de bandas” y el tipo de cambio continuará flotando. La declaración, que parece cerrar una etapa de especulaciones, abre otra más profunda: la de las promesas incumplidas y los costos que, tarde o temprano, se pagan.

En la superficie, puede parecer una corrección técnica, una decisión prudente. Pero bajo esa calma se agita un problema mayor: el de una economía que vuelve a endeudarse, que busca aire en acuerdos internacionales mientras posterga la discusión de fondo. Lo inmediato se resuelve, lo estructural se conserva. Y, como señaló alguna vez Arturo Jauretche, “nada se parece tanto a un conservador como un reformista apurado”.

La deuda que hoy se asume no se sentirá en los bolsillos de quienes la firman, sino en las espaldas de quienes aún no votan. Las generaciones futuras heredarán una carga que se disfraza de oportunidad, un peso que se acumula mientras se promete estabilidad. En ese sentido, y siguiendo la mirada jauretcheana, la trampa no está sólo en el endeudamiento sino en el relato que lo legitima: la modernización rápida, el orden financiero, la confianza externa. La historia argentina conoce bien esa música.

Van, una vez más, en busca del segundo salvataje económico, esa figura simbólica que Jauretche hubiera relacionado con los remedios de urgencia aplicados sin horizonte propio. El primer salvataje dejó lecciones de dependencia: apertura sin protección, recetas externas que agujerearon la producción nacional. El segundo, sostenido por otro discurso —el de la eficiencia financiera o la estabilidad por absorción externa—, podría repetir la historia con distinto envase. El resultado suele ser el mismo: concesiones que comprometen soberanía y bienestar.

La promesa de dolarización fue uno de esos espejismos. Se presentó como una salida ordenada, una manera de “poner fin a la inflación” y dar previsibilidad. Con el paso del tiempo quedó claro que era, más bien, una ilusión normativa que no se ajusta a la complejidad social y productiva del país. Hoy se anuncia que la dolarización no se llevará a cabo, pero su huella discursiva ya hizo daño: dividió, distrajo y vendió expectativas que no resolvían los problemas de fondo.

Mientras tanto, la estructura de siempre permanece. Los mismos actores concentran poder, las mismas recetas circulan con leves retoques, y los costos se socializan. En la práctica, el pueblo termina pagando la factura de las decisiones macroeconómicas sin haber participado en el diseño de las mismas. Y así se confirma una máxima jauretcheana: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, y a pagarla más cara.

Descartar la dolarización no es un gesto de soberanía si el rumbo general sigue dependiendo del visto bueno externo. La verdadera soberanía no se define por la moneda que se usa, sino por la capacidad de trazar políticas públicas que atiendan producción, empleo y desarrollo sin estar supeditadas a condicionalidades ajenas.

Por eso, cuando se mencionan acuerdos, swaps o respaldos financieros, conviene recordar que lo firmado hoy no se agota en esta generación. Habrá que pagarlo con trabajo, con tiempo o con resignación. Y es ahí donde las ideas de Jauretche cobran fuerza: “No hay nada más moderno que la independencia económica”.

La deuda más grande sigue siendo la que no se salda con letras financieras, sino con decisiones estructurales: fortalecer la producción, democratizar las decisiones económicas y proteger la soberanía. Esa es la única deuda que vale la pena asumir y saldar.

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