Cada 25 de enero la Argentina se detiene para recordar a quienes, cámara en mano, registran la historia cotidiana del país. La fecha fue instituida como el Día Nacional del Reportero Gráfico en homenaje a José Luis Cabezas, asesinado en 1997 mientras ejercía su labor. Su muerte marcó un antes y un después en la conciencia colectiva y en la defensa de la libertad de prensa.
Cabezas nació en Wilde, provincia de Buenos Aires, y dedicó su vida al fotoperiodismo. Trabajó retratando figuras públicas, acontecimientos políticos y escenas sociales que definieron una época.
En 1996 logró una fotografía que se volvería emblemática: la imagen del empresario Alfredo Yabrán en una playa de Pinamar, hasta entonces un rostro esquivo para la opinión pública. Aquella tapa reveló el poder de una cámara cuando logra mostrar lo que otros prefieren ocultar.
La madrugada del 25 de enero de 1997 fue secuestrado y posteriormente asesinado. Su cuerpo apareció dentro de un vehículo incendiado en General Madariaga. Tenía 35 años. La brutalidad del crimen provocó una conmoción profunda en todo el país. Miles de personas salieron a la calle con una consigna que atravesó generaciones: “No se olviden de Cabezas”. No era solo un reclamo de justicia, era una advertencia sobre los riesgos de informar cuando el poder se siente interpelado.
Casi tres décadas después, esa memoria no pertenece únicamente al pasado. En marzo de 2025, el fotógrafo Pablo Grillo resultó gravemente herido mientras cubría una protesta frente al Congreso de la Nación. En medio de un operativo policial, un cartucho de gas lacrimógeno impactó en su cabeza y le provocó lesiones severas. Su caso volvió a poner en debate las condiciones en que trabajan los reporteros gráficos y los peligros que enfrentan cuando documentan situaciones de conflicto social.
La historia no es la misma, los contextos tampoco, pero el eco es inevitable. Cada vez que un trabajador de prensa resulta herido en el ejercicio de su tarea, la sociedad vuelve a preguntarse cuánto se protege realmente a quienes informan. La cámara no es un arma: es una herramienta de memoria. Y cuando quien la sostiene se convierte en víctima, algo se quiebra en el contrato democrático.
Recordar a José Luis Cabezas no es un acto formal ni una efeméride vacía. Es reafirmar que la libertad de prensa no se declama, se garantiza. Es comprender que detrás de cada imagen hay un profesional que asume riesgos para que la sociedad pueda ver, saber y comprender. Y es también sostener una convicción: que nunca más un reportero gráfico deba pagar con su vida o su salud el simple hecho de hacer su trabajo.

