Por Luis Cecchini
Javier Milei llegó al poder con un bisturí en la mano y una promesa en los labios: extirpar la corrupción del cuerpo enfermo de la política argentina. Era el cirujano que no temblaba ante la “casta”, el libertario que venía a limpiar el sistema, el que no se arrodillaba ante los privilegios.
Pero, como suele ocurrir en los hospitales y en la política, la infección parece haberse expandido justo donde más dolía: en su propio entorno.
Los síntomas de la enfermedad
El menú de escándalos se amplía cada semana. El caso del economista José Luis Espert —uno de los voceros del “nuevo orden liberal”— encendió las alarmas: un empresario acusado de narcotráfico, Fred Machado, le habría pagado unos 200.000 dólares en 2020.
Espert aseguró que fue por una consultoría “totalmente legal”, claro. Pero convengamos que, si uno milita la pureza ideológica, cualquier aroma a dinero dudoso resulta, como mínimo, incómodo.
Pero el plato fuerte fue lo ocurrido en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). Allí, el exdirector Diego Spagnuolo —exabogado personal del presidente, detalle no menor— habló de un sistema de sobornos en la compra de medicamentos.
Entre los nombres que resonaron, nada menos que el de Karina Milei, la omnipresente hermana del mandatario. Sí, “El Jefe”, como la llaman puertas adentro. La familia primero, ¿no?
Todo esto se sumó al caso Libra, que había estallado junto al verano. Milei recomendó públicamente la criptomoneda, que subió como cohete y cayó como piedra, dejando a miles de inversores con las manos vacías.
Estafa, abuso de autoridad, asociación ilícita… la lista de posibles delitos suena más a expediente judicial que a revolución libertaria.
En terapia, con pronóstico reservado
Mientras tanto, desde el Gobierno, la reacción fue la de siempre: negar, acusar a la prensa y a la oposición, hablar de operaciones. Nada nuevo bajo el sol.
Lo curioso es que quienes antes gritaban “¡la casta!” ahora se defienden como la casta de manual: con silencio, victimismo y promesas de “investigaciones internas” que nunca se efectivizan.
La ironía es cruel. Milei hizo de la corrupción ajena su bandera y de la moral pública su estandarte. Pero cuando el ventilador empezó a girar hacia adentro, el perfume a transparencia se desvaneció rápido.
Porque si el discurso anticorrupción era el corazón del mileísmo, los latidos hoy suenan más a arritmia que a revolución.
Las preguntas que quedan en el aire son: ¿El presidente aún está a tiempo de revertir esta situación? ¿Será capaz de impulsar a la Justicia para que actúe con independencia, que se investigue hasta las últimas consecuencias, sin mirar colores ni apellidos?
O en todo caso, ¿Aparecerán nuevos escándalos que seguirá negando y el prometedor cirujano terminará convertido en el más delicado y complejo paciente?

