La reunión de Javier Milei con los gobernadores, celebrada m en la Casa Rosada, fue presentada como un gesto de apertura y diálogo.
En la práctica, pareció más una demostración de control político: una convocatoria selectiva, donde el Presidente eligió a quién escuchar y a quién dejar afuera.
El encuentro reunió a los mandatarios considerados “dialoguistas”, es decir, aquellos que no han confrontado abiertamente con el Gobierno nacional.
Entre los presentes estuvieron Martín Llaryora (Córdoba), Maximiliano Pullaro (Santa Fe), Jorge Macri (Ciudad de Buenos Aires), Rogelio Frigerio (Entre Ríos), Ignacio Torres (Chubut), Leandro Zdero (Chaco), Carlos Sadir (Jujuy), Gustavo Valdés (Corrientes), Claudio Poggi (San Luis) y Marcelo Orrego (San Juan).
En cambio, quedaron fuera de la invitación Axel Kicillof (Buenos Aires), Ricardo Quintela (La Rioja), Gildo Insfrán (Formosa), Sergio Ziliotto (La Pampa) y Gustavo Melella (Tierra del Fuego). Todos ellos expresaron su descontento por la exclusión y coincidieron en señalar que la convocatoria “rompe el espíritu federal”.
El objetivo formal de la reunión fue avanzar en un nuevo esquema de coordinación con las provincias y dialogar sobre el paquete de reformas económicas y fiscales que el Ejecutivo planea enviar al Congreso.
Milei estuvo acompañado por su hermana Karina, secretaria general de la Presidencia, y por el ministro del Interior, Guillermo Francos, encargado de tejer los acuerdos políticos con los mandatarios provinciales.
El Presidente insistió en su discurso de “déficit cero” y en la necesidad de mantener el ajuste, argumentando que “no hay país posible con gasto descontrolado”.
Los gobernadores, por su parte, llevaron reclamos concretos: la caída de la coparticipación, el freno de la obra pública y la situación crítica de los servicios esenciales. Según trascendió, varios expusieron la dificultad de sostener hospitales y escuelas sin recursos adicionales.
No hubo anuncios ni acuerdos concretos. El encuentro terminó con una promesa ambigua de “seguir trabajando en conjunto”, una frase repetida que en la jerga política suele equivaler a esperar tiempos mejores.
La postal final muestra a Milei en el centro de una mesa con sillas vacías, símbolo involuntario de un país donde la palabra “federalismo” suena cada vez más hueca. Mientras tanto, las provincias excluidas empiezan a construir sus propios canales de coordinación y evalúan una respuesta común.
El Presidente consiguió lo que buscaba: una imagen de poder, aunque sea parcial. Pero detrás de esa foto cuidadosamente seleccionada, el ruido del malestar sigue creciendo.

